La Historia por Otros Medios
El tiempo de lo "Eterno" dura hasta que llegan las malas noticias del día
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Giuliano Da Empoli describió en Los ingenieros del caos a quienes construyen el desorden como instrumento deliberado de poder, estrategas que comprendieron antes que nadie que la disrupción no era un obstáculo al poder sino su combustible más eficaz. Lo que el autor dejó sin examinar, sin embargo, es el caso de quienes, queriendo genuinamente transformar la sociedad, terminan produciendo el mismo efecto sin haberlo diseñado, por fidelidad a un modelo mental construido para otras realidades y otros tiempos. Este artículo se propone examinar ese caso.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHace tres décadas algunos creyeron que la historia había concluido, que el conflicto ideológico se había resuelto y que lo que restaba era administrar el orden establecido. La historia no concluyó. Tomó otros medios.
El caos no es democrático. Esta afirmación es una descripción empírica de lo que ocurre en toda sociedad cuando las instituciones que administran el conflicto de intereses dejan de funcionar. La inflación no empobrece a todos por igual. El que tiene ahorros en dólares, acceso a información privilegiada o capacidad de indexar sus ingresos en tiempo real atraviesa la tormenta con pérdidas menores, a veces con ganancias. El que tiene un salario fijo, un depósito en pesos o una pequeña empresa sin respaldo bancario absorbe todo el costo. Lo mismo ocurre en un default, en una convulsión institucional, en cualquier forma de desorden sistémico. La crisis redistribuye de manera regresiva, transfiriendo riqueza desde los sectores más vulnerables hacia los mejor equipados para convertir la incertidumbre en oportunidad.
Esta transferencia no requiere conspiración. Requiere solamente la asimetría estructural que existe entre quienes disponen de herramientas —abogados, contadores, contactos políticos, reservas en divisas— para navegar el desorden, y quienes no disponen de ninguna. Muchos investigadores han documentado que cuando las élites compiten por recursos escasos en un sistema institucional debilitado, la inestabilidad resultante concentra el poder en quienes sobreviven la crisis con mayor capacidad de acción. En Argentina, cada crisis de las últimas décadas —la hiperinflación de 1989, el colapso de 2001, los ciclos de default y devaluación— produjo una transferencia de riqueza hacia los sectores con mayor cantidad y calidad de herramientas para superarlas. Sostener que esto es accidental requeriría ignorar una regularidad que merece el estatus de ley empírica.
El Modelo Mental de la Ruptura
Carl von Clausewitz sostuvo ya en 1832 una de las observaciones más citadas del pensamiento político moderno: la guerra es la continuación de la política por otros medios. Cuando los mecanismos institucionales del conflicto se agotan, la violencia toma el relevo.
Lo que la historia argentina sugiere, sin embargo, es que la política se ha convertido en la continuación de la épica revolucionaria por otros medios. No la guerra que reemplaza a la política cuando esta falla, sino la política que se concibe a sí misma como la antesala de una ruptura fundacional que lo reordenará todo. Una política que no administra el presente, sino que aguarda el momento en que la historia, finalmente, comience de verdad.
Ese modelo mental funciona como un anestésico. Hace soportable la inflación, la inseguridad, la degradación institucional, porque los convierte en síntomas del viejo orden que la ruptura inminente habrá de barrer. Y al hacerlo, quita urgencia a algo que la reforma institucional paciente requiere en abundancia, la disposición a invertir esfuerzo en mejorar lo existente antes que a esperar lo inexistente. El militante que aguarda su momento fundacional no reforma las instituciones del presente porque las considera provisorias, andamios de un orden que la historia —que se ha puesto de su lado— terminará por demoler.
La espera del 'gran momento' tiene consecuencias distributivas precisas. Sus ganadores y perdedores estructurales son, invariablemente, los mismos.
La toma de la Bastilla ocurrió. El asalto al Palacio de Invierno ocurrió. El 17 de octubre de 1945 ocurrió. Estos fueron momentos reales que produjeron transformaciones reales, y sería un error histórico y político negarles su significado. El problema no está en los hechos sino en su conversión en modelo mental, en la idea, sedimentada por décadas de pedagogía política y celebración ritual, de que el cambio profundo y legítimo solo puede venir de una ruptura de esa magnitud, de que la chispa que lo enciende todo está siempre a punto de producirse, de que el presente deficiente es tolerable precisamente porque es la antesala del futuro glorioso.
Conviene subrayar lo que este argumento no dice. No cuestiona el derecho a la protesta ni su necesidad en una democracia. La movilización que presiona sobre una política concreta, que negocia, que modifica, que obliga al poder a responder, es un mecanismo democrático irreemplazable. Lo que aquí se examina es algo distinto, es la expectativa de que la movilización sea el sacramento que anuncia el momento fundacional, antes que el instrumento que modifica el momento presente. La primera acepta las instituciones como el terreno del conflicto y exige que funcionen mejor. La segunda las considera el obstáculo que el momento redentor habrá de resolver de una vez.
Los que Administran la Espera
El modelo mental de la ruptura tiene administradores precisamente porque funciona mejor cuando parece espontáneo. Quienes gestionan la espera mesiánica —quienes producen y mantienen el estado de urgencia permanente— son actores que han encontrado en el desorden su fuente de legitimidad, y que por tanto tienen un interés estructural en que el desorden no se resuelva del todo. No actúan necesariamente con mala fe. Actúan con la convicción de que el caos que los sostiene es, en realidad, el caos que combaten. El perseguidor siempre tiene una narrativa en la que él es la víctima.
La experiencia directa con los aparatos ejecutivos revela un patrón que la teoría prefiere ignorar. El problema aparece con tiempo suficiente, se producen reuniones, y el problema espera. No porque nadie lo haya visto, sino porque el momento de la crisis es el único en que ciertos funcionarios se sienten verdaderamente necesarios. Junto a ellos opera el que gestiona con parches y el que encuentra en las intrigas internas su único estímulo real. Todos producen el mismo resultado; la crisis que podría haberse evitado y los mismos beneficiarios de siempre.
La exigencia del milagro político no nació con el siglo XX ni con el populismo, es la más ecuménica de las tradiciones. En la Francia y la Inglaterra medievales, los reyes taumaturgos tocaban a los enfermos de escrófula —una infección que deformaba el cuello y resistía toda medicina ordinaria— y se decía que la enfermedad cedía ante el solo contacto real. La ceremonia convocaba multitudes. Nadie preguntaba por el sistema de salud. Lo que esa liturgia producía no era, en rigor, una cura, era la suspensión colectiva de la pregunta sobre las causas. El rey no resolvía la enfermedad; resolvía la angustia de no saber qué hacer con ella. Ocho siglos después, la distancia entre esa ceremonia y el acto de inauguración de obra pública con nombres propios en los carteles es considerablemente menor de lo que la cronología sugiere.
Hay sin embargo un cuarto tipo que Da Empoli no describió porque no encaja en la categoría del ingeniero. El que genuinamente quiere transformar la sociedad y empuja con sincera convicción hacia el gran momento redentor. No administra la espera ni lucra con ella, la habita con la intensidad del creyente. Su tragedia —y merece el nombre clásico— es la de Edipo; dedica toda su energía a un proyecto que, sin saberlo, reproduce el mecanismo que más quería destruir. Al mantener viva la expectativa de la ruptura fundacional, al alimentar la ansiedad del gran momento, contribuye a sostener el estado de incertidumbre que el caos necesita para operar. No es cómplice sino víctima sofisticada del mismo sistema, ha internalizado tan profundamente el modelo mental de la ruptura que produce sus efectos sin necesitar a ningún ingeniero que lo guíe. No eligió ese modelo mental, lo heredó de una cadena de imitaciones que nadie, en ningún eslabón, examinó. Los ingenieros del caos no necesitan convencerlo de nada. A ellos les basta con que siga empuñando, con toda su convicción, el arma que ellos le pusieron en la mano. Para las víctimas del desorden, la distinción entre el que lo diseña y el que lo sostiene con buena fe es irrelevante.
La Estabilidad como Acto Distributivo
La estabilidad no es un bien estético ni una preferencia tecnocrática. Es un bien distributivo, beneficia a quienes menos recursos tienen para sobrevivir sin ella.
El ciudadano, en realidad, evalúa con más precisión de lo que el sistema político supone. En las elecciones locales vota con los pies, lo que ve y pisa todos los días es lo que determina su voto. En las nacionales vota con el bolsillo, la inflación que licua su salario no requiere intermediación periodística para ser comprendida. Ningún relato sostiene indefinidamente lo que la experiencia cotidiana desmiente.
Un Estado que optimiza el entorno cotidiano —que hace previsible el transporte, segura la calle, honesta la estadística— no administra súbditos, libera la capacidad de cada ciudadano para ser dueño de su propio proyecto de vida. Una política monetaria predecible es la diferencia entre el trabajador que puede ahorrar y el que no puede. Una justicia que funciona en tiempo razonable es el único mecanismo por el cual alguien sin contactos puede resolver un conflicto sin que lo resuelva la fuerza. En último término, lo que estas condiciones le devuelven al ciudadano es el tiempo y la energía que hoy gasta en sobrevivir el desorden, y que podría dedicar a su trabajo, a su familia, a su vida. Las instituciones no son neutrales por naturaleza, son el resultado de correlaciones de fuerzas que pueden y deben ser disputadas. Pero esa disputa requiere que las instituciones existan antes que ser demolidas.
El Precio de Esperar
Quien escribe estas líneas perteneció a esa cultura política, la de quienes esperaban el gran momento con la certeza de estar del lado correcto de la historia, y no la reniega. La reconoce como parte de una formación intelectual y política que tomó en serio la injusticia y buscó transformarla. Es precisamente esa familiaridad la que autoriza la exigencia. Los sistemas democráticos nunca fueron el problema, sino el terreno insuficientemente aprovechado. Y el militante de cualquier edad que lea esto no encontrará aquí una traición sino una invitación a rendir cuentas ante la realidad que dice querer cambiar.
El modelo mental que convierte cada crisis en antesala de la redención tiene un costo que raramente se contabiliza; el costo de lo que no ocurrió, de la reforma que no se hizo, de la institución que no se construyó porque se la consideraba provisoria, de los años durante los cuales los más vulnerables absorbieron el precio del desorden mientras los mejor equipados esperaban —o producían— la próxima tormenta. Clausewitz tenía razón; cuando la política falla, la violencia toma el relevo. Lo que no escribió, porque quizás no lo imaginó, es que la política también puede fallar por exceso de épica, por la convicción de que la historia está siempre a punto de comenzar y que administrar el presente es una tarea indigna de quienes han sido convocados por el futuro.
Todo proyecto político que se proclama transformador debería poder responder dos preguntas simples: ¿Qué aspecto tiene el mundo que promete? ¿Cómo luce en la vida cotidiana de una familia cualquiera? La respuesta no tiene épica; un niño que puede ir a jugar a la calle solo, un padre que llega a casa a una hora razonable luego de trabajar, una madre que ahorra sin miedo a que la moneda se disuelva antes del fin de mes. No es una visión pequeña. Es precisamente la visión que los grandes relatos fundacionales han postergado, una y otra vez, en nombre del futuro glorioso que siempre está a punto de llegar.
El sistema que vive del desorden llama tibieza a cualquier propuesta que amenace su oxígeno. Que carece de mística. Que no convoca multitudes ni enciende barricadas. Construir instituciones que funcionen con independencia del rey de turno, en un sistema político que ha edificado su poder sobre la dependencia personal y el milagro prometido, no es una concesión al statu quo: es su más radical impugnación. El rey taumaturgo no teme a la revolución; sabe que puede sobrevivirla y reaparecer con otro nombre. Lo que no puede tolerar es el hospital: la institución anónima, silenciosa y predecible que hace su milagro innecesario. Esa es la audacia que el ciclo heroico no tiene herramientas para reconocer, porque no produce el tipo de épica que necesita para sobrevivir.
Bertrand Russell tenía razón, los estúpidos confían, los inteligentes dudan. Pero el sueldo que no alcanza para fin de mes no duda de nada. Y la espera de lo eterno, frente a esa mala noticia de la mañana, simplemente se desmorona.
Dr. Héctor Oscar Nigro, Ingeniero de Sistemas, Doctor en Matemática y politólogo, docente de la Unicen.
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