Singapur, el país ejemplar de las pruebas PISA, permite los azotes en las escuelas
Singapur, líder de las pruebas PISA con 535 puntos, lleva décadas de impulso a la educación como parte de su estrategia nacional de impulso a su economía, en un mercado asiático altamente competitivo, pero impone métodos extenuantes para los alumnos.
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Desde su independencia de Malasia en 1965, el país buscó sostener un alto ritmo de crecimiento económico, mejorando el nivel de vida de su población (hoy son casi seis millones de habitantes), que para entonces tenía un altísimo analfabetismo.
Singapur inició en aquellas primeras décadas un sistema educativo de excelencia basado en un concepto de “kiasu”, que en el dialecto chino que se habla en la isla significa “miedo a quedarse atrás”.
Se trata de un sistema bilingüe y que educa a los chicos separándolos según su nivel académico.
De hecho, es habitual que los chicos se formen en academias que funcionan los siete días de la semana, con una carga horaria extenuante y con fuerte foco en las ciencias y la tecnología.
Sin embargo, el Gobierno nacional, catalogado por muchos como “autocrático”, decidió dar un giro todavía más radical en su educación: habilitó, a partir de 2027, los castigos físicos sobre los alumnos desde el nivel primario.
En efecto, en mayo de este año las autoridades aprobaron una normativa que permite a los profesores azotar a sus alumnos en casos de “faltas graves” y como “último recurso”, con el objetivo final de luchar contra el bullying, un flagelo creciente en las escuelas singapurenses.
De acuerdo con la regulación del Ministerio de Educación, los castigos corporales estarán permitidos a partir de los nueve años de edad.
“El castigo físico es una opción disciplinaria solo para niños y se emplea como recurso final, estrictamente cuando sea absolutamente necesario”, establece el documento oficial.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre el 25 y el 50 por ciento de los niños del mundo experimentan castigos corporales en entornos educativos. NA
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