María Elena Walsh: la sombra detrás del jacarandá
:format(webp):quality(60)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/09/bajo_la_superficie_1.webp)
Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros qué éramos...?"
-María Elena Walsh, Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes (1979).
Qué frío deben sentir los rebeldes que murieron en la grandeza y ahora deben recostarse y descansar en paz. Qué apática condena la de dejarse consagrar por los curas culturales, esperar inmóvil a que el bronce fundido recubra toda la obra y el cuerpo de uno, para que unas pocas etiquetas condensen una vida entera de andadas. Con un cuerpo que es busto y no transpira, con las contradicciones resueltas en máximas, con generaciones y generaciones que van enjuagando las porosidades del relato hasta convertirlo en biografía, en platito de adorno de vitrina de abuela: ya no sirve para pinchar, cortar y tragar encima. Todos sabemos que están ahí colgados, así que nadie se frena a revisarlos, pero ninguno podría recordar los detalles de su grabado. Así nos quedó un Borges ciego, una Pizarnik deprimida y una María Elena Walsh inocente, rodeada de niños. En la era del resumen, scrolleamos y “embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República”.
Para esta generación de adultos jóvenes criados en el mundo del revés, María Elena Walsh corre el riesgo de ser recordada como una autora de canciones infantiles. Esto es cierto, claro, pero reduccionista. Sus canciones infantiles fueron el dispositivo supremo para traficar dentro de una enunciación amable un conglomerado de ideas previas no tan amables. Incluso nos puede provocar –grata- sorpresa descubrir que los versos “Perro salchicha, gordo bachicha, toma solcito a la orilla del mar” y “Dios mío, dame mi sueño de paz, y no de pastilla. El diablo, que nunca duerme, penando me despabila” fueron hechos, en efecto, por las mismas manos. Manos de un cuerpo que esculpió su primer libro de poesía con nada más que diecisiete años, que viajó a París, como Manuelita, junto a una compañera y un bombo legüero para tocar folclore en los antros, que empuñó un lápiz para dar guerra a la censura en tiempos donde “el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo”. Un cuerpo que fue joven, fue triste, fue audaz y fue perseguido. Unas manos y una voz que supieron ser las alegres melodías de nuestra infancia, pero también los recovecos más oscuros del mundo adulto; y quizás las dos cosas al mismo tiempo. ¿Acaso alguien encontró vacuna para las brujerías del brujito de Gulubú?
Querido lector joven, no caiga en la trampa de imaginar a María Elena como una señora mayor, tierna e inofensiva. Dejemos de compartir este efecto Mandela escolar que reduce a toda una intelectual subversiva en una especie de maestra jardinera. Aquel sujeto poético infantil fue, en todo caso, el Caballo de Troya de una obra incendiaria. Los soldados de la crítica se disfrazaron de bufones y apuñalaron al celador con armas que parecían absurdas, pero eran corrosivas. Las vírgenes de la angustia pusieron su mejor cara y dejaron flores celestes de jacarandá como ofrenda para los niños, aun sabiendo que “Al este y al oeste, llueve y lloverá”.
No caiga en la trampa, atienda al tétrico doble sentido cuando canta: “En el país de no me acuerdo doy tres pasitos y me pierdo. Un pasito para atrás y no doy ninguno más”. Escúchela también cuando no lleva esa máscara de ingenuidad, cuando desarma la escenografía de fantasía y confiesa: “Queda tan lejos volverme a ver en el espejo de la niñez”, o “Tanta vida mía, desvivir no sé. A la lejanía me acostumbraré”, o bien “Aquí yace una pobre mujer que se murió de cansada. En su vida no pudo tener jamás las manos cruzadas”.
Sospecho que sus letras pueden recordarnos quiénes somos, en esta época donde el censor, que renace siempre de sus cenizas como el Gato Félix, ya no recorta las voces culturales sino que las arroja a un caos ruidoso donde nadie puede distinguirlas.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.