Facundo Cabral: el primer rapero tandilense
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Cualquier persona que conozca la historia del rap local podría debatir fácilmente un título con semejante ambición. Basta con remontarnos al hoy lejano 2005 y pensar en el germen de Contrabando Crew, para desmoronar así cualquier intento de construir un origen que no sea exactamente ese mismo. Puede estar seguro de que conozco mis raíces. Sin embargo, este título es en parte una provocación y en parte una hipótesis. Lo provocativo funciona en doble sentido: en primer lugar, porque a los raperos puristas, que suelen sufrir de un esnobismo amargo pero culto, les gusta tener bien marcados los límites del género y reniegan cada vez que ven el nombre de “rap” o “rapero” puesto en cualquier cosa. En segundo lugar, hacia el sentido opuesto, la provocación también funciona porque cualquier oyente de Cabral, que sea ajeno al rap, va a resistirse a imaginarlo con gorra y cadenas de oro. Lo cierto es que nunca conocemos los límites de un género y el rap es mucho más que gorras y cadenas de oro. La otra parte de hipótesis consiste en esbozar una línea de lectura que trace algunas analogías optimistas entre Facundo Cabral y el rap tandilense.
Porque mucho antes que Contrabando Crew, pero en las mismas calles, un joven marginal llegado de La Plata ya escribía algunas rimas e improvisaba las otras, sin nunca entregarse a componer estribillos pegadizos y complacientes, con la sagrada urgencia de contar una historia, de escupir un relato sin tener que pedirle permiso a la amable melodía, con nada más que el punteo de la guitarra como mero soporte de la más hermosa catedral de palabras. ¿Acaso no es esa el alma del rap? Es la poesía que se escribió para ser recitada, el punto máximo de encuentro entre texto y cuerpo. Es la música rindiéndose ante la inmensidad del entramado semántico, suspendiendo sus lógicas para que el poeta pueda hablar sobre ella sin tener que levantar la voz. El mismo Facundo Cabral aseguraba que él no era un cantante, sino un cantor. En palabras de su ídolo Yupanqui: el cantante tiene aptitud, pero el cantor tiene necesidad.
Piense ahora en el rap. Tal vez la primera imagen que venga a su cabeza sea Duki o las batallas de freestyle, las cadenas o las gorras, pero intente imaginar más allá, o mejor dicho más acá, en nuestra propia ciudad. Ya es tiempo de separar la paja del trigo y no dejar que todo caiga en la gran procesadora. El rap tandilense está muy lejos de aquel preconcepto yanqui que viajó hasta el fin del mundo y se mezcló con la banalidad sabrosa del reggaeton y más tarde con la ostentación material del trap, para terminar descuidadamente englobado dentro de algo que llaman “música urbana”.
La realidad es que el rap autóctono está mucho más cerca de ese Facundo adolescente que recorría este mismo centro y recitaba sus testimonios más sinceros sin la necesidad de adornarlos demasiado. El vehículo es el mismo: el spoken word o palabra hablada sobre una base instrumental minimalista, eso que ayer fue el punteo de una guitarra y hoy puede ser un beat de drumless, con un proceso creativo que pareciera dedicarle diez veces más tiempo a la letra que a la melodía. Claro que las temáticas también coinciden. ¿Es la marginalidad? ¿Es la mirada crítica sobre la sociedad y el sistema? ¿Es la figura del caminante solitario que narra lo que ve en los márgenes de la ciudad? Es todo eso y más, pero nunca jamás es aquel relleno predecible y hecho de lugares comunes al que nos ha acostumbrado la música masiva actual. Acá, por suerte, aún hay que detenerse y leer con los oídos.
Por las mismas calles camina hoy, por ejemplo, el rapero Nacco Ronaldinho. Digo rapero porque dentro de esta palabra, cuando es dicha con responsabilidad, se aglomeran otras tantas facetas en forma inherente: poeta, performer, improvisador, viajero, ¿acaso cantor? Nacco rapea que “Te cuentan la de más droga, más crimen, más morras; a ver cuántos delincuentes te visitan cuando estés bajo tierra”. Por su parte, Facundo le recordaría que “Solo lo barato se compra con dinero” y que “la culpa no es del cerdo, sino del que lo alimenta”. Desde los bordes de la ciudad a los bares del centro, desde los bares del centro a otras tantas ciudades, a otros países, cargando únicamente una guitarra, o un pendrive, y un bolso lleno de rimas talladas a mano. Podría ser Facundo Cabral, podría ser Nacco.
Tal vez aquello sea todo lo que une al rap y a Facundo Cabral, y con eso es más que suficiente. Pero también está nuestra ciudad, que algo tendrá para que sus calles sigan criando a esta estirpe de narradores orales y alojándolos en sus barcitos los fines de semana. Quizás sea el frío que baja de las sierras y te obliga a meterte para adentro, o el ritmo de este valle viejo al que se lo come el cemento, pero todavía regala el tiempo y el silencio necesarios para masticar las palabras antes de largarlas. En otra época y sobre otros ritmos, Tandil sigue pariendo Facundos Cabrales que, sin nada más que una base sencilla y la crudeza de su voz, eligen rendirle culto a la sagrada urgencia de decir algo.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.