Como una manta
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Me despierto y miro la persiana de la ventana que da a la calle. Por entre las hendijas de las varillas de arriba –las que nunca terminan de caer- se cuela la luz de la columna de la vereda. No amaneció, pero pueden ser las seis menos cinco –y en cinco minutos sonará la alarma del reloj- o las dos, las cuatro. Puede ser que apenas haya dormido una hora o quizás menos. Suele pasarme.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPero al contrario de otras veces, me voy despertando de a poco. Como el sol cuando despierta. No hay sobresalto de pesadillas ni de ruidos. Al contrario, estoy en un estado de gracia que no frecuento a menudo. Quiero seguir así. Estirar el brazo para agarrar el celular y ver la hora me va a sacar de esta mansedumbre que me cubre como una manta liviana y tibia, que me abriga y me contiene.
Descubro que mi estado –que me hace sonreír apenas en la penumbra del cuarto- es la continuidad de un sueño. Intento atraparlo, escena por escena, como fotogramas sueltos de una película que no vi u olvidé.
