Un hombre con un ramo de flores
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Tandil ha crecido en los últimos años. Veinte, treinta, pongámosle. Está grande, en extensión y también en población. Ya sabemos: la migración de quienes la han elegido por su tranquilidad, etcétera.
Creció, no hay dudas. Lo que no sé es si maduró. O al menos no en todos sus aspectos.
También puede ser que el que no haya madurado sea yo y esté colectivizando mis taras.
A lo que voy: hace 30 años, un tipo –un varón- caminando por las calles semicéntricas con un ramo de flores en la mano generaba cierta curiosidad, era blanco de algunas miradas furtivas, curiosas, no sé si malintencionadas, pero inquisidoras.
Éramos una ciudad con inquietudes adolescentes.
Hoy, a pesar de estos cambios, crecimientos y migraciones, creo que también: un hombre con un ramo de flores en la mano sigue generando curiosidad.
En Buenos Aires, Mar del Plata u otras ciudades grandes no les prestan atención a estas cosas. Mejor dicho, no se preguntan lo que nos preguntamos acá: ¿Qué hace este hombre con un ramo de flores? ¿adónde va? ¿a quién se las lleva? ¿qué macana se mandó en la casa? ¿va en tren de conquista? ¿por qué no le pidió a la florería que envíe el ramo?
Insisto, quizás son las preguntas que yo me hago. Más aún cuando este hombre de las flores, era un tipo grande. ¿Qué tiene que ver? Nada. Pero le agrega un ingrediente al asunto.
Grande y con paraguas, lo que lo hace más grande aún. No es un muchacho romántico, al que no solo le gusta regalar flores personalmente, sino también dejarse mojar por una lluvia de primavera.
Es decir, un hombre grande, bajo la lluvia torrencial de ayer, con un ramo de flores en la mano. Caminando. Es decir, no andaba en auto. Lo que tampoco tiene mucho que ver, pero hace al asunto. A una necesidad apremiante de llevar ese ramo de flores. Podría haber esperado otro día. U otro momento; a que parara de llover, aunque sea. Pero quizás se trataba de un aniversario o de un gesto que no admitía dilación de ninguna índole: una conquista perentoria o enmendar con urgencia una metida de pata (y ahora que me leo y veo que insisto con el asunto, me digo que hay algo de machismo en ese pensamiento. Como si un ramo de flores fuera suficiente o atinado para lograr el perdón de una dama).
Creo no haber sido el único en pensar estas cosas. La gente que pasaba a su lado también lo miraba de una manera especial. Quizás se hacía estas mismas preguntas. U otras: ¿habrá sido abuelo y se las llevará a la mamá de la criatura recién nacida? ¿irá al cementerio, con este día?
Sin embargo, y contrariando todas las especulaciones, el hombre simplemente había decidido comprarse unas flores para llevar a su casa. Vive solo y de tanto en tanto, le gusta poner un florero arriba de la mesa del living. Disfruta de ver esos colores, de ese detalle de buen gusto en medio de tanta masculinidad caótica en su hogar. Un gesto de cariño consigo.
¿De cómo sé esas cosas? Simple: ese hombre era yo.
Ayer, en plena lluvia y antes de tomar el colectivo para volver a casa, me hice un regalo. Me gustan las flores.
No sé si estaré creciendo o madurando.
Creo que no. Porque todavía me llaman la atención estas cosas.
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