La inteligencia artificial llegó a las aulas y desafía viejas y nuevas formas de aprender
Cinco docentes de escuelas secundarias de Tandil analizaron el impacto de la IA en la educación. Coincidieron en que llegó para quedarse, pero advirtieron sobre los riesgos del uso irreflexivo, la necesidad de mayor formación docente y los cambios que introduce en la forma de aprender, enseñar y vincularse con el conocimiento.
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La irrupción de la inteligencia artificial (IA) en la vida cotidiana modificó hábitos, formas de trabajo y modos de acceder a la información y las escuelas no quedaron al margen de ese fenómeno.
En las aulas secundarias de Tandil, docentes de distintas disciplinas observan cómo los estudiantes incorporan cada vez con mayor naturalidad herramientas capaces de redactar textos, responder preguntas, resumir contenidos o resolver consignas en cuestión de segundos.
Lejos de las miradas apocalípticas o de las posturas completamente entusiastas, los testimonios recogidos entre educadores muestran un panorama más complejo. Hubo coincidencias respecto de que la IA llegó para quedarse y en que puede constituir una herramienta valiosa.
Sin embargo, también aparecen preocupaciones vinculadas con la pérdida de instancias de reflexión, la búsqueda permanente de inmediatez, la falta de formación específica para docentes y el impacto que estas tecnologías pueden tener sobre el desarrollo de determinadas capacidades cognitivas.
Al mismo tiempo, surgen matices e incluso desacuerdos sobre el grado de incorporación que la inteligencia artificial tiene hoy en las aulas y sobre el alcance que podría llegar a tener en el futuro.
Una tecnología que avanza muy rápido
Si hay un punto en el que prácticamente todos coincidieron es en la velocidad con la que evoluciona la inteligencia artificial.
Rosalía Corrado, docente de Lengua y Literatura en escuelas secundarias de gestión pública, advirtió que desde hace más de dos años estas herramientas avanzan de manera vertiginosa y se adaptan cada vez mejor a quienes las utilizan.
“Hace más de dos años que la IA se adapta: se adapta a las voces y a lo que la persona que la está usando necesita leer o escuchar; parece un amigo, porque responde según lo que vos ya antes le pediste. Es peligrosísimo”, sostuvo.
Para la docente, los alumnos establecen con estas plataformas una relación similar a la que tienen con las redes sociales. “Para los estudiantes la IA es una fuente más de información, es como una red social”, describió.
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La preocupación por la velocidad de los cambios también apareció en la mirada de Silvana Castro, directora del Polivalente de Arte de Tandil, quien transita sus últimos días antes de jubilarse tras una extensa trayectoria en el sistema educativo.
“Yo me pregunto también hasta dónde vamos a llegar. Hace pocos años uno miraba ‘Black Mirror’ y todo eso parecía muy lejano. Pero ahora ya está instalado y está entre nosotros; llegó para quedarse y, como de todo, va a haber un buen y un mal uso”, reflexionó.
Entre la herramienta y el atajo
Aunque con diferentes matices, ninguno de los docentes consultados se manifestó a favor de prohibir la inteligencia artificial. El debate, señalaron, pasa por la forma en que se utiliza.
“Como todo lo nuevo que aparece, hay que ver de qué forma se implementa la IA y cómo se usa”, planteó Castro.
Desde una posición favorable a su incorporación, Dilcia Wissar, ingeniera en Sistemas y docente de Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación de la Escuela Normal, consideró que “la IA es útil como una herramienta más, pero no reemplaza al docente”.
“Bien utilizada, puede complementar el trabajo docente”, agregó.
Una mirada similar expresó Enrique Rodríguez, profesor de Física en escuelas secundarias de gestión pública. A su entender, la tecnología ofrece posibilidades concretas para mejorar los procesos educativos.
“Creo que la inteligencia artificial proporciona un potencial necesario para abordar algunos de los desafíos mayores en cuanto a la educación”, señaló.
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Incluso destacó que “está transformando el aprendizaje porque ofrece herramientas de tutoría personalizada siendo su objetivo potenciar la intuición y mejorar las trayectorias educativas, siempre bajo un uso responsable”.
Sin embargo, tanto Rodríguez como Wissar remarcaron que la herramienta solo resulta efectiva cuando existe una base previa de saberes.
“Primero, el alumno tiene que tener conocimiento del tema que está tratando”, sostuvo el profesor de Física. “Cuanto más información tiene, mejores preguntas puede hacer”, añadió.
Por su lado, la docente y encargada de Medios y Apoyo Técnico-Pedagógico en la Escuela Normal apeló a una imagen gráfica para explicar el mismo concepto: “Por más inteligencia artificial que le pongas, un puente colgante no se hace mágicamente”, sostuvo.
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Cuando la urgencia reemplaza al proceso
Uno de los fenómenos que más preocupa a los docentes consultados es la creciente dificultad para sostener procesos de aprendizaje que requieren tiempo, esfuerzo y elaboración personal.
En ese marco, Corrado advirtió que muchos estudiantes utilizan la IA sin cuestionar las respuestas obtenidas. “Si no ponemos límites, la usan indiscriminadamente”, afirmó. Y agregó: “No hay una reflexión sobre nada”.
La docente señaló que una de las tareas centrales hoy consiste en enseñar a formular preguntas y analizar críticamente las respuestas que ofrecen estas plataformas. “Hay que parar un poco e invitarlos a hacerse preguntas, a indagar sobre qué fuentes utiliza la IA para llegar a dar determinada respuesta. Cuando les planteo esas cuestiones, los chicos se quedan pensando”, explicó.
La cuestión de la inmediatez apareció con fuerza en el testimonio de Castro. A partir de décadas de experiencia en las aulas, observó una transformación más amplia que excede a la tecnología.
“Nosotros vivimos cada vez más rápido y la necesidad de los seres humanos es cada vez más inmediata: vos querés algo y lo querés ahora. Antes, para averiguar sobre algún tema recurrías a un libro, ibas a una biblioteca. Hoy entrás a Google y ya lo querés tener resuelto”, consideró.
Según la directora del Polivalente, esa lógica también impacta en el plano emocional. “Esta necesidad de tener ya todas las respuestas lleva a más casos de ansiedad. Y eso se ve en la escuela”, aseguró.
Incluso trasladó esa reflexión al terreno de las relaciones personales. “Queremos inmediatez en todo, incluso en los vínculos: uno quiere que tal vínculo me corresponda ya. Me parece que está faltando esto de la construcción de las relaciones”, señaló.
Karina Carreño, docente de Historia en escuelas secundarias de gestión pública y privada, también relacionó el uso de la inteligencia artificial con la presión por cumplir múltiples demandas en tiempos cada vez más acotados.
“Creo que muchos estudiantes están sobrecargados de tareas y se autoexigen para terminarlas”, señaló.
A partir de las conversaciones que mantiene con sus alumnos cuando detecta trabajos realizados mediante IA, observó una explicación recurrente: la falta de tiempo.
“Creo que especialmente la utilizan por una cuestión de tiempo”, afirmó Carreño.
“No están utilizando la IA porque ellos sientan que no lo pueden hacer, la están utilizando por una cuestión de rendimiento del tiempo”, aseguró.
Detectar el uso y enseñar a usar
Los cinco docentes coincidieron en que, en mayor o menor medida, es posible advertir cuándo un trabajo fue realizado con ayuda de inteligencia artificial.
En el Polivalente de Arte, Castro indicó que los casos detectados fueron excepcionales. “Los docentes lo notan; incluso han devuelto trabajos”, señaló. De todos modos, aclaró que se trató de situaciones aisladas y que no percibe una utilización masiva dentro de la institución.
“No creo que acá la IA se haya instalado para uso cotidiano en el aula; tampoco creo que la puedan instalar en el arte”, sostuvo.
La realidad que describen otros docentes parece diferente. Corrado afirmó que los estudiantes utilizan estas herramientas sin ocultarlo. “En el aula, los chicos no tienen ningún problema en usarla delante del profesor para realizar un trabajo práctico”, comentó.
Carreño también aseguró encontrarse frecuentemente con producciones realizadas mediante estas plataformas. Sin embargo, lejos de adoptar una postura sancionatoria, dijo optar por el diálogo. “Yo no les he aplicado sanciones; les he dicho que lo vuelvan a hacer, que lo vuelvan a intentar. Y la realidad es que he obtenido buenos resultados”, relató.
Rodríguez describió una estrategia similar: cuando detecta el uso de IA conversa con el estudiante y aprovecha la situación como una instancia pedagógica para trabajar sobre los contenidos y la verificación de la información.
En ese punto volvió a aparecer una coincidencia transversal: la necesidad de enseñar a contrastar datos y validar fuentes. Como resumió el docente de Física, “la verificación de la información sigue siendo fundamental”.
La formación docente, una deuda pendiente
Si existe un aspecto donde las opiniones convergen casi sin matices es en la necesidad de ampliar las oportunidades de capacitación para los educadores.
Corrado consideró que la formación oficial específica es insuficiente y sostuvo que también faltan espacios de intercambio entre colegas para pensar estrategias comunes.
“Creo que a los docentes nos hace falta la didáctica para el uso de IA. Nos hacen falta encuentros entre nosotros, secuencias que involucren a distintas áreas”, planteó.
Por su parte, Wissar afirmó que “a los docentes los tenemos que formar, ofrecerle más capacitaciones”.
La encargada de Medios observó además que la brecha generacional entre profesores y estudiantes constituye uno de los desafíos actuales. “Los chicos de ahora no son los de antes; ellos aprenden de otra forma. Y creo que nuestros docentes han quedado un tanto ‘viejos’, que tienen una formación distinta”, sostuvo.
Por eso consideró necesario encontrar formas de acercar ambos mundos. “Hay que lograr que esa diferencia generacional que hay entre docente y el alumno no se sienta tanto”, señaló.
Rodríguez, por su parte, reconoció que gran parte de su formación en IA ha sido autodidacta. “Al menos a mí, de la Provincia no me ha llegado ningún curso ni me dicen por dónde ir. Yo me formo por ‘motus propio’”, indicó.
Carreño aportó un matiz distinto. Según su experiencia, sí ha participado de capacitaciones vinculadas con el funcionamiento de la IA, tanto desde la Provincia como mediante cursos realizados por iniciativa personal.
Los límites de la tecnología y el valor de lo humano
Quizás el desacuerdo más interesante entre los entrevistados aparece al momento de pensar hasta dónde puede llegar la inteligencia artificial.
Mientras algunos destacaron su potencial para transformar positivamente los procesos educativos, otros pusieron el foco en aquello que consideran irreemplazable.
Castro expresó con claridad esa tensión. “Yo tengo sentimientos encontrados porque no cambio escribir cinco líneas originales a tener cinco o diez hojas de algo que elabora un concepto o una idea suponiendo lo que yo pienso”, sostuvo.
Desde la perspectiva de una escuela artística, defendió el lugar de la sensibilidad humana. “Como escuela de Arte considero que la inteligencia artificial es fabulosa pero nunca va a poder reemplazar a la emotividad y los sentimientos humanos”, destacó.
Carreño, en tanto, sostuvo que la tecnología puede imitar determinados procesos intelectuales, pero no sustituirlos.
En ese sentido, concluyó: “La IA claramente está imitando los procesos cognitivos, pero no suplanta al intelecto”.
Una discusión que también involucra al ambiente
Entre las múltiples aristas del debate apareció una menos frecuente en las conversaciones escolares: el impacto ambiental de la inteligencia artificial.
Karina Carreño contó que suele trabajar esa dimensión con sus estudiantes y que genera especial interés entre quienes cursan orientaciones vinculadas a las Ciencias Naturales.
“También –y no menor– está el tema del cuidado del ambiente”, advirtió.
La docente explicó que cada vez existen más investigaciones y materiales audiovisuales que abordan el consumo de recursos asociado al funcionamiento de estas tecnologías, especialmente de agua potable.
“Ya hay varios artículos y documentales que señalan cómo la IA necesita de agua para actuar”, señaló.
Según observó la docente de Historia, esa información suele provocar un fuerte impacto entre los adolescentes.
Y afirmó que “me parece que les impacta más ver la cantidad de agua que se requiere cada vez que utilizan la IA, que tener una buena o mala nota”.

