Murió Amilcar Edgardo Marino, el histórico pochoclero que se convirtió en parte del paisaje del centro de Tandil
Durante casi dos décadas, se convirtió en un personaje entrañable de la ciudad con su tradicional puesto en la esquina de San Martín y 9 de Julio.
:format(webp):quality(60)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pochoclero_centro.webp)
La comunidad de Tandil atraviesa horas de tristeza tras conocerse el fallecimiento de Amilcar Edgardo Marino, el histórico pochoclero que durante casi dos décadas convirtió una esquina del centro de la ciudad en una parada obligada para grandes y chicos.
Con su carro instalado habitualmente en la intersección de San Martín y 9 de Julio, Amilcar se ganó un lugar en la vida cotidiana de los tandilenses. Su presencia, la montaña de pochoclos dentro de la máquina y ese inconfundible aroma dulce que se extendía por la zona céntrica fueron, durante años, parte del paisaje de la ciudad.
Pero detrás del carrito había una historia de vida marcada por el trabajo y el contacto permanente con la gente.
Amilcar había nacido en Rauch, aunque llegó a Tandil junto a su familia cuando todavía era muy pequeño. Era 1942 y su padre, trabajador de la construcción, encontró en las sierras un lugar donde desarrollar su oficio. Desde entonces, Tandil se convirtió en su casa.
Durante su infancia asistió a la Escuela N° 7 y, siendo todavía joven, comenzó a trabajar. Sus primeros pasos laborales estuvieron vinculados a la fotografía: fue cadete y empleado de la tradicional Casa Rembrandt y posteriormente continuó en el rubro junto al reconocido fotógrafo Juan Cufré.
:format(webp):quality(60)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pochoclero_centro_2.webp)
Con el paso de los años también trabajó en la Municipalidad de Tandil, donde ingresó como ordenanza y llegó a desempeñarse como jefe interino. Nunca, sin embargo, fue una persona que se conformara con quedarse quieta. A lo largo de su vida realizó distintos trabajos y changas, entre ellos tareas como mozo y organizador de servicios gastronómicos para eventos.
La familia también ocupó un lugar central en su vida. Junto a Marta Angélica Calderón formó una familia y tuvo cuatro hijos, a quienes siempre mencionaba con enorme orgullo.
El oficio que lo volvió un personaje de Tandil
La historia con los pochoclos comenzó hace aproximadamente 18 años, poco antes de su jubilación. Una propuesta para hacerse cargo de una máquina durante los fines de semana en el Parque Independencia fue el punto de partida de una actividad que terminaría convirtiéndose en una verdadera marca personal.
Con el tiempo compró su propio carrito y comenzó a trabajar por cuenta propia. Desde entonces, la pochoclera se transformó en mucho más que una fuente de ingresos: fue su manera de mantenerse activo y, sobre todo, de estar cerca de la gente.
:format(webp):quality(60)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/pochoclero_centro_1.webp)
Llegaba habitualmente al centro después de las 16 y permanecía allí hasta entrada la noche. De lunes a sábado, y también durante jornadas especiales, los vecinos podían encontrarlo detrás de su máquina, preparando las clásicas bolsitas de pochoclos.
También participaba de cumpleaños, casamientos y distintos eventos, además de actividades organizadas por instituciones y por la Municipalidad.
Su vínculo con los clientes era una de las características que más lo distinguían. Siempre dispuesto a conversar, saludar y compartir una sonrisa, Amilcar había conseguido algo difícil de explicar: que comprar una bolsa de pochoclos fuera también reencontrarse con un personaje querido de la ciudad.
Para los más chicos, la escena era casi mágica: acercarse al carrito y contemplar la enorme cantidad de pochoclos acumulados detrás del vidrio. Para los adultos, en tanto, su presencia se había convertido en una postal conocida de Tandil.
Durante años fue reconocido como uno de los pochocleros con mayor trayectoria de la ciudad y uno de los nombres inseparables de aquella esquina céntrica.
Su ausencia dejará un vacío en un lugar por el que pasaron miles de tandilenses durante tantos años. Ya no estará su sonrisa detrás del carrito ni el aroma de los pochoclos acompañando el movimiento cotidiano del centro, ero quedará el recuerdo de un trabajador incansable que hizo de un oficio sencillo una forma de encontrarse todos los días con su ciudad y con su gente.
Más de 144 años escribiendo la historia de Tandil