Lo que no sale en los titulares
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Todo empezó, como suelen empezar las cosas definitivas, por pura casualidad y descarte. Había una guitarra dando vueltas por la casa, un padre que le sacaba algo de folclore a las cuerdas y un pibe que cantaba encima. Cuando en la escuela aparecieron para promocionar el conservatorio, él, que ya andaba metiendo mano en la guitarra de forma autodidacta, levantó la mano. Pero a la hora de elegir instrumento, pegó el volantazo: eligió el piano a ciegas, por puro instinto, para no repetir lo que ya había en el living de su casa.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAsí, a los diez años, arrancó una doble escolaridad. Mientras a la mañana cursaba las materias de cualquier adolescente, a la tarde se encerraba a incorporar la teoría musical, los pentagramas y la rigidez de la academia. Fue un adiestramiento largo y sistemático, seis años de formación básica pura y dura, el esqueleto necesario para poder sostener, años más tarde, el peso de la calle.
Estaba aún en la secundaria cuando fundó su primera banda, bautizada con el nombre Cocodrilo. Junto a Agus Román y los hermanos Ekeroth, el grupo juvenil recorrió los escenarios de Tandil desplegando un repertorio que incluía desde covers de rock hasta canciones de cuarteto. Ensayaban y guardaban los instrumentos en una salita improvisada adentro de un galpón, donde se preparaban para sus presentaciones más rentables: los cumpleaños de quince. Con el tiempo Cocodrilo se disolvería, pero esos jóvenes músicos siguieron sus caminos hasta integrar otras bandas locales como Fisión y Los Tapitas.
Luego de aquella primera banda, el muchacho dedicó el tiempo necesario a la exigencia del conservatorio para poder aprobar los exámenes de piano. Siendo ya un estudiante avanzado, participó como invitado en numerosos ensambles musicales que proponía su otra institución: la escuela secundaria. Pero no integró aquellas formaciones tocando el piano, ni tampoco la guitarra, sino que decidió probar el bajo. El intercambio entre la escuela y el conservatorio le permitió ampliar no solo la variedad de instrumentos que tocaba, sino también la red de músicos y profesores que iba conociendo en el camino.
Así fue que meses más tarde, en la feria de Semana Santa, se detuvo a escuchar una banda que lo cautivó por completo. Reconoció en esa formación a un chico que conocía de la escuela y se acercó después del show a decirle lo bien que había sonado. Aquel grupo era una murga de estilo uruguayo. El muchacho le confesó a su conocido de la escuela que, si alguna vez había una vacante, le encantaría formar parte.
La vacante se abrió y llegó la invitación, que fue aceptada sin dudar. Muchos años estuvo nuestro muchacho en la murga, ensayando los martes y jueves de cada semana, desde las diez hasta las doce de la noche. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando recuerda la diversión de los ensayos nocturnos y multitudinarios.
En paralelo a la murga, el muchacho integraría también otra banda, porque para algunas personas nunca son suficientes los escenarios ni las horas de ensayo. Fue invitado por Luis Tangorra, que había sido profesor de su escuela y se estaba encargando de armarla. Aceptó, pero esta vez sí pidió ser él quien tocara el piano, su instrumento predilecto. La banda se llamó Tremendo Bembé y durante mucho tiempo empaparon los rincones de Tandil de música afrocubana. En esos cinco o seis años de presentaciones, la formación fue cambiando y, en una de esas reinvenciones, el muchacho acabó tocando junto a su propia prima.
Movido por esos ritmos afrodescendientes, tanto de la murga como de Tremendo Bembé, este muchacho se vio atravesado por la magia de la percusión. Comenzó, en aquel entonces, a asistir a las reuniones de un grupo de personas que tocaban juntas los tambores, a modo de comparsa. El muchacho se acercaba los sábados a la Estación de Trenes y también él tocaba los tambores. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me explica la conexión primitiva con esos sonidos, con esa comunidad. Aquel lugar recibiría luego el nombre de Candombe del Encuentro.
De esta manera se combinaban en la rutina del muchacho, durante aquellos años, la murga, Tremendo Bembé y el Candombe del Encuentro. Eran una, dos o tres presentaciones por fin de semana. Cómo brillan sus ojos cuando me cuenta sobre aquellos sábados en los que un show se superponía con otro y debía salir corriendo de un bar al otro, con los instrumentos en mano, con el apuro de los sueños, con el combustible de la pasión.
Cuando llegó la pandemia se apagaron las calles, pero floreció la música en su cuarto. Un cancionero perdido con treinta canciones de folclore, escrito a mano, letra y melodía, sin grabar. Después, Agosto Almendro: una nueva banda, esta vez formada y dirigida por el propio muchacho, que tocaba canciones compuestas por él mismo. Reunió a seis personas de enorme talento, entre compañeros de la murga y de sus bandas anteriores, en fin, de la interminable rueda cultural. Entre ellas, Anita Esnaola, con quien ya había compartido antes en Candombe del Encuentro, con quien creó proyectos personales y con quien, tiempo más tarde, daría forma a La Mamba. Durante sus meses en actividad, Agosto Almendro se presentó en La Vieja Romería, La Cautiva (actual Arte y Parte), Sicilia, La Pacha (actual Gluck), entre otros.
Asistió luego a un evento musical en la plaza del centro, de esos que ya no se hacen. Acá pareciera repetirse la historia de la murga: se detiene a escuchar, lo cautiva la música que tocan, se acerca después del show a expresar esa admiración y recibe una invitación. Esta vez, la invitación fue para tocar una sola canción. Sin embargo, al reunirse a ensayar, la conexión fluyó con una naturalidad inesperada, por lo que terminó sumándose a todo el repertorio. Esa banda se llamó Agua Panela y, como si el tiempo fuera solo un número, tocaron juntos otros tres años.
A partir de Agua Panela se desprendió un trío llamado Tres Bembé. Esta reducción en la formación tenía un fin económico, por la simple razón que tres músicos cobran más que ocho. Aquí el muchacho, Nico y Belén conseguían contrataciones en eventos privados y se asomaban apenas al acantilado del negocio. Estos bichos raros, los artistas, respiran por amor al arte, pero también deben pagar la comida con billetes. El trío consiguió después una productora que organizaba sus fechas, por lo que ellos debían ir y tocar. Así llegaron a presentarse fuera de Tandil, en escenarios costeros de Reta y Claromecó. Mientras Nico hacía la percusión y Belén cantaba, el muchacho tocaba el piano y el contrabajo al mismo tiempo.
Recién entonces empezaría a gestarse La Mamba, junto a Anita Esnaola. Con la idea original de armar una banda de rap con identidad latina, el muchacho y Anita fueron reuniendo uno por uno a los integrantes, un proceso que lo llevaría a encontrarse, inevitablemente, con más de un conocido. Reclutaron primero a Shaly, con quien había también tocado antes en la murga. Luego, en un evento organizado por El Choco en La Movediza, encontraron a su bajista: Tincho. En realidad no lo encontraron, porque el muchacho ya había compartido con él mucho tiempo antes.
Con Tincho habían hecho la música para los musicales -o concerts- del colegio Santo Domingo, otra de las salidas laborales que el muchacho había encontrado a lo largo de su interminable trayectoria. Aquella banda de oficio había estado formada por Juan Schang, Pablo Suarez, Tincho y el muchacho. También tocaron en los musicales de un instituto privado de inglés y, en otra ocasión, el muchacho diseñó y grabó la música de una obra de teatro llamada Esa me la sé, en la cual reversionó canciones de María Elena Walsh.
Volviendo a la historia de La Mamba, con Anita, el muchacho, Shaly y Tincho adentro, el esqueleto de la banda ya cobraba forma. Sumarían luego los vientos, a Giova en la batería y otras piezas que terminarían de completar el frondoso grupo. Cómo brillan los ojos del muchacho cuando me detalla el proceso creativo de una banda tan numerosa, las ideas colectivas, la conexión entre los distintos instrumentistas, el intercambio constante. Brillan aún más cuando me cuenta que hace poco publicaron un disco con La Mamba.
Anita le contó un día al muchacho que había escuchado en el Ferrock a una artista que le había gustado mucho. El muchacho, por supuesto, buscó en Instagram a dicha artista y comenzó a seguirla. Era July James. Al cabo de unos días vio una historia de ella cantando a capela y decidió responderle elogiando su voz. Ella le agradeció y le comentó, en una de esas casualidades artísticas, que estaba en busca de un tecladista para su banda. Sin embargo, la banda ya tenía un tecladista, Lucas, por lo que ambos se complementaron. Cuando Lucas tocaba el Rhodes, el muchacho tocaba el Hammond, y viceversa.
A sus treinta y cinco años, luego de veinticinco de recorrido, el muchacho decide lanzar su proyecto solista, con el nombre artístico de Gamma Mood. Cómo brillan mis ojos cuando pienso en la constancia de los sueños, en la capacidad de reinventarse, en lo incansable de la pasión. Grabó canciones en su cuarto y las terminó de producir en el estudio de Juan Polito, además de trabajar minuciosamente los videoclips de cada proyecto.
Cabe agregar, fuera de la cronología, que el muchacho ha tocado con Ro Sosa, con la banda de Próspero, en una banda de cumbia para un cumpleaños de sesenta, con Niño Neo en la obra Apocalipsis Siglo XXI y también improvisa la música en vivo para el elenco teatral de Proyecto Mondo.
Finalmente, con una sobrecalificación musical y la debida preparación pedagógica, el muchacho se convirtió en profesor de música de la escuela secundaria. Hace trece años da clases en Técnica 5 y hace diez en el colegio San José. Cómo brillan sus ojos cuando me explica que sería imposible transmitir la música a sus alumnos si hubiera dejado de recorrer los bares y escenarios. Me dice que no hace falta resignar los proyectos personales para convertirse en profesor, que una cosa es fundamental para la otra.
El muchacho se llama Gastón Valdez. Yo pienso cuántos flyers habrá compartido, a cuántos eventos habrá asistido y difundido, cuántas bandas habrá integrado, cuántas tardes habrá ensayado, cuántas noches habrá cargado el teclado en su espalda y se habrá parado en un escenario para ofrecerse a su público, para que su público lo vea y lo escuche.
Pienso en cómo el trabajo silencioso de veinticinco años es invisible, hasta que un episodio de violencia repentina y repudiable te convierte en carne mediática. Cómo la sangre te da en una mañana la visibilidad que te negaron los años de escenarios, reduciendo toda una vida de acordes y esfuerzo al titular anónimo de 'profesor agredido'.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.