La caravana de caracoles
Ya nadie salió a hacer las compras. Ninguno tenía más plata que la suficiente para ir y volver de la habitación al trabajo. Tal vez comer algo. Los pocos que sí tenían compraban solo desde su celular, porque ofrecía infinitas opciones juntas, marcas lejanas y envío a domicilio. Ni unos ni otros salían a comprar. Los negocios fueron cerrando sus persianas y los cartelitos de oferta se pudrieron al sol. Primero los de ropa y tecnología, después los bazares y los supermercados, más tarde los bodegones y las heladerías. Los dueños desesperados ofrecían precios bajísimos con tal de encajar a alguien las propiedades malditas y recuperar algo de sus inversiones. Sin embargo, nadie las compró. Aquellos más despiertos hicieron los bolsos y agarraron la ruta para nunca más volver, en un interminable éxodo de luces rojas. Fue cuestión de semanas que las calles quedaran en silencio. Cerraron últimas las escuelas y el hospital. Aquellos menos despiertos, los que se quedaron, se dividían en dos grupos: los que habían perdido su trabajo y los que nunca habían necesitado trabajar. Unos salieron a la calle buscando restos de vida, los otros cerraron las rejas de sus casas y llenaron el carrito virtual con víveres de apocalipsis.
Tan grande fue el pedido que, a la mañana siguiente, un avión, tres grúas y dieciséis camiones aparecieron por el norte de la ciudad. Los de la calle creyeron que al fin llegaba la ayuda; los de las casas se asomaron a la ventana y vieron con alivio a los camiones que seguro traerían sus compras. Para sorpresa de ambos, el convoy no pasó de la ruta.
Se montaron en las afueras, cerca de Maryland. Estuvieron un total de setenta y cuatro horas y en ningún momento dejaron de trabajar. Menos de cuatro días necesitaron para construir El Seno y desaparecer. Trajeron prefabricados los módulos de polímero y los fueron encastrando unos con otros. El resultado fue un depósito simétrico, mate y mudo, del tamaño de cinco manzanas, con un playón de igual extensión a un lado y una pista de aterrizaje al otro. Podía verse en el horizonte desde cualquier punto de la ciudad.
Los de las casas recibieron una notificación avisando que sus compras ya estaban cerca, por lo que se permitieron seguir encerrados. Los de la calle, cansados de saquear ruinas y cazar carpinchos, decidieron peregrinar hasta aquel inmenso galpón que se erguía a la distancia. Llegaron sin sol y ningún alma salió a recibirlos. Un dulce olor a comida de olla les flotaba cerca como el recuerdo de una infancia ajena. Sobre el playón divisaron más de mil mochilas cuadradas, brillantes, idénticas. Estaban alineadas a la perfección, servidas a la espera de un dueño. Al razonar que eran más las personas que las mochilas, los miembros de la horda corrieron para agarrar la suya, sin saber para qué las querían. Uno de los primeros en llegar sacó una bandeja de telgopor humeante de adentro.
Una vez apropiadas las mochilas y apilados los muertos, la multitud se sentó a comer en el playón. Además de la comida, encontraron en la caja de lona un pequeño aparatito parecido a un celular, que solo iluminaba la pantalla cuando se prendían los broches de la correa.
Así fue que más de mil personas se engancharon un cubo a su espalda y comenzaron a seguir las instrucciones del aparato. La pantalla indicaba un número de buzón (que correspondía a una de las miles de puertitas idénticas alineadas a lo largo del lado este de El Seno), una dirección de entrega y una cuenta regresiva. No había mucho para pensar si querían más bandejas de telgopor.
Los nuevos repartidores llenaron sus mochilas de bultos embalados y se arrastraron hasta la ciudad como una caravana de caracoles. Algunos caían en el camino, tal vez por el peso o la desnutrición. Los que venían más cerca se aseguraban de manotear sus mochilas, con la esperanza de cumplir el doble de pedidos a la vez. Los que venían después pasaban por arriba los restos para no perder tiempo en desvíos. Al cabo de unas cien pisadas, los despojos se aplanaban y se hacían parte del asfalto.
La plaga se ramificó al cruzar la ruta. Algunos fueron para las torres del centro, donde aún sobrevivían clientes en los pisos más altos. Otros doblaron hacia los caserones de las sierras y se perdieron entre los pajonales. A unos compradores los protegía la altura y a los otros las piedras y alambrados. Eran personas acostumbradas al aislamiento. Solo querían víveres para no tener que salir al mundo, mientras dedicaban sus días a pintar cuadros, componer música o escribir novelas. Canjeaban sus hectáreas por créditos virtuales sin moverse del sillón. ¿A quién no le convenía? El Seno se expandía, ellos podían seguir gastando y los repartidores recibían más pedidos.
La caravana cambió rápidamente sus piernas por bicicletas abandonadas. Ya no se arrastraban sino que habían evolucionado a moscas. Volaban del depósito a la ciudad y de la ciudad al depósito. Cada mañana aterrizaba un avión negro sin tripulantes y conectaba una larga manga al lado norte, como el cordón umbilical de un monstruo. Tardaba media hora en vaciarse y volver a despegar. Los repartidores esperaban frente a los buzones con esa mezcla de excitación y pudor de los perros.
Luego no hubo tiempo para irse a ningún lado. Los clientes pedían a toda hora, pero había al menos dos repartidores por cada uno de ellos. No podían permitirse estar lejos cuando el aparato sonaba. Las moscas con mochila resolvieron entonces mudarse de forma fija al playón de El Seno, para estar al lado de los buzones en todo momento. Ahí mismo instalaron sus mochilas, bicicletas y bandejas con un intrincado sentido de parcelamiento. El campamento creció como un hongo sobre el suelo sintético.
Fue cuestión de días que empezaran a prender fogatas y dormir juntos. Se escuchaba a la hora de la cena una mezcla de charlas, tambores de balde y cantos grupales alrededor de cada fuego. A los seis meses había resurgido la orquesta de la comunidad. La gente ahora iba y venía por los pasillos de las covachas con apuro metropolitano, saludando vecinos a la pasada.
Fue cuestión de años que en el playón empezaran a nacer bebés. A las madres recién paridas se las dejaba dormir bien cerca de la pared del depósito, porque el aire tibio de la ventilación calentaba las cunas. Los padres se aseguraban de conseguirle una mochila a cada hijo para cuando tuviesen la edad de pedalear. Los viejos recitaban las historias épicas de grandes repartos. Con el tiempo desarrollaron formas propias de teatro y pintura.
Darwin habría llorado de emoción. Después del caos y las fosas comunes, el ecosistema volvía a equilibrarse. Se erradicó por completo el desempleo: todos eran repartidores o artistas. Unos vivían en la nueva comuna, los otros sobrevivían en la ciudad vieja. Todos comían de El Seno.
Se dice también que, luego de varias generaciones, las crías se adaptaron perfectamente a las correas. Nacían con la clavícula rotada en forma de canal y una capa de sobrehueso sobre las escápulas, el esternón y la nuca. Los viejos aseguraban que los niños sin mochila eran incapaces de mantener el equilibrio y morían al final de la adolescencia.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.