Necrológicas
V EMMA HILDA FERNÁNDEZ DE MEGÍAS
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailNació el 6 de noviembre de 1942, en el campo, con la ayuda de una partera. Hija de Emma Barragán y Gabriel Fernández Millara, junto a sus padres y hermanos se crió en el campo, primero en la zona de El Empalme y luego en Fulton.
Sus estudios primarios, hasta séptimo, los cursó en La Rosada, en la Escuela 24, su maestra tan recordada y querida Anita (como ella decía, Anita de Mario). Pasando miles de travesuras infantiles y juveniles, siempre fue muy alegre, atenta y servicial, rodeada de sus hermanos: Haydée, Gerardo, Carmencita, Esther, Hugo, Abel, Alicia y Marita. También de sus amigos, primos, etc.
Estudió tenedora de libros y dactilografía en la Academia Vulcano. Además de sus cursos de bordados.
Conoció a Rogelio Alejandro Megías, alias “Titi”, quien era de Tandil pero vivía en “Belem do Pará” Brasil. Estuvieron de novios un año y se casaron el 4 de diciembre de 1970. De ese amor nacieron sus dos hijos, Alejandro y María Belén.
Siempre fue muy laboriosa, le gustaba mucho tejer, bordar y coser vestidos de novia, madrinas, 15 años, egresadas y mucho más.
Dio clases de tejido a máquina. También fue catequista en la Parroquia del Carmen y ayudaba en el comedor de la misma.
Educó, junto a “Titi”, a sus hijos con los mejores valores y amor incondicional. Ambos trabajaron mucho, y ella ocupó muchas horas en sus costuras para poder darle lo mejor a su familia.
Disfrutaron juntos de sus dos primeros nietos Felicitas y Francisco, en los tiempos que podían. En 2015 “Titi” se enfermó y el 27 de octubre falleció de cáncer. Ella ahí sintió que se fue su amor, una gran parte de su vida, donde no resistió y la atrapó el Alzheirmer.
Luego llegaron sus otros dos nietos, Guadalupe y Manuel, quienes la disfrutaron menos por su enfermedad que perduró durante 14 años.
Tan grande fue su amor por “Titi” que prácticamente por dos horas no fue el mismo día que él partió para descansar en paz. El 26 de octubre, a las 22, Dios se llevó su alma y seguramente se pudieron reencontrar para iluminar a sus seres amados.
“Te vamos a recordar siempre tus hijos Alejandro y Belén; tus nietos Felicitas, Francisco, Guadalupe y Manuel; tu nuera Elsa y tu yerno Walter; tus hermanos, familiares y amigos. Descansa en paz Hilda”.
V MARIA LUCÍA PISCAZZI
María Lucía Piscazzi falleció el pasado 15 de noviembre de 2019, causando su deceso una profunda consternación entre su familia y amigos. “Despedirse de un ser querido para siempre es una de las experiencias más difíciles por la que todos debemos pasar en algún momento de la vida. Pero nunca faltarán las personas que acompañan y apoyan el difícil momento como si fuera que les está ocurriendo a ellos, diciendo las palabras justas”, señalaron.
Su familia acercó un sentido escrito para recordarla. “Es difícil encontrar las palabras exactas para describir lo que eras en vida para nosotros. Fuiste esposa, madre, abuela y bisabuela ejemplar. Siempre prevaleció tu cariño y bondad. Nos querías unidos, y la gente que te conoció te admiraba. Salías con tu bolso con libros, de una marca conocida de perfumería, recorriendo tus clientas y amigas. Los domingos siempre nos querías en tu mesa ya sea con esas ricas pastas o tus asados, que también cocinabas.
Cuando llegó tu enfermedad fue una pena grande para toda la familia. Pero de algo estamos orgullosos, estuvimos hasta el final cuidándote y queriéndote.
Por eso mamá te vamos a extrañar muchísimo. María Lucía, cuídanos de donde estés, como lo hiciste siempre. Te amamos, vieja querida”.
V JESÚS MAXIMILIANO FERNÁNDEZ
El pasado 14 de noviembre de 2019 falleció Jesús Maximiliano Fernández, a los 38 años de edad, causando dolor y pesar entre sus familiares y amigos.
Maxi nació en Tandil el 14 de enero de 1981. Vivió junto a sus padres Rubén y Cristina, y sus hermanos Matías y Celeste en Villa Italia, barrio al cual quiso mucho y cosechó verdaderas amistades, dado su carácter sociable.
En su niñez fue muy mimado por sus tías, tíos y sus abuelos Amaro y Pepa, a quienes adoraba. Disfrutaba de pasar todas las mañanas a tomar un mate con su abuela Eva.
Cursó sus estudios en el colegio San José, Escuela Secundaria 2 y Unicen.
Trabajó en Colombraro Plásticos; Otero Hogar y luego en Ferrosur. Actualmente se desempeñaba en el oficio de carpintero.
A los 32 años se casó con Gabriela F. Southwell, fiel compañera de vida, con quien formó una hermosa y unida familia, junto a su hijo Bruno y su hija de corazón Candela.
Fue un gran esposo y padre. Muy querido por la gente por sus ocurrencias y solidaridad. Hincha fanático de Santamarina, amante de la vida y del rock nacional. Gran deportista, destacándose en vóley y motocross.
Le gustaba comer asados con sus amigos, disfrutar de sus sobrinas: Valentina, Catalina y Luz; y viajar con su familia.
Supo valorar la vida, viviendo intensamente cada momento, sobrellevando su enfermedad con fortaleza y espíritu ganador.
“Maxi: Nos has dejado un gran ejemplo de vida, tu sonrisa, tu empuje, mucho amor, valiosas enseñanzas y por sobre todas las cosas, tu fe en Dios. Por eso hoy estamos tranquilos que tu alma descansa en paz. ¡Un ángel nos guía y nos protege desde el cielo! Te amamos y siempre vivirás en nuestros corazones. Tu esposa e hijos”.
V PEDRO NICOLÁS LARROCEA
Pedro Nicolás Larrocea, conocido como “El Vasco”, falleció el pasado 25 de noviembre a la edad de 87 años. Había nacido en Rauch y trabajó en la estancia Las Ruinas.
Se casó con Etelvina Rosa Falabelli y fruto de ese amor nacieron sus dos hijos, Guillermo Daniel y Graciela Edith Larrocea, quienes a su vez le dieron cinco nietos y nueve bisnietos.
Trabajó 25 años en Metalúrgica Tandil y tuvo el orgullo de que Don Santiago Selvetti le entregara la medalla de oro. Era muy trabajador y muy buen compañero con sus amigos. Una vez jubilado, siguió trabajando en Carra y Cía.
Se destacó como un gran bailarín de tango y disfrutaba hacer quinta y frutales, criar pollitos con su compañero el loro Francisco.
“Te recordaremos con amor y cariño, tus hijos, familia y vecinos. Que descanses en paz Vasco”.
V JOSE MANARITI
José Felipe Manariti, conocido como Negro, Pepe o King Kong, nació el 1 de octubre de 1936, y era hijo de inmigrantes italianos. Toda su vida transcurrió en el barrio del club Defensa, Brandsen al 200, primero en la casa de sus padres, donde hoy funciona el Jardín de Infantes Barquito de Papel, propiedad de su hija, siendo Pepe su fundador. Después en su propia casa junto a la de sus padres.
Sus primeros trabajos fueron en la herrería Paravich y en la fábrica de galpones y tinglados Simbra, donde aprendió el arte de los parabólicos y galpones. Posteriormente fundó su propia empresa denominada Tinglados Planeta, actividad que llevó adelante hasta hace muy poco.
El club Defensa fue su segunda casa. Arquero allá por 1956, campeonatos de truco, billar, bochas, corsos, loterías, vermut los domingos, reuniones de comisiones. Techos, canaletas y muchas cosas más.
Se casó con su primera novia, Norma Zubieta, también del barrio de la calle Brandsen, con la cual cumplió 59 años de casados el pasado 27 de febrero. Buen esposo, mejor padre, espectacular abuelo. Familia pequeña, pero unida y muy feliz.
“Llegó el día en que el arco de la vida le quedó chico y decidió volar para atajar ese gol mucho más alto. Vuela hacia la eternidad. Serás para nosotros ejemplo de honestidad, trabajo, templanza y lo mejor que la vida nos dio. Tu familia”.
V JUAN CARLOS LEYTA (NEGRO)
Juan Carlos Leyta (Negro) nació el 5 de agosto de 1945, en María Ignacia, Estación Vela. Dejó la escuela para trabajar, hizo el servicio militar y dedicó su vida al trabajo, dejando de lado la posibilidad de formar una familia.
Con mucho sacrificio, compró un terreno donde levantó su local y su casa y llegada la tan ansiada jubilación, se dedicó de lleno a su despensa.
Una cruel enfermedad lo hizo trasladarse a Tandil, buscando una recuperación que nunca llegó, aunque nunca perdió las esperanzas de volver a su Vela natal.
“Hasta siempre Negro, te recordamos con cariño, Julio, Mary, Franco, Lucía, Mar y Juan”.
V DOMINGO GUTIÉRREZ
Falleció el pasado 3 de diciembre, a los 88 años, Domingo Gutiérrez, alías “el Pampa”. Nació en María Ignacia, Estación Vela, el 4 de agosto 1931, y fue criado por su padre Rudecindo Gutiérrez ya que su madre, Dominga Lezcano de Gutiérrez, murió cuando tenía dos años.
Se desarrolló en su juventud como empleado del Ferrocarril “Los Catangos”; luego se unió por espacio de dos años a la Marina y más tarde ingresó a las fuerzas policiales, donde estuvo vinculado por espacio de 25 años hasta alcanzar su jubilación como suboficial mayor.
Trabajó en los puestos de vigilancia en La Numancia y Gardey, pertenecientes a la comisaría Primera de Tandil, lugar donde también desarrolló su tarea. Le gustaba el deporte, especialmente el fútbol, siendo jugador y posteriormente entrenador de las categorías infantiles, en el club Velense y en el club Social Vela.
Desde chico se vinculó al partido radical, fundó el Comité Radical en María Ignacia y se sentía orgulloso del gobierno y el respaldo popular que en cada elección tuvo su amigo el intendente Miguel Ángel Lunghi.
Se casó con Nilda Angélica Pizarro y de esa unión matrimonial nacieron sus hijos Marta, Domingo, Haydée, Mirta, José y Carlos. A la familia se le agregaron los yernos José Rodríguez, Vicente Calderón, Martín Poponeti y las nueras Claudia, Amalia y María. Disfrutó de sus nietos: Marina, Yamila, Jazmín, Rocío, Mariano, Mario, Carlitos, Huber, Aylín, Narello, Yanina, Alejandro, Fabiana, Facundo, Sabrina, Jesús, Jésica, Elizabet, Matías, Juan, Martincito, Verónica, Viki, Nano, Beily, María y Carlitos, brindándoles un gran amor.
“Amado esposo, papito, abuelito, te vamos a extrañar muchísimo. Te recordaremos y te amaremos, nuestros mejores recuerdos estarán en nuestro corazón por siempre. Tus recuerdos estarán siempre en tu casa por ser tan generoso e incondicional con la familia. Esa fugaz estrella que se fue junto a vos, la veremos brillar todas las noches en el cielo. Que en paz descanses”.
V AMELIA PAGLIARO
El pasado sábado 23 de noviembre falleció Amelia Pagliaro, una luchadora de la vida que siempre supo sobreponerse a los golpes con una sonrisa llena de amor y alegría.
Su grupo de amigas acercó el siguiente texto con el que la recuerdan. “Te fuiste y aún nos parece verte en las mañanas recorrer el centro como una mariposa rápida y ligera. Nos parece sentir tu llamada a la tardecita para saber cuántas éramos y dónde se jugaba a la canasta. Extrañaremos tus relatos de cómo amabas, año a año, el reencuentro con tus compañeros de secundario. De cómo abrías tu hogar a los que venían de lejos.
Te fuiste y dejaste un vacío en el infaltable cafecito de los sábados. Nos quedó pendiente ese viajecito que nos faltaba hacer, a pesar de los muchos lugares que visitaste.
Se apagó tu vida, pero tu recuerdo quedará en la memoria de todos los que te amamos. En especial de aquellos que fueron tu orgullo, tus hijos Gustavo y Verónica y tus nietas a las que amabas y compartías sus logros con tu infinita ternura. Siempre estarás presente entre nosotras”.
HERMANO HÉCTOR EMILIO ALMADA JUNCOS H.S.F
En la madrugada del pasado jueves 5 de diciembre, falleció en Córdoba el religioso de la Sagrada Familia, Hermano Héctor Emilio Almada Juncos, quien durante muchos años y en diversas oportunidades estuviera ligado a la comunidad educativa del colegio San José, como docente y celoso catequista escolar y barrial.
El recordado religioso había nacido en la pequeña localidad de Esquina, departamento de Río Primero, en el nordeste de la ciudad de Córdoba, en el seno de una familia patriarcal y fecunda, constituida por su padre David Almada y Doña Catalina Juncos y diez hermanos, cinco varones y cinco mujeres, siendo Héctor Emilio el penúltimo de ellos.
Hogar tradicionalmente religioso, tres de sus hijos fueron religiosos de los hermanos de la Sagrada Familia: Hno. Silvano, el Pbro. Luis Eduardo –único sobreviviente, sacerdote diocesano- y el hoy recordado Héctor Emilio.
Nació el 19 de octubre de 1932 y fue bautizado en la misma capilla del pueblo, erigida por sus antepasados, los Juncos Brandán y Cámara.
Sus ancestros se instalaron en la zona, ya en la época hispánica y los dominios de sus tierras llegaban hasta las márgenes de la Laguna de Ansenuza, hoy Mar Chiquita.
De estas familias de una fe sólida y profunda surgieron muchas vocaciones de consagrados pertenecientes a diversas órdenes religiosas, entre ellos el más conocido, hoy Beato José Gabriel del Rosario Brochero. Los primeros Hermanos criollos del colegio San José eran originarios de esta zona, siendo su epicentro el colegio e internado, el Colegio del Salvador, regenteado por los Hermanos entre 1912, año de su fundación, y 1942.
Con sólo once años, en marzo de 1944, el niño Héctor Emilio, siguiendo tras los paso de sus hermanos mayores, ingresó en el seminario menor de los Hermanos, en el tradicional barrio de Alta Córdoba, ubicado frente a la monumental iglesia del Corazón de María, faro neogótico, estandarte de fe, del pueblo cordobés.
El 30 de octubre de 1948, el Día de Cristo Rey, a penas cumplida la edad mínima exigida de dieciséis años, pronunció sus primeros votos de consagración religiosa en la localidad de Progreso, cercana a Montevideo, en la R.O. del Uruguay. Es en la Docta donde realizó su formación básica docente, el Magisterio, en el Colegio Pío X, incorporado a la prestigiosa Escuela Normal Nacional Alejandro Carbó, egresando el 30 de noviembre de 1952, con el título de Maestro N.N. complementado con el de Bachiller Nacional obtenido en el conocido colegio oficial del Deán Funes.
Fue en el colegio San José de Tandil, donde se inició como maestro de grado, titular del entonces Primero Superior –hoy segundo año del nivel primario- al frente de un grupo numerosísimo de párvulos que superaba el medio centenar. Fue su primer director, el Hno. Honorato en un momento histórico muy rico del colegio, no sólo por la calidad de sus directivos, sino por su numerosa comunidad de veintiséis religiosos.
V ALBERTO RAFAEL CARREÑO
Nació en Quines, el 21 de noviembre de 1937, un pueblo pequeño al norte de la provincia de San Luis. Hijo de Celestino Carreño y Alberta Leyes, formó parte de una familia de diez hermanos. Tuvo una infancia que añoró, como a su pueblo, hasta el último día.
A los 17 años, su padre Celestino, colocó dinero en su bolsillo y lo acompañó a la estación de tren para el que iba a ser su próximo destino: Buenos Aires. Poco futuro había aún en una provincia, donde primaba la sequía, la aridez del suelo y donde el agua corriente aún era una utopía. Como muchos otros que de a poco se iban yendo, partió a la “capital”. Era el sueño del “triunfo”. El triunfo de concretar sueños. El suyo lo manifestó desde chico: llevar uniforme de granadero como los que vio en su niñez en portadas de revistas juveniles.
Aquella ciudad “te comía, ¡era inmensa!”. Por suerte no fue así y de a poco, consiguió trabajo en una panadería, hacía reparto. Luego en una carpintería, hasta que un día llegó el primer escalón de su sueño. Le mandaban una carta, lo habían aceptado en la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, comenzando así un periplo.
Toda su vida transcurrió desde entonces al servicio de su formación. A la par se había convertido en un ávido lector. De preferencia leía libros de historia. Llegó a comprarse por curiosidad y con total desconocimiento las obras completas de Michelet sobre la Revolución Francesa, un tesoro que leyó de la primera hasta la última página. Pero su mayor cualidad residía en leer historia argentina, que le permitió interesarse por la política y lo llevó a comprender el significado de la militancia. Corrían los tiempos de Juan Domingo Perón y Don Carreño se sentía protagonista ante los discursos de aquel hombre que admiró profundamente, señalando sin cansancio: “Yo fui de los niños de Perón “, ”él le dio al pueblo algo que nadie le dio: dignidad”.
Por curiosidad, también estudió dactilografía, podología (que nunca ejerció) y obtuvo el título de Maestro Mayor de Obra. Pero su mayor fascinación estaba en rememorar y recuperar todo el tiempo su feliz niñez en el campo. De esa manera, se identificó con la obra de José Hernández, a la que le dedicó estudio y aprendió como pocos. Lo recitaba en fiestas familiares y de camaradería, cuando se lo pedían. Amaba las fiestas patrias y recuperar las tradiciones regionales. En la casa familiar los domingos sonaban las tonadas puntanas en la voz de los “Viscontis” como recuerdo de su pueblo amado, que llevaba a todas partes.
En algún momento sintió también cansancio y decepción del ejército que amaba y decidió tomar un sabático para pensar continuar o no, en ese momento surgió la familia.
Consiguió trabajo como gerente de una cadena de supermercados norteamericana en los “dorados 60”, pero se enamoró de la cajera y al tiempo se sindicalizó, y juntos planearon la primera huelga que dio con la expulsión de ambos. Y sí, era inquieto, nada rutinario, pero lo interesante es que sentía nostalgia de su uniforme y decidió volver.
La primera decisión fue trasladarse a San Martín de los Andes, pero en el camino el destino lo trajo a Tandil, pueblo pequeño, que le gustó y adoptó, muy lejos quedaba ya Quines.
Aquí tuvo tres hijos, y también volvió a la militancia política, pero aunque eran tiempos duros, militó en el peronismo de Tandil durante todo el tiempo que vivió, formó parte de la generación que admiraba al doctor Matera (compañero de Jauretche, Scalabrini Ortiz y José María Rosa del que no podía faltar su obra histórica en la casa de Carreño y en la militancia).
Su espíritu inquieto lo llevó a retomar también los antiguos oficios del campo, como el de soguero. Siendo un destacado artesano en cuero crudo que lo llevó a obtener el primer premio en Cosquín de los años ’90, representando al Municipio de Tandil. Esta labor fue su ocupación principal ya avanzada su edad, con artículos que hoy incluso recorren el mundo con su sello particular.
Valores honestos y principios rígidos lo llevaron a cumplir la mayoría de sus sueños, pero también las penas más grandes. Si bien nunca fue religioso, sí fue creyente y un destacado peregrino leal a la Difunta Correa a la que pudo cumplir su promesa de ir a su encuentro a los 80 años, en la cabalgata de San Juan hacia la localidad de Vallecito en honor a la difunta Deolinda Correa, a la que siempre refería como su “protectora”.
A los 82 años, el 22 de noviembre de 2019, su espíritu inquieto se detuvo. Dejó de estar entre nosotros. Descansa ahora en el recuerdo de quienes lo conocieron y en sus seres queridos.
