Jonatan Salazar, el fotógrafo que captura imágenes y momentos de felinos y marchas
Con su cámara y sus palabras, Jonatan Salazar intenta retratar la esperanza. Sigue a grupos vulnerados y se ve reflejado en los gatos. Actualmente está ejerciendo la docencia en el IPAT.
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Por Tomás Tello (*)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHay una grieta en todo, así es como entra la luz.
Leonard Cohen
En José Cabral, entre Jujuy y Chienno, un gato negro observa. En el pórtico de su casa, sentado en un sillón que podría haber sido rescatado de la basura, Jonatan espera y el humo de su cigarrillo se pierde con el sol. Tira su colilla al suelo.
Adentro, las cortinas están cerradas, sólo hay un hueco de luz que se cuela por la ventana. El mismo gato negro que se anticipó en la vereda, entra primero y se sube en un mueble. Luego, otros gatos se presentan: uno gris, sin cola, que no está sociabilizado, se sube a la mesa. Jonatan conversa parado, revisa el agua en la pava y, cuando está lista, la pone sobre la mesa. Sentado en su silla, señala los rincones de su casa, habla de sus gatos, de los sueños que no se cumplen, sus oficios y tragedias.
Jonatan tiene 33 años, nació en Villa Ballester, donde vivió hasta los dos años. Después se fue a De la Garma, donde residió hasta los 18.
-¿Qué recordás de tu infancia?
-Mi recuerdo general es jugar a la pelota todo el día. Vivía jugando. Todo era fútbol para mí. Porque 15 años atrás, no había mucho en el pueblo. El deporte era el ofrecimiento que se le daba como sociedad a los jóvenes de ahí. Fútbol para los varones y vóley para las chicas.
Mi vida fue el fútbol durante mucho tiempo, hasta que el club donde siempre jugué, entró en crisis y cerró. Me acuerdo clarito porque fue también cuando me operé del apéndice. Cuando cerró Garmense, que se fundió, un profe que dirigía la escuelita nos llevó a otros chicos a jugar a Chaves, que era la ciudad de cabecera. Estaba por debutar y, una semana antes, me agarró una apendicitis y terminé internado en Chaves. Seguí hasta los 17 años, cuando me fui a estudiar antropología a Olavarría.
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-¿Cuándo eras niño pensabas qué ibas a ser de grande?
-No, yo quería ser futbolista. Estaba convencido. Era bueno, me parece. Sí recuerdo que me destacaba del resto de mis compañeros, pero nunca pude irme a probar a ningún lado.
En la calle
-¿En qué actividades repartís tu tiempo?
-Este último tiempo dejé de repartir. Estoy enfocando estudiando fotografía, estoy en el último año ya. Repartí este último tiempo entre el trabajo de repartidor y la cursada. Pensaba que hasta que yo no tuviera un título, aunque sea una tecnicatura, no quería cobrar un trabajo o un servicio fotográfico. Hoy estoy haciendo algún trabajito vinculado a la fotografía que es lo que más quería.
-¿De repartidor cuánto trabajaste?
-Desde que llegué a Tandil; 5 años. Trabajaba en la moto y estudiaba, sabía que la moto iba a ser una transición. Los índices de accidentes son muy altos y siempre esperaba poder llegar a los cuatro años vivo. Tuve un choque, pero no fue nada grave.
Ese tiempo estuve dedicándome a la moto, pero empieza a venirse abajo. El mundo te da señales de accidentes. Una vez se me cruzó un gatito, creo que se chocó la moto, pero no murió. Y yo dije ´no, esto no´.
-¿Cómo te veías en ese trabajo?
-Como un joven precarizado. Son trabajos mal pagos, no tenés vacaciones pagas, no te podés enfermar y si te enfermás, es tu culpa. No podés pedir licencia, te quedás tres días en tu cama, pero esos tres días los perdés, no tenés derecho a nada.
-¿En qué momentos del día salías a repartir?
-De noche. Cuando no estudiaba, salía a la mañana y a la noche. Después, cuando empecé a cursar, ya empezaba de noche, que es el turno donde pagaban un poquito más.
Yo me acuerdo que decía: ´Bueno, laburo este mes y me alcanza para comprarme un flash´. Mi idea era laburar para ayudarme en el alquiler y lo demás, y empezar a capitalizarme en accesorios para la cámara. Siempre tenía esperanza en esa posibilidad, de que podía llegar.
-¿Qué solías observar en la calle cuando repartías?
-Te armás un mapa de la ciudad. Yo no conocía Tandil, andaba nomás por las calles en las que vivía mi familia. Ahí entendí que de la avenida para un lado, era una historia y de la avenida, para el otro, es otra ciudad, son dos o tres ciudades que conviven.
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Una herencia
-¿Qué sentís respecto a las mudanzas?
-Siempre me ha tocado mudarme de formas tristes. Cuando me vine acá con mi hermana, esta casa estaba más venida abajo. Por lo general, cuando uno se muda, la casa está pintadita. La idea es que nosotros la empecemos a levantar de a poco.
Uno, como inquilino, la padece. Todavía no he tenido esa gran experiencia de decir ‘bueno, me mudo al lugar que quiero’, o como dicen las inmobiliarias ‘mudate al lugar que siempre soñaste’.
Vengo de familia de sectores populares. Mi viejo murió en un accidente y nos quedamos con mi vieja solos. Son 30 años de fragilidades y de inestabilidad. Al día de hoy, nos siguen afectando porque, una de las herencias, es que nunca pudimos tener una casa propia.
-Además de vos, ¿alguien en tu familia estudió?
-Mi hermana fue la primera. Se fue a estudiar a Olavarría. No se podía ir a La Plata o a Capital a estudiar lo que ella quería, que era periodismo. Después hizo comunicación, que era lo más cercano, en términos geográficos y de lo que ella quería. Terminó allá, es la primera egresada en la educación pública de nivel superior de la familia.
-¿Cómo es tu vínculo con la literatura?
-Con la literatura tuve una relación errática. Los primeros registros que tengo fueron en el pueblo: iba a la biblioteca a buscar libros, estaba explorando mi identidad. El primer libro que leí fue el de los quinientos cuentos de Mario Benedetti. Me senté en un sillón y no podía parar de leer.
Autoretrato
-¿Cómo te definirías?
-Hay una palabra que me define y es Cayuya. Yo tenía 2 años y entraba a la casa con la gata en los brazos y la llevaba siempre a jugar a la cama. Mi vieja decía: ‘No Nano, sacá esa gata sucia de acá’. Mi vieja aceptaba los gatos, pero no los quería mucho. Ella siempre era muy ordenada. Y yo le decía ‘no mamá, a Cayuya no’. Yo la llevaba igual, no era una gata sucia.
-¿Cómo es tu relación con los gatos?
-Desde antes de aprender a hablar tuve gatos. No podía pronunciar palabras, pero ya marcaba una relación con ellos. Si bien no podía tenerlos por alergias, todo lo que me dijeron que no haga, es lo que terminé haciendo. Estuve mucho tiempo afectado de los bronquios, sobre todo, en mi niñez. En ese sentido uno busca más el placer que las precauciones a los posibles males.
-Los gatos que viven con vos, ¿de dónde son o cómo llegaron?
-La negra es la que más tiempo tuve, casi 14 años. Es la gata que hoy tiene mi vieja en la casa. Cuando la encontraron, estaba preñada. Ahí vi nacer a cinco gatitos. Cuando los dimos en adopción y venían a buscarlos, a una, a Gri, la separaba y la escondía en la pieza. Dejaba que eligieran entre los otros cuatro.
Al negro lo encontré parado en la vereda. Fui a hacer un mandado y el gato me siguió. Era Halloween, estaba en la calle, ese día suelen agarrar a los gatos para hacer algún gualicho. Entonces lo agarré y lo lleve a casa. Ese llegó así.
Era triste. Después lo publicamos, lo fueron a ver cinco personas. Las personas lo agarraban como si fuera su gato y esperaban que reaccionara como su gato lo haría. El negro no entendía. Luego nos enteramos de que no era de nadie, que había estado siempre solo.
Y los otros dos, fuimos a una casa, supuestamente abandonada. Estaba todo en mal estado, había varios gatos y cadáveres de gatos. Estaban Chaplin y Pirci, que eran los que te seguían, el resto huía. Estaban todos apestados. ‘Vamos a llevar al menos uno o dos’, dijimos, y fuimos dos veces.
Van llegando así: uno no los elige, lo único que se sabe es que después de un gato, siempre viene otro.
-¿Por qué los retratás?
-Porque son más bellos que las personas. Es muy difícil. Hay que ver el momento. No lo hago cuando yo quiero. A veces pienso que no tengo muchas fotos mías y que, de alguna manera, son autorretratos. Yo personificado en un gato. Hay ahí una identificación con lo que me gustaría ser.
La luz en otros
-¿Cuándo o por qué fue que te iniciaste en la fotografía?
-La primera vez que sentí algo con la fotografía fue en Olavarría. Laburaba en una agencia de noticias en la facultad. Escribía crónicas. Me acuerdo que fue en 2016. Me dieron el grabador y una camarita digital. Estuve toda la marcha haciendo entrevistas, era lo que más me gustaba, andar en la calle, buscar algunos referentes de alguna agrupación, preguntar. En un momento, recordé que tenía que hacer una foto. No tenía información de nada, era lo que más o menos veía. Me paré arriba de las escalinatas del municipio y empecé a encuadrar. Me acuerdo de una bandera grande y negra que decía ‘Ni Una Menos’ y atrás, una columna de personas marchando. Esa nota tuvo mucha repercusión, la compró el diario. Me venían a felicitar. Estaba comunicando más de lo que yo pensé que hacía escribiendo.
-¿Te gusta cubrir eventos deportivos?
-Fotográficamente no. Si bien entiendo dónde están las imágenes, porque uno jugó, y entiendo lo que es ‘un caño’, no me gusta. Lo he hecho, pero no es algo que me atrape. En términos fotográficos, siempre me gustó más la experiencia del documental y la historia humana.
-¿Qué significa para vos el acto de retratar?
-Por momentos, memoria de mi propia historia. A su vez, pensar en el otro, hacerlo visible, darle una voz y siempre la mejor luz.
-¿Recordás alguna foto que hayas hecho?
-El primer laburo que hice y me gustó, fue fotografiar a los recuperadores urbanos de acá. Mi tío, el que más recuerdo, terminó un día en el medio del pueblo con un carrito juntando cartones. Fue una forma de homenaje. Cuando mi viejo falleció en un accidente, él estuvo muy presente. Me resultó significativo, estuvo vinculado a esa memoria afectiva y del dolor. Los cartoneros habían sido expulsados del sistema, sin embargo, se reinventaron, se resinificaron, se organizaron y estaban pensando un mundo mejor. Uno puede pensar muchas cosas, no es solo una imagen, es la forma en que uno se acerca a pensar esa imagen.
-¿En dónde podemos encontrar tus fotos?
-En mis redes personales. Sixto Rene es donde subo los registros de marchas y los de gatos.
Es necesario armar espacios. Hay pocos espacios para la cantidad de fotógrafos que existen, está desproporcionada esa relación. Ataúlfo Pérez Aznar, que lleva en La Plata adelante un centro de fotografía contemporánea, acercó el debate a Nación para que se creara un instituto nacional de fotografía. Y que, además, ese instituto se replicara en diferentes municipios provinciales. Sería crear casas fotográficas, museos. Estuvo cerca de concretarse. Tiene que haber otros lugares donde circule la imagen.
Cambios
Jonatan se levanta de la silla y mueve unos libros de otra habitación. Varios, de tapa dura, que encontró en un puesto de diarios, a un precio de no creer.
Ahora, sobre su mesa, pasa las hojas, ve imágenes en blanco y negro, y a color. Sin estos archivos, algo se perdería. Esas impresiones rescatan historias y evidencian lo que se puede hacer con una cámara. Mientras pasa las hojas, y dice que la fotografía va a ser distinta en cincuenta años, uno de sus gatos salta sobre la mesa, camina sobre las fotos y pasa a ser el centro del encuadre.
(*) Esta entrevista fue realizada en el marco de la materia Práctica Profesional 1 de la Tecnicatura en Comunicación Social para el Desarrollo Local del ISFDYT10 de Tandil, bajo la tutela de la profesora Carolina Cordi.
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