Alzheimer: por qué el invierno puede aumentar algunos factores de riesgo para la salud cerebral
Durante el invierno algunos cambios en la rutina pueden favorecer factores asociados al deterioro cognitivo.
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Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2021 había 57 millones de personas con trastornos neurocognitivos en el mundo y cada año se registran cerca de 10 millones de nuevos casos. Las proyecciones indican que la cifra superará los 150 millones hacia 2050, con un crecimiento particularmente acelerado en América Latina y el Caribe.
En Argentina se estima que la prevalencia de estos trastornos en personas mayores de 65 años ronda el 12 por ciento de la población, lo que representa más de 600 mil personas. Alrededor del 60 por ciento de esos casos corresponde a la enfermedad de Alzheimer, con una mayor incidencia entre quienes tienen 75 años o más.
Cuándo consultar
Los especialistas recuerdan que ciertos síntomas no deben atribuirse simplemente al envejecimiento. Entre las señales de alerta se encuentran la pérdida de memoria que interfiere con las actividades cotidianas; las dificultades para planificar o resolver problemas; los inconvenientes para realizar tareas habituales; la desorientación en tiempo y espacio; los problemas para interpretar imágenes o relaciones espaciales; las alteraciones del lenguaje; la disminución del juicio o de la capacidad para tomar decisiones; el abandono de actividades sociales y los cambios notorios de humor o personalidad.
La neuróloga Florencia Deschle, especialista en neurología cognitiva, explicó que “estos síntomas no forman parte del envejecimiento normal y algunas causas de pérdida de memoria, como los efectos de determinados medicamentos, déficits vitamínicos, trastornos de la tiroides o la depresión, pueden ser reversibles si se detectan a tiempo”.
Por ese motivo, recomendó consultar al médico ante cualquiera de estas manifestaciones.
El invierno y el aislamiento
Durante los meses más fríos disminuyen las salidas, los encuentros sociales y la exposición al sol. La evidencia científica muestra que esta combinación puede afectar la salud cognitiva.
El aislamiento social, entendido como la falta objetiva de contacto con otras personas, se asocia con un mayor riesgo de deterioro cognitivo porque la interacción cotidiana constituye una forma de estimulación mental.
En ese sentido, un estudio de gran escala difundido a fines de 2025 por la University of St Andrews concluyó que el aislamiento social puede acelerar el deterioro cognitivo en la vejez, incluso en personas que no se sienten solas.
En cambio, reducir el aislamiento se relacionó con un deterioro más lento de las funciones cognitivas. Según ese trabajo, el aislamiento incrementa alrededor de un 26 por ciento el riesgo relativo de desarrollar este tipo de trastornos.
A su vez, la Comisión Lancet sobre prevención, intervención y cuidado de las demencias identificó 14 factores de riesgo modificables a lo largo de la vida: aislamiento social, inactividad física, pérdida auditiva no tratada, hipertensión arterial, tabaquismo, obesidad, depresión, diabetes, consumo excesivo de alcohol, traumatismos de cráneo, contaminación del aire, bajo nivel educativo, colesterol LDL elevado y pérdida de visión no corregida.
De acuerdo con ese informe, actuar sobre estos factores podría prevenir hasta el 45 por ciento de los casos a nivel mundial.
La actividad física también desempeña un papel importante. Estudios muestran que las personas que realizan ejercicio moderado o intenso presentan menor deterioro cognitivo que aquellas con hábitos sedentarios.
En la misma línea, el ensayo clínico Finger, realizado en Finlandia, comprobó que una estrategia que combine ejercicio, alimentación saludable, estimulación cognitiva y control de los factores de riesgo cardiovascular mejora la función cognitiva en adultos mayores con riesgo de desarrollar demencia.
“El invierno, el encierro, la menor actividad física y la reducción del contacto social pueden convertirse en una combinación de factores de riesgo modificables, especialmente relevante para las personas mayores”, señaló Deschle.
Hábitos que ayudan a cuidar el cerebro
A partir de la evidencia científica disponible, los especialistas recomiendan mantener el contacto social mediante llamadas, videollamadas o encuentros cuando sea posible; sostener la actividad física, incluso dentro del hogar si el clima no permite salir; estimular la mente con lectura, juegos, actividades manuales o el aprendizaje de nuevas habilidades; respetar los horarios de descanso; controlar la presión arterial, el colesterol y la glucemia; atender la salud visual y auditiva; evitar el tabaco y moderar el consumo de alcohol; consultar ante síntomas persistentes de depresión y aprovechar los momentos de sol para realizar actividades al aire libre.
Nuevos tratamientos
En los últimos años también se registraron avances en el tratamiento del Alzheimer. Los anticuerpos monoclonales lecanemab y donanemab actúan sobre las placas de proteína beta-amiloide características de la enfermedad. Los ensayos clínicos mostraron una reducción del deterioro cognitivo de entre el 27 por ciento y el 35 por ciento en personas con Alzheimer en etapas tempranas o con deterioro cognitivo leve y confirmación de patología amiloide.
No obstante, los especialistas aclaran que estos tratamientos ofrecen beneficios moderados, están indicados únicamente para pacientes en fases iniciales y requieren un seguimiento médico estricto debido a la posibilidad de efectos adversos, como edema o sangrados cerebrales.
Mientras tanto, la investigación continúa avanzando con el desarrollo de nuevos fármacos dirigidos a la proteína tau, a los procesos de neuroinflamación y a formulaciones que faciliten la administración de los tratamientos.
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