“Aferrándonos a lo vivo, a la vida”: el camino después del suicidio de su pareja y padre de su hijo
Nueve años después de que su compañero decidiera poner fin a su existencia, y tras sobrevivir a una cadena de pérdidas devastadoras, Florencia compartió su historia con La Vidriera y reflexionó sobre cómo logró salir adelante junto a su hijo. Un testimonio sobre la maternidad, el poder de la terapia y el complejo proceso de aprender a convivir con el dolor sin dejar de apostar por la vida.
:format(webp):quality(60)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/fotos_genericas_suicidio_1.webp)
El pasado 10 de septiembre se conmemoró el Día Mundial para la Prevención del Suicidio y a lo largo de todo el mes se llevan adelante actividades de concientización. En estas páginas se han expuesto estadísticas vinculadas al tema y la palabra de especialistas, con la férrea convicción de que sí hay que hablar de ciertas cosas. En esta oportunidad, lo que aflora es un testimonio real, una vida atravesada por un duelo por suicidio. Las muertes de este tipo configuran, sin dudas, una acuciante problemática de salud mental en Tandil y el país.
Florencia habla rápido y con claridad. Florencia no se llama así aunque todo lo que contó es verdad. Eligió preservar su identidad para no exponer a su hijo de 11 años, pero quiso poner en palabras lo que no se nombra. Facundo, su compañero y padre de su hijo, se quitó la vida hace nueve años, cuando aún no había cumplido los 30. A los ojos de los demás lo tenían todo: pareja consolidada, casa propia, profesiones exitosas, un hijo.
Se conocieron en sus veintipico porque eran vecinos. Él estudiaba, ella recién se había recibido. Facundo había venido a Tandil para estudiar, se pusieron de novios y todo se encaminó muy rápido.
Cuando habla de Facundo, la primera definición que aparece no está relacionada con la forma en que murió, sino con quién fue para ella. “Era el amor de mi vida, mi sol, el padre de mis hijos, un amigo entrañable, era un sol de hombre, de los más buenos y hermosos que conocí”, dijo en diálogo con Perspectivas. Y volvió sobre esa imagen una y otra vez, separando al hombre que amó del desenlace: “Son esos hombres que voy a decir, nunca me van a tocar un pibe así en mi vida”.
Se habían conocido después de una etapa particularmente difícil para ella. Florencia venía de un noviazgo violento, en una época en la que, según refirió, “no se hablaba de violencia de género”. Había logrado salir de aquel vínculo con la autoestima profundamente dañada, cuando tenía poco más de veinte años, y fue entonces cuando apareció Facundo.
“Me logré correr de ese vínculo con mi autoestima destruida como estaba a mis 20 y pico de años. No decís nada. Y aparece él. Y así nos conocimos. Una cosa divina, espectacular, un sueño”, señaló.
Pero antes de llegar a ese momento de aparente plenitud hubo una primera ruptura que, retrospectivamente, ella interpreta como una de las primeras manifestaciones de un padecimiento que entonces no podía identificar. Facundo decidió terminar la relación de manera inesperada, sin que hubiera mediado un conflicto evidente. Quedó devastada.
“Él decide poner fin a nuestra relación. Sí, aparentemente de la nada, no había habido un conflicto. Él no podía, no podía, no podía sostener nada, ni su mente, imaginate. Me deja a mí, yo no entendía nada, bueno, fue una cosa espantosa”, relató.
Pasó un año y medio esperando que regresara. Cuando finalmente dejó de esperarlo, él volvió. Hubo nuevos episodios de angustia, comenzó terapia, aunque no logró sostenerla durante demasiado tiempo. En ese momento, ninguno de los dos tenía las herramientas para comprender qué estaba sucediendo. “Él además era muy cerrado, de ninguna manera iba a ir a pedir ayuda a nadie, ni asistencia profesional”, indicó.
El primer duelo
La relación siguió consolidándose. En el mismo mes en que Facundo recibió su título, Florencia quedó embarazada. La vida parecía haber entrado finalmente en una etapa de expansión y todo parecía encajar: la casa, el trabajo, la profesión, el embarazo y la llegada de los hijos. “A la vista de cualquiera, y mía también, incluida yo, teníamos casa propia, una pareja espléndida, pero eso no tiene nada que ver”, detalló.
La gestación había transcurrido normalmente, pero a principios de 2015 una de las bolsas se rompió de manera prematura. La internaron y, pocos días después, tuvo una cesárea. El bebé nació con una malformación que no había sido detectada durante las ecografías y apenas sobrevivió al parto. Su hermano permaneció durante dos meses en Neonatología. “Yo estaba embarazada de dos y uno está muerto, después Facundo también, una cosa, era una cosa inentendible”, recordó.
La experiencia del duelo estuvo acompañada, además, por una sensación de soledad institucional. Florencia sostuvo que, en aquel momento, no existía un abordaje interdisciplinario suficiente para las familias que atravesaban una situación de esas características.
Ella ya tenía un psicólogo y pudo apoyarse en ese tratamiento. Facundo, en cambio, quedó atravesado por otra forma de procesar lo sucedido. Poco después consiguió trabajo fuera de Tandil y pasó largos períodos lejos de su casa. Mientras tanto, Florencia regresó a trabajar, cuidó a su hijo y acompañó a un familiar, que había sido diagnosticado con un cáncer agresivo.

