Un tandilense conquista las playas de Claromecó con el sabor tradicional de los dorados churros
Franco Rotonda comenzó su emprendimiento hace más de una década. Con sólo 25 años, dejó su trabajo y tomó el riesgo de montar un local en la localidad balnearia. Si bien el primer año no le fue muy bien, apostó por su particular proyecto que se reedita todos los veranos. La historia de la Churrería Don Vicente, que todos los años se muda a la costa.
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Hace más de una década, Franco Rotonda hace la temporada de verano en Claromecó con su Churrería Don Vicente, ubicada en el centro de la villa balnearia. “Son dos mudanzas por año”, contó el tandilense que aprendió de los vientos que manejan a su antojo el clima de las playas tresarroyenses y lo obligan a prender o apagar alguna de las freidoras tras estimar la producción diaria.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailTodo comenzó cuando Franco Rotonda, nacido y criado en estas sierras, trabajaba en la fábrica de pastas La Bambina. En paralelo, había largado con un emprendimiento propio donde amasaba y vendía churros en panaderías y almacenes tandilenses.
“Una mañana, el panadero Gustavo Calafiore, que vivió en Gonzales Chaves, me dijo: ‘Tenés que poner una churrería en Claromecó, que allá va mucha gente en el verano’. Yo no conocía Claromecó, y me quedó eso dando vueltas. Esa misma mañana, un vecino de la esquina de casa, al que le regalé una docena de churros porque me hizo una gauchada, me dijo lo mismo: ‘Tenés que poner una churrería en Claromecó, allá los suegros de mi hija tienen casa y es muy lindo’. Los dos me nombraron Claromecó en la misma mañana”, relató para explicar el inicio de un proyecto que se transformó en su estilo de vida.
Días después de aquellas conversaciones coincidentes, le llevó los churros al local a su amigo panadero y le pidió que lo acompañara a conocer la localidad balnearia. Promediaba el año 2010 y llegaron un lunes lluvioso, pasado el mediodía. Las calles del pueblo de 3 mil habitantes estaban desiertas. De recorrida, pararon a comer en un lugar muy conocido. Allí, durante la charla, los lugareños le recomendaron una inmobiliaria que les mostró locales para alquilar. Le gustó uno amplio, ubicado en una de las cuadras de las cuatro manzanas céntricas.
Meses después, Franco volvió para concretar la seña de la locación. Por entonces, arrancaron semanas de mucho movimiento con las reformas para la puesta a punto del espacio que hasta hoy ocupa la churrería.
Camino al andar
“Fue todo nuevo. Yo tenía 25 años, inexperiencia, no conocíamos el lugar”, contó y agregó que varios familiares y amigos lo ayudaron con las instalaciones. “Viajábamos todos los lunes a armar. Tardamos cuatro meses. Veníamos el lunes y volvíamos el martes porque no teníamos para bañarnos. Traíamos bolsas de dormir, tirábamos colchones y dormíamos en el local”, recordó desde Claromecó, ciudad en la que pasó las once últimas celebraciones de Navidad y Año Nuevo.
Todo a pulmón y con gran esfuerzo, algunos ahorros y un préstamo que le consiguió su papá, llegó diciembre y abrió, en lo que fue su primera temporada. Le puso Don Vicente, en homenaje a su abuelo materno, quien también le había dado una mano para lanzarse como cuentapropista.
El primer verano trabajó mucho y muy bien, pero el balance no resultó en superávit. “Trajimos una novedad que era la elaboración a la vista, que las otras churrerías no tenían. Pero eran muy grandes los gastos, había que pagar los costos de armar el negocio. No teníamos vendedores en la playa, que es lo esencial. La inexperiencia de un chico de 25 años que no conocía el lugar, ni los paradores que más gente acumulan; muchas cosas que no sabíamos”, explicó.
Y confió que “la primera temporada me volví debiendo plata de la mano de obra y lo que tenía que cubrir en Tandil. Cubrimos los alquileres, los sueldos, pero la primera temporada volví debiendo plata y decepcionado, porque además había trabajado mucho y el sacrificio para armarlo”.
Sin embargo, no bajó los brazos. “Como estaba todo armado, dije ‘la segunda hay que volver’”, contó y la historia dio un giro porque todo resultó mucho mejor. Al tercer año, sumó a su amigo Daniel, conocido en toda la playa como “la muerte”, quien se convirtió en un verdadero personaje de Claromecó. “La gente lo espera para sacarse fotos; les hace levantar la mano; tiene su cantito”, resaltó y agregó que “lo han subido hasta en YouTube”.
Con el correr de las temporadas, conocieron del lugar y los vientos, esos que hacen cambiar en minutos el tiempo y arruinan el plan de un día de playa. Al ritmo de su propio pronóstico, calculan la cantidad a elaborar, prenden o apagan alguna freidora, y marchan por buen camino.
Clientes y amigos
Diez años después, son lindos los regresos a Claromecó en diciembre y tristes las despedidas de marzo. “No sólo por la gente y clientes de Claromecó, nos hemos hecho amigos de Buenos Aires, que me escriben en invierno; de Córdoba, de Tres Arroyos, miles, y que todos los años vuelven y dicen ‘qué bueno que abrieron’. Hay mucha amistad con los clientes”, expresó el churrero serrano.
También mencionó que “acá en el pueblo tenemos amigos que me han dado una mano desde que llegué. Como Aldo, que cuando vine a armar el negocio tenía kiosco enfrente del local y siempre nos olvidábamos algo en Tandil, o una frazada, almohada, cubiertos, una herramienta, y ahí estaba Aldo para salvarnos. Hemos hecho un montón de amigos”.
El equipo de esta temporada está integrado por 7 personas y cinco son tandilenses. Franco alquila una casa en la que habitan los serranos, por lo que el otro desafío que enfrentan es la convivencia. Entre ellos están “Dani, la muerte” y Hugo, los vendedores que recorren las playas, hacen su show y divierten a los turistas.
Cada temporada, Franco abre antes de las fiestas y vuelve a Tandil los primeros días de marzo. “Son dos mudanzas todos los años. En septiembre ya empiezo a armar”, señaló y describió que viajan con dos camionetas y un carro, pero además los provee un camión que les lleva la mercadería.
El que no arriesga…
En cuanto a la elección del producto, el pastelero relató que “estaba un día en la fábrica de pastas trabajando, viene el proveedor y nombró los churros. Yo venía buscando un emprendimiento; quería hacer algo mío porque mi hijo más grande tenía menos de un año. Empecé a probar recetas. Juan, un hombre que trabajaba conmigo en la fábrica, me ayudó mucho también. Compré una máquina y empecé a probar en mi casa. Mi abuelo me dio un lugar y armé mi fábrica. Comencé a llevar a las panaderías para que probaran, y ahí empecé a hacer algunas panaderías de clientes. Hasta que salió esto de la costa y le dije a mi patrón que en septiembre dejaba de trabajar porque me iba a armar mi negocio”.
Por ese entonces, “estaba en blanco, que era lo que siempre había querido para tener mi obra social por el nene, que era chiquito, y me arriesgué a dejar un laburo en blanco para armar un negocio en la costa”.
A la hora del balance, sostuvo que “gracias a Dios, me fue bien, no me puedo quejar. En Tandil, no tiramos manteca al techo, pero vivimos bien. Tenemos nuestros clientes hace 12 años. Este año fue medio raro, pero igual mantuvimos la mayoría de las panaderías, y acá año a año la gente nos responde cada vez más, tuvimos que agregar alguna freidora más”.
Con sacrificio, y en un país tan oscilante en materia económica, mantiene en pie a Don Vicente, que no es poco. Por eso, desde Claromecó agradeció a toda su familia, a su mamá que falleció y fue gran apoyo, a su papá que lo ayuda con las mudanzas, a la hermana que hace gestiones y a todos los amigos que lo han respaldado, además de sus dos hijos Joaquín y Julián, a quienes extraña.
Temporada atípica
La pandemia impactó en todas las actividades y más aún en las que dependen del turismo. Como se esperaba, la temporada comenzó con algunas dudas y el tiempo inestable de la primera quincena de enero desalentó a los veraneantes de Claromecó.
“Con las semanas de calor, repuntó. Hay mucha gente. La primera quincena había estado media floja. Nosotros igual, dentro de todo, venimos trabajando bien, pero no es lo mismo cuando hay días de playa, que viene la gente de la zona más los turistas de diversas partes del país que están instalados”, describió Franco Rotonda con su experiencia a cuestas.
Señaló que durante las largas jornadas de playa, deben abastecer a los vendedores y llegan en la camioneta o en un cuatriciclo con los churros calientes. “Todo depende del clima. Dependemos de los vientos, y hay que ser medio mago cuando se calcula la cantidad a elaborar”, dijo.
En cuanto a los vecinos que arriban a Claromecó, indicó que “mucha gente viene de Tandil, muchos que tienen casa acá y después nos vemos en Tandil. Muchos amigos y otros que han conocido Claromecó por venir a visitarnos a nosotros, y les ha gustado. En la playa también, o vienen al negocio y preguntan”. Sin embargo, destacó que en marzo, “cuando volvemos, las panaderías tandilenses nos esperan”.
