Libertarios de ayer y de hoy: Milei y la crisis argentina
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Debo confesar que el uso reciente del concepto de “libertario” para designar a la propuesta ideológica del partido que lidera Javier Milei me resulta, en principio, una exageración retórica, pero sobre todo, una impostura política que entiende lo libertario desde una dimensión a mi juicio incluso contrapuesta a lo que en el origen esa noción significaba.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailQuizás sea esto porque tengo antepasados que formaron parte de esa experiencia asociativa en las canteras que se llamó “Los independientes de la Aurora”, en los tempranos años ’20, y que bajo la descripción poética de “cordón de los libertarios” tan sutilmente fuera rescatada por Hugo Nario en su libro Los picapedreros. También, porque no puedo dejar de asociar “libertario” con un tópico propio del anarquismo, una filosofía política nacida a mediados del siglo XIX, y de gran predicamento en el mundo obrero argentino hasta bien entrada la década de 1930.
Es verdad que de alguna manera el anarquismo podría ser pensado como un hijo del pensamiento liberal, pues ambos compartían dos componentes fundamentales: la exaltación del individuo como elemento primordial y dinámico del organismo social, y la crítica a la estado-idolatría, esto es, a la creencia de que el estado podía convertirse en el gran animador de la economía y la dinámica del mundo moderno, a riesgo de limitar y hasta anular las libertades individuales. No resultará extraño advertir que hayan sido mayoritariamente los intelectuales liberales y los anarquistas quienes elaboraron las críticas más radicales de las experiencias totalitarias del nazi-fascismo y del comunismo soviético, de la deriva autoritaria que iba a tomar el Frente Popular español en tiempos de la Guerra Civil, y del escenario económico de la segunda posguerra, en la que los estados resurgieron fortalecidos y omnipresentes, aún en el Occidente liberal.
Entiendo también que las ideas viajan en el lenguaje, y que con el tiempo las palabras se desprenden de sus contenidos iniciales para contener otros sentidos que a veces semejan los antiguos, y otras veces se alejan de ellos fuertemente.
Lo cierto es que lo libertario en la clave del anarquismo estaba asociado a una utopía social que pensaba un tipo de organización futura de las interacciones humanas en la que organismos institucionales mínimos y celulares iban a posibilitar el desarrollo de las libertades individuales en un sentido amplio. Sin necesidad de un macro estado y menos de un Dios Estado. No se trataba solo de libertades económicas sino de la potenciación in extremis de las capacidades humanas. No cabe aquí decir cuánto tuvieron estas imaginaciones políticas de romanticismo, de idealismo y de fantasía. Pero no pocos creyeron en ellas como posibilidad de emancipación humana, y hasta animaron sus acciones y su sentido existencial en el plano individual. Claro que libertarios hubieron muchos y de perfiles diversos, desde quienes creían en la violencia como instrumento político hasta quienes bregaban por la organización comunitaria desde una dimensión clasista. La historia está plagada también de acciones justificatorias que se alejan de los ideales que parecían promoverlas, y también de consecuencias no intencionadas de actos intencionados.
Parece difícil creer que lo libertario del diputado Milei pueda estar asociado a algún tipo de utopismo moderno o posmoderno, que no sea -claro está- la recurrencia constante a ciertas fórmulas de la teoría económica neoclásica, que a priori parecieran resolverlo todo. Su crítica al rol del estado en la economía no se aleja de los manuales aunque cobra otra dimensión por su simplificación argumental, porque aunque el problema económico es el que domina este momento de inflación galopante, la crisis es tan estructural que harán falta políticas claras en planos tan diversos y complejos, sobre lo cuales el diputado nada ha dicho, ni dirá, más allá de la propuesta de cierre del Ministerio de Educación o de dinamitar el Banco Central. Sin embargo, el crecimiento de su imagen en la opinión pública reside, sobre todo, en el recurso a un estilo de gran eficacia comunicativa: la exaltación emocional en modo freak y la vituperación de lo que él llama “la casta”, le sirven para establecer un diálogo empático con un estado de crispación y frustración colectiva que necesita canalizarse de algún modo. Más allá de que se pensara que el gobierno de Macri carecía de relato, Cambiemos en su momento nos actualizó en su discurso aquel viejo paradigma de las clases inmigrantes que exaltaba la idea de progreso individual a partir del mérito, la educación y el trabajo, en el marco de la proyección de una Argentina potente (la futura grandeza del país, noción mitrista muy cara a Duhalde cuando dijera que estamos “condenados al éxito”).
El universo de Milei es muy otro: dinamitar discursivamente primero, y liberalizar hipotéticamente más tarde. Todo ello desde una posición antisistema que pretende abolir todo desde un acto de eufórica voluntad. Una forma radicalizada y original de liberalismo económico que en sus caracteres y en su aceptación pública nunca se había presentado de esta manera, y que parece bastante ajena a las tradiciones políticas de la Argentina democrática, aunque habría que decir que bajo el menemismo, muchas de sus ideas estuvieron presentes pero con el halo de la racionalidad imperturbable del ministro Domingo Cavallo, convertida entonces y de la mano del peronismo, en la ideología hegemónica.
Sea cual fuere el color del gobierno que se constituya luego de las elecciones presidenciales de 2023, éste tendrá que lidiar con lo que Saint-Just en tiempos de la Revolución Francesa llamaba “la force des choses”. Esto es, una serie de condicionamientos, de fuerzas enraizadas en las mentalidades, los comportamientos políticos y la vida económica, que requerirán de un diseño global de intervención en la cosa pública, pero sobre todo de algún tipo de acuerdo político sobre lo primordial y lo accesorio, sobre las reglas de juego y la calidad institucional, y allí lo económico tendrá sin duda un peso sustantivo, y la discusión sobre la gravitación del estado y su función estará en el centro del debate y de las políticas. Pero a sabiendas también de que ese estado, aunque se achique, mejore en eficiencia y en gasto, no podrá dejar de atender a una sociedad en la que más de la mitad de sus integrantes son pobres.
Nada de esta complejidad parece estar en el pensamiento de los libertarios de ahora, aunque está claro que en Milei y su minúsculo entorno estos problemas están hoy en un orden muy posterior en las prioridades, pues un partido unipersonal, sin estructura y expresión territorial federal, lejos estará de convertirse en una opción de gobierno más allá de un éxito electoral momentáneo, si no se consolida como una fuerza política, en este caso “pura” y doctrinal, que pueda terciar entre las alianzas mayoritarias.
Manifestación de un descontento que como tal necesita de fórmulas simples para la canalización del malestar, el caso Milei -claramente funcional a los deseos de perpetuidad del kirchnerismo y una muestra de la esterilidad política del internismo de Juntos por el Cambio- evidencia que un discurso antisistema de derecha y liberal, puede ser posible en esta Argentina que nunca deja de asombrarnos aún en el padecimiento.
* El autor es Profesor Titular Ordinario (Investigador Independiente del CONICET)
Instituto de Estudios Histórico-Sociales- IGEHCS/CONICET
Fac. de Ciencias Humanas - UNCPBA