De dónde vienen las ideas
Aquel interrogante interrumpió mi búsqueda de un nuevo tema para fabricar esta columna. Uno creería que los pensamientos tienden a sucederse unos a otros, saltando siempre de los más generales a los más específicos, en una especie de zoom in que se va profundizando hasta llegar a la idea definitiva. Sin embargo, son más las veces en que esto ocurre en el sentido contrario. He desistido entonces de sentarme frente al gran mapa de mi mente y elegir con el dedo una zona prometedora, para rodearle un perímetro de seguridad y detener allí alguna conclusión idónea. Ese mecanismo lo pueden emplear quienes han estudiado muchísimo y saben bien dónde vive cada idea. Yo, por mi parte, hace tiempo que no hago un censo de mis ciudades mentales. Se han formado barrios enteros donde antes había pajonal y jamás los he visitado. No me he formado lo suficiente para trazar mi propio mapa y darme el lujo de elegir las ideas que encuentro. Lo que intento es achicarme lo más posible y arrojarme directamente a esas calles de mi interior, como en el Street View de Google Maps. Ahí busco mis ideas, caminando a su misma altura. Sin jerarquías ni planes.
Cuando llego, empiezo por alejarme del centro, porque ahí no hay más que principios fundadores e ideas viejas que aspiran a convertirse en convicciones y se pasan los domingos en el museo de anécdotas. Nada nuevo, por supuesto. Camino en línea recta por los barrios de pensamientos laburantes, saludando vecinos y esquivando miedos jóvenes que buscan coronar, pero no son más que perejiles. Los miedos importantes viven en el centro y transan con las convicciones. A esos no los persigue la autocrítica. Yo saludo a la pasada y sigo. Nunca me freno a charlar. En parte porque ellos no saben que viven adentro mío y si se enteran corro el riesgo de volverme loco, pero también porque lo que me interesa es llegar al fondo, a las casitas marginales, donde la ciudad se hace pajonal. Ahí sobreviven las ideas nuevas.
Son ideas vagas, en su mayoría solitarias e irreducibles. Tal vez ni siquiera saben que son ideas. A veces son solo una imagen, un gusto o una opinión sin fundamentos. Otras veces se agrupan unas con otras que nada tienen que ver, formando asociaciones extrañas. Uno podría pensar que encontrar una idea (o tener una idea) es igual de instantáneo que prender un foquito. Sin embargo, en estos barrios que le digo no siempre llega la luz. Por eso es más como desatar un nudo. Cuando alguna idea llama mi atención, enseguida desconfío de ella, o bien, de mí. Le pregunto de dónde viene y por qué, de qué conocimientos se agarra, de qué lecturas o experiencias. Me pregunto si sé lo suficiente, si acaso ya lo pensaron antes y mejor, si sufro el sesgo de mis propios privilegios, por ser hombre, por ser blanco y segunda generación profesional. Le pregunto a quiénes quiere, a quiénes odia y a quién le teme.
Falsa modestia, podrá pensar usted. Clásico giro este de no tener ideas y entonces escribir sobre no tener ideas. El meta análisis infinito como salvavidas creativo, el zoom out que esbocé al principio. No espero ningún aplauso. Sí cabe mencionarle que he charlado con todas mis ideas marginales y, al no encontrar ninguna para llevarme conmigo, me senté ahí mismo, entre las casitas y el pajonal, y me quedé escribiendo. Una de las ideas se acercó y me propuso consultarle a mis seguidores de Instagram sobre qué temas les gustaría leer. Le hice caso y solté mi pregunta al valle digital. Mientras recogía las respuestas, vi cómo iban llegando inmigrantes las ideas de otros y se instalaban en mis suburbios. Me quedaron grandes para adoptarlas y convertirlas en temas propios, pero las menciono para compartir lo que la gente se pregunta y, tal vez de esa manera, ilustrar el lugar de donde vienen las ideas.
Así, mis calles se llenaron de inquietudes viajeras que se parecían a las mías, pero tenían otras caras: las consecuencias de los mandatos familiares; la convivencia con la traición; la ansiedad colectiva; la paz interna de la soledad; los artistas y sus formas de crear; de dónde nace una idea; el pasado, presente y futuro; las influencias; los portales que crean las canciones; los sueños; los objetivos; el sistema capitalista; el fenómeno de “ser feliz” como mandato; la modernidad líquida; la adicción al algoritmo; la mediocridad generalizada; la creciente importancia de la estética en el día a día y los hábitos.
El último era una pregunta: “¿Hay motivo para pensar que este no es el mejor momento de la historia para estar vivo?”. Al final, es cierto que no me llevé ninguna idea, pero tampoco dejé a ninguna de lado.
Por eso estas columnas siempre huelen un poco a pajonal y nunca a conclusión iluminada. Porque están hechas de temas reciclados, incrustadas con palabritas reutilizables y sin revocar. Igual que las casitas de donde vienen las ideas.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.