De la tabla rasa al apagón ilustrado
“Hemos encontrado al enemigo, y somos nosotros”
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Por Héctor Oscar Nigro
Ingeniero de Sistemas y politólogo
Este derrotero bibliográfico comenzó hace un tiempo con la lectura de dos ensayos: ¿La izquierda contra la Ilustración? (2020), de Stéphanie Roza —filósofa del CNRS, marxista—, y La izquierda no es woke (2023), de Susan Neiman —filósofa estadounidense, socialista—. Ello me llevó a recordar que Steven Pinker había publicado en 2018 En defensa de la Ilustración: por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. No obstante, quería releer particularmente algunos párrafos de otro de sus libros, La tabla rasa (2002).
Pero ¿qué detonó este hilo de asociaciones? Algunas notas periodísticas se multiplicaron en estos días, referencias a Curtis Yarvin o, más concretamente, a alguien que me era desconocido —aunque en realidad Curtis también lo era—, el filósofo británico Nick Land.
Hay un fenómeno que Land bautizó, con ingenio, «Ilustración oscura». No es una filosofía nueva ni una barbarie invasiva. Mi interpretación es más visual: una habitación que quedó a oscuras porque sus propios guardianes se fueron y apagaron la luz.
Inicialmente para este artículo el subtítulo que se me ocurrió era un guiño a Led Zeppelin, a su «escalera al cielo». Luego la asociación viró hacia un verso de Pedro y Pablo, el dúo folk argentino, en «Gente del futuro» (1973), que ha sido la llave que he usado para pensar el presente: «¿Y dónde estás tú, famoso gurú? Ahora que se fueron y apagaron la luz». Son las estrofas que interpelan a una sala que ha quedado a oscuras. Gente de mi edad comprenderá.
No hay “Ilustración oscura”. Hay una Ilustración a oscuras. Los llamados tecnócratas del aceleracionismo no encendieron una luz propia. Entraron a una catedral vacía. Una vez adentro, simplemente tomaron el dato duro, la biología, la psicología cognitiva, la palabra “mérito” y demás conceptos abandonados. No fundaron nada; se dedicaron a recolectar. Por eso, para entender cómo se llegó a esa oscuridad, el panfleto no sirve. Hace falta arqueología. Seguir el rastro y la mutación de apenas tres o cuatro palabras a lo largo de un siglo.
El recorrido que propongo es el siguiente. Primero, cómo la izquierda apagó la luz de la razón empírica por diversos motivos. Segundo, cómo esas herramientas abandonadas, el dato, la biología, el mérito, fueron recogidas por la “Ilustración oscura” y puestas al servicio de un proyecto muy distinto. Y tercero, una apuesta. Reencender la luz desde la ciencia cognitiva contemporánea, para reconstruir el viejo sueño ilustrado con herramientas nuevas.
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¿Dónde y cuándo se empezó a apagar la luz? A la hora de señalar a los autores del apagón, los ensayos de Roza y de Neiman comparten dos blancos favoritos: Martin Heidegger y Michel Foucault. Coinciden en esto con el físico y filósofo argentino Mario Bunge, aunque difieren en el enfoque y las motivaciones.
Confieso una simpatía por la vía de Bunge, que los ataca desde una perspectiva estrictamente epistemológica: les reprocha la falta de lógica, la ausencia de datos y ecuaciones. Una pseudo filosofía. Su queja pretende ser académica, y por eso me resulta afín. Si un filósofo no respeta la lógica formal, la semántica exacta y el realismo científico, para Bunge era sencillamente un «charlatán» que produce «basura». En una entrevista en El País (2008) llegó a decir que las frases de Heidegger «son las propias de un esquizofrénico». Un exceso quizás. Con Foucault no fue más indulgente: lo llamó «macaneador, falsario, ignorante que hizo mucho daño» (2014), y definió al posmodernismo como «la filosofía de los ignorantes, reaccionarios e inmorales». El punto de vista del físico queda claro.
Volvamos al núcleo de la tesis de Roza. Si se desarma la verdad objetiva y los derechos universales, se destruye la única base firme que permite denunciar cualquier injusticia real. Si no hay verdad, la política se degrada en una guerra tribal por el poder. La izquierda que abrazó ese escepticismo se volvió incapaz de fundamentar la promesa de emancipación. Peleando guerras de signos, palabras, símbolos, representaciones, mientras el terreno material, el de los cuerpos, los genes y las máquinas, quedaba libre para quien quisiera ocuparlo.
Por consiguiente; cuando se hace referencia en este contexto crítico a “la izquierda” no pienso en una entidad homogénea. Hablo de una deriva teórica muy específica: la euro-atlántica. Esa que heredó la French Theory y su desconfianza hacia la razón. Ecos que hoy rebotan en las academias de medio mundo.
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Cediendo hacia el lado del que viene el golpe de la Ilustración Oscura, como lo aconsejan algunas artes marciales, ahora un giro de ciento ochenta grados. Utilizando una descripción del citado Mario Bunge, "el tecnólogo es, en suma, filosóficamente oportunista, no principista"; acudo a mi carrera de grado como escudo. La sentencia anterior me servirá para soltarles la mano, sin demasiada culpa, y al mismo tiempo, al físico argentino y también a Susan Neiman. Hay que atreverse a mirar de frente la biología y la psicología evolutiva. Tres figuras marcan el camino, y las tres comparten el rasgo de romper un tabú dentro de su propio campo ideológico.
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Una acotación primero. Adrian Wooldridge, formado en Oxford, recuerda algo que hoy suena a herejía: medir la inteligencia nació siendo de izquierdas. Los socialistas fabianos de fines del siglo XIX (Bernard Shaw, H.G. Wells, el matrimonio Webb), a los que él llama Bell Curve Liberals, defendían la medición del Cociente Intelectual y los exámenes estandarizados como herramientas revolucionarias contra el nepotismo y el privilegio de sangre. El examen permitía que un chico brillante de familia pobre demostrara su capacidad y entrara a la universidad por mérito, sin importar el apellido. De ahí que Wooldridge, lejos de proponer que se eliminen esas pruebas, sostenga que la izquierda debería renovar la meritocracia, invertir masivamente en la educación temprana de los más vulnerables, para que el niño pobre de alto potencial tenga las mismas oportunidades de desarrollarlo.
Es el viejo aviso de Michael Young, que acuñó la palabra “meritocracia” en 1958 con una fórmula satírica (mérito = CI + esfuerzo) para advertir contra una casta convencida de merecerlo todo. Con esa fórmula se puede argumentar que premiar la lotería genética es injusto; pero Wooldridge replica que abandonar las pruebas objetivas en favor de cuotas identitarias o sorteos es aún peor para la sociedad.
En la Argentina, las proyecciones estadísticas tradicionales señalan que cerca del 14 % de los adolescentes que atravesaron pobreza crónica conservan el potencial cognitivo de situarse significativamente por encima de la media. Con una escuela pública deficiente, esa movilidad social se pierde por un entorno desfavorable. Lo dicen mejor los versos de «La ley de Newton», de Tabaré Cardozo, de la murga uruguaya Agarrate Catalina: «Nadie jamás despega nunca de este barrio, porque la ley, la ley de Newton los aplana…».
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El comunicador Quique Pesoa, a propósito de un debate reciente sobre el racismo en la Argentina, expresó a modo de desafío que se siente racista «desde la genética», que el ser humano rechaza por instinto lo que desconoce, y que si él no lo es fue «porque tuve que combatir el racismo dentro mío», un trabajo cultural que hizo posible su familia. Instinto y cultura, la naturaleza y su corrección: ahí está todo en una frase. Lo que sigue es presuntuosamente académico.
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El sociólogo Pierre van den Berghe llegó a la sociobiología desde el marxismo. Comprobó que la teoría de clases no conseguía explicar la ferocidad del odio étnico. Su obra mayor The Ethnic Phenomenon (1981), tuvo el coraje de afrontar un asunto que la izquierda había clausurado bajo el veto del “puro constructo”. Su respuesta apoya la etnicidad en la teoría de la aptitud inclusiva de William Hamilton. Sintetizando, así como el organismo se sacrifica por sus parientes cercanos porque comparten sus genes, el ser humano extiende ese altruismo hacia parientes cada vez más lejanos. La etnia es, en esa lectura, una familia extendida, un supergrupo de parentesco. No hay una frontera real entre familia, tribu y etnia; son apenas escalas de lo mismo. Van den Berghe le puso nombre a esto: nepotismo étnico. Con ese concepto, plantó un motor puramente darwiniano para explicar la historia ahí donde el marxismo tradicional solo veía una lucha de clases.
Su hipótesis no ha sido la palabra final en el tema. De hecho, la propia biología evolutiva siguió puliendo la idea hasta llegar a teorías como la selección cultural de grupo, que explican mejor cómo aguantan las lealtades a gran escala. Lo valioso es que ese avance nació de una audacia inicial: la teoría solo pudo crecer porque alguien se animó a abrir la caja de Pandora. La valentía de Pierre van den Berghe no fue clausurar el debate con un sello genético cerrado, sino plantarse y negarse a cancelar el tema. No buscaba la raíz biológica de la etnicidad para aplaudirla. La estudiaba porque sabía que a una enfermedad social hay que conocerle la anatomía antes de salir a recetar placebos discursivos. Es el modelo perfecto de este ensayo: una razón que no retrocede ante el tabú y que, justamente por eso, echa luz.
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Robert Trivers tuvo una juventud política agitada —fue uno de los pocos Panteras Negras blancos—. Biólogo y psicólogo evolutivo, propuso que el conflicto de intereses puede rastrearse hasta los genes: una pugna química entre lo materno y lo paterno, desde la concepción misma, por los recursos destinados al feto. No somos criaturas unitarias guiadas por un interés único; conviven en nosotros tendencias que pueden diferir entre sí. De ese conflicto interno nace el escenario del engaño: distintas manifestaciones del «yo» se engañan unas a otras, tal vez en distintas regiones del cerebro. Trivers lo lleva a una tesis provocativa en La insensatez de los necios: la información verdadera tiende a guardarse en lo inconsciente y la falsa en lo consciente, porque quien cree su propia mentira la vende mejor. Y remata con una idea que me interesa subrayar: cuanto más «social» es una disciplina, más retrasada se halla por obra del autoengaño.
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Llegué al filósofo francés René Girard hace unos años. Una referencia de Peter Thiel me llevó a leer “El Chivo expiatorio” y luego “La violencia y lo sagrado”. Sintetizando, el deseo mimético puede resumirse en que no queremos las cosas por lo que valen por sí mismas, sino porque vemos que otro las desea. La lectura del filósofo, también francés Jean-Pierre Dupuy se imponía. Perteneciente a lo que se ha denominado “segunda izquierda francesa”, autodefinida como autogestionaria y antitotalitaria, y discípulo del mencionado René Girard.
Su aporte cerrará el círculo. Dupuy agrega conceptualmente al fetichismo de la mercancía de Marx, que los objetos cobran una vida rara (por así decirlo), y terminan manejando relaciones humanas. El valor, sintetizo de manera arbitraria, sale del trabajo acumulado en la cosa (producto). Pero Dupuy lo amplía sin negar lo anterior; el valor no es sólo físico, es mimético. El capitalismo es una fábrica descomunal de deseos. Se puede tener la propiedad de la producción por parte de los trabajadores, pero no va a resolver la pelea por el estatus. Y de allí se deriva algo que debo admitir inquietante. Si hay una sociedad con las necesidades básicas cubiertas queda por pelear por los bienes de posición. La rivalidad humana busca otros caminos. La clave: si se ancla algún tipo de mérito como la única regla de juego, otorgándole además densidad moral, la rivalidad mimética surge como “envidia”. En términos pedestres, algo así como que el éxito del vecino no es una casualidad ajena sino un desafío a la propia autoestima. Tenemos “hambre de cartel cognitivo”.
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¿Apelar a la biología no nos mete directo en el determinismo de siempre? ¿No terminamos usando la naturaleza humana como la excusa perfecta para congelar las desigualdades y decir que son "adaptativas"? Es el miedo lógico que le permite a Susan Neiman tener cierto recelo a la sociobiología y la psicología evolutiva.
No creo que la respuesta esté en maquillar el concepto de mérito con parches morales. Prefiero buscar en la biología misma, pero leída desde la ciencia cognitiva actual. Ir un paso más allá y rascar en el diseño mismo de nuestra mente.
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Cuando comencé a trabajar en Ciencia de Datos más específicamente aplicada a Ciencias del Comportamiento, sospechaba que la mera descripción de una variable, la lectura de distribución de frecuencias, promedio, medidas de posición, o la fiabilidad compuesta de una escala, estaban precedidos por un preconcepto. Mi mente no era una tabla rasa que analizaba aquellos datos desde la nada. Los gráficos que estaba mirando los comparaba inconscientemente con algo. Ocurre lo mismo cuando se analizan las opiniones ciudadanas. La mirada sobre una gestión local se fundamenta en un tipo de información parcialmente definida. ¿Cuáles eran estos preconceptos? Era el desafío intelectual.
Esto me llevó a descubrir a Karl Friston y Andy Clark, y a cómo entendemos el cerebro hoy, por lo menos a través de la teoría que proponen. Según la neurociencia de la inferencia predictiva, el cerebro es un sistema que predice el mundo constantemente para achicar el margen de error entre lo que espera y lo que encuentra. Para cerrar esa brecha hay dos caminos, cambiar la predicción o cambiar el entorno para adaptarlo a la predicción. Friston a esta última operación la denomina inferencia activa. Bajo esta teoría el organismo no es ni una hoja en blanco que el contexto moldea a su gusto, ni es un robot programado por sus genes.
Creo ver aquí un aire de familia con la hipótesis del Fenotipo Extendido (1982) de Richard Dawkins. Un hilo causal entre el software genético, el cerebro predictivo y el fenotipo extendido (cultura/tecnología). La lógica nos lleva a considerar a nuestra herencia evolutiva no como un manual de conductas rígidas, sino por el contrario tenemos la capacidad de transformar el entorno material y social para estabilizar nuestras vidas. No existe tal cosa como una condena biológica que nos obligue a aceptar la injusticia.
En The Extended Mind (1998), Andy Clark y David Chalmers, postulan que la mente se extiende hacia afuera a través de la cultura. Ergo, las leyes, los derechos y las instituciones se vuelven herramientas concretas, pues reducen la incertidumbre a gran escala. Más aún, la razón y la ciencia son los métodos más potentes para auditar nuestros propios sesgos y corregirlos con datos reales en la era de las redes sociales y la cámara de eco. La educación pública, la salud universal y el estado de derecho, son las estructuras que domestican nuestros peores impulsos evolutivos, como el tribalismo o la xenofobia, también esa rivalidad mimética que Dupuy describió tan certeramente. El mismo cableado mental que nos lleva a imitar a otros y competir puede orientarse hacia la confianza y no hacia la envidia.
El proyecto institucional que rescata Roza se convierte en ingeniería cognitiva, el universalismo ilustrado no es más que el diseño de un refugio seguro donde cualquiera sea su raza o su credo, pueda predecir un entorno estable.
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Es probable que el primer error, contrariamente a lo que se puede suponer, no fue haber perdido la batalla cultural, que creo sinceramente, no ha ocurrido. Sino el miedo, muy evidente en los textos de Susan Neiman, que la biología justifique la injusticia, o en algunos pensadores provenientes de las Humanidades y Ciencias Sociales que la ciencia en general oculte un discurso opresor más. Pero al hacer esto, faltan herramientas capaces de disputarle el futuro a quienes hoy lo están diseñando en los laboratorios de Silicon Valley. La propuesta, mirar la naturaleza humana de frente, sin tabúes. Al fin de cuentas la evolución nos dejó un cerebro que predice el mundo y puede imaginar y construir instituciones que obliguen a ese mundo exterior a ser más justo. De nuevo, no hay tal cosa como la “Ilustración oscura”, sino una catedral que hemos dejado a oscuras.
En 1813 un militar estadounidense informaba su triunfo sobre la armada británica enviando un mensaje: “Hemos encontrado al enemigo, y son nuestros”. En el poster del Día de La Tierra, en el año 1971, el caricaturista Walt Kelly, presentaba en una ilustración a su personaje que observa un hermoso bosque, pero inundado de basura por culpa de los seres humanos. En un juego de palabras en inglés le hace decir una frase que tomo prestada para cerrar: “Hemos encontrado al enemigo, y somos nosotros”.
Más de 144 años escribiendo la historia de Tandil