Paseo del Banco: el desafío de rediseñar el centro para el Tandil 2050
La apertura del Paseo del Banco desafía la inercia del centro tradicional y obliga a repensar la identidad urbana local. Ante el horizonte de Tandil 2050, el sector privado y público deben unirse para evitar la fragmentación y planificar el crecimiento.
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Tandil goza hoy de lo que me gusta llamar un “presente complaciente” (podés ver mi charla en el marco de Flama acá )
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailLa marca Tandil vende, atrae inversiones, tracciona turismo y tienta al nomadismo digital. Sin embargo, este éxito actual encierra una trampa mortal: la comodidad de creer que el crecimiento inercial es sinónimo de desarrollo. Y lejos está de serlo.
El desafío de nuestra generación: mantener el potencial sin caer en la inercia
Crecer sin planificar es, lisa y llanamente, improvisar el caos.
El verdadero desafío de nuestra generación no es celebrar los logros heredados, sino mantener el potencial de una ciudad intermedia que tambalea bajo el peso de su propio dinamismo demográfico. Y el epicentro de ese tambaleo, nos guste o no, se encuentra hoy en las pocas manzanas que configuran nuestro casco o único centro histórico.
Es precisamente ahí, en pleno corazón urbano, donde emerge el shopping del Paseo del Banco.
Este desarrollo no debe ser leído como un simple nodo comercial o un hito arquitectónico aislado. El Paseo del Banco es un catalizador, un llamado de atención que nos obliga a hacernos la pregunta incómoda pero inevitable: ¿Y si el shopping reconfigura por completo el mapa dinámico y genera un nuevo centro en Tandil? Si la respuesta es afirmativa, la inacción actual no es una opción.
El diagnóstico de una crisis de identidad
Hay que animarse a romper la hipocresía del debate cotidiano y decir las cosas por su nombre: el problema profundo de nuestro centro tradicional no es una simple cuestión estética de si "está feo" o lindo. El problema real es que no tiene identidad.
Se ha convertido en un corredor predecible, hostil para el peatón, saturado de cartelería obsoleta, veredas rotas y una oferta que languidece ante la falta de una propuesta integral.
Falta una experiencia identitaria porque, fundamentalmente, no hay un liderazgo claro que unifique criterios. Cuando el sector público se limita a regular la coyuntura y el sector privado opera de manera fragmentada (o como me gusta decir a mí, “cada uno con agua para su molino”), el espacio común se degrada.
Aquí radica el error de concepto habitual: definir la identidad visual y funcional del centro no es una responsabilidad originaria del sector público. El Estado no debe diseñar la estética del comercio. El verdadero accionar tiene que nacer del sector privado, que es el que debe organizarse, asociarse y demandar un estándar colectivo fuerte. Una vez que el privado tracciona y establece hacia dónde ir, el rol del sector público es reglamentar, oficializar y darle un marco normativo duradero a esa visión.
La fisonomía del centro tandilense ha quedado atrapada en una farsa de romanticismo chato que confunde la preservación histórica con el abandono estético. Y el Paseo del Banco expone esta vulnerabilidad.
Al ofrecer una experiencia de estándar internacional —climatizada, segura, integrada y previsible—, el shopping corre el velo de lo que el centro tradicional ya no ofrece.
La atracción natural del público hacia este nuevo polo no será mérito (únicamente) del desarrollador. Será la consecuencia directa de haber dejado que el corazón de la ciudad perdiera su brillo por falta de visión estratégica y de un liderazgo privado que exija las reglas del juego.
¿Es el fin del comercio tradicional?
Frente a este nuevo escenario, el termómetro del escepticismo local ya empieza a eyectar las preguntas de siempre: ¿Qué va a pasar con los locales actuales? ¿Qué va a pasar con los propietarios de esos locales?
El comercio del centro no va a morir por la aparición de un shopping. En todo caso, morirá por su propia incapacidad de mutar hacia la economía de la experiencia y por un vicio crónico que arrastramos hace años: la falta absoluta de una identidad colectiva.
Al no existir un relato unificado ni un liderazgo claro que lo coordine, quedamos atrapados en una suerte de anarquía comercial. Sin un norte común, cada comerciante se ve obligado a trazar su estrategia de forma estrictamente individual, transformando el centro en un archipiélago de voluntades aisladas donde cada uno se salva como puede o se hunde en soledad. Y esta atomización es letal. Competimos cuadra contra cuadra, local contra local, destruyendo cualquier posibilidad de sinergia y entregándole el terreno servido a un formato que sí entiende el valor de la uniformidad y el propósito compartido.
Los propietarios de los locales tradicionales del centro se encuentran ante una disyuntiva histórica. Ya no pueden comportarse como meros rentistas pasivos que renuevan contratos sobre veredas rotas mientras miran de reojo cómo sus inquilinos dan manotazos de ahogado para llegar a fin de mes. El Paseo del Banco va a elevar la vara. Si los comercios circundantes pretenden sobrevivir, la zona residencial y comercial tradicional tendrá que romper esa inercia del "cada cual manda en su boliche" y reconvertirse en un centro comercial a cielo abierto real.
Esto exige pasar de las estrategias individuales a una estrategia compartida: con gestión unificada, homogeneidad estética, asociatividad y propuestas que complementen y no que compitan torpemente con la oferta del shopping. El Paseo del Banco no viene a vaciar el centro: viene a obligarlo a dejar de pensar como un conjunto de comercios dispersos para empezar a actuar, de una vez por todas, como un verdadero ecosistema urbano.
El rol del Plan de Ordenamiento Territorial
Aquí es donde la discusión comercial se transforma inevitablemente en una discusión política y urbanística. ¿Qué va a pasar con el Plan de Ordenamiento Territorial (PDT)?
El mayor error estratégico que podríamos cometer como comunidad en las próximas décadas sería bajar la densidad del centro bajo la excusa “bien pensante” de descongestionar el tránsito o mitigar el impacto visual.
La sustentabilidad urbana de la ciudad del futuro —esa utopía realizable de los 15 minutos— exige ciudades compactas, no satélites dispersos que encarecen los servicios públicos y destruyen el entorno natural de nuestras sierras.
El centro de Tandil debe densificarse. Hay que invertir agresivamente en infraestructura de base —cloacas, agua, conectividad digital, soterrado de cables— y permitir que la ciudad crezca hacia adentro y hacia arriba.
Toda gran ciudad con ambición de trascendencia tiene un rascacielos. ¿Por qué Tandil no? ¿Por qué seguir pensando en chiquito o aceptando las limitaciones impuestas por sectores que, camuflados detrás de un falso conservacionismo, solo quieren frenar el crecimiento y mantener sus privilegios de statu quo?
Negar la altura y la densificación en el área central no es proteger a Tandil. Es condenarla a un derrame periférico caótico e insostenible (y ejemplos, tengo de sobra).
Descentralización y complementariedad
Diseñar el Tandil 2050 implica entender que centralidad y descentralización no son conceptos enemigos, sino las dos caras de una misma moneda inteligente.
La clave es descentralizar la oferta de experiencias. El Paseo del Banco debe operar como el nuevo gran hito del centro, pero su aparición tiene que ser el disparador para establecer un nuevo estándar de exigencia urbana que luego se derrame hacia el resto del ejido municipal.
Los tandilenses y los turistas no deberían verse obligados a confluir eternamente en las mismas cuatro calles para acceder de forma exclusiva al consumo, la cultura o el esparcimiento.
Si el shopping consolida y moderniza el casco céntrico bajo una densificación seria, ese mismo salto de calidad debe servir como incentivo para los barrios que hoy se expanden notablemente. Zonas en pleno crecimiento no pueden quedar relegadas a ser meras extensiones residenciales o “barrios dormitorio”. El desafío estratégico es dotarlas de infraestructura y conectividad para que desarrollen de manera planificada sus propias centralidades temáticas, comerciales y de servicios, garantizando una ciudad equilibrada e integrada.
De la queja al diseño estratégico
El Paseo del Banco ya es una realidad que redefine la fisonomía del centro de Tandil.
Podemos optar por el camino conocido: la queja nostálgica en la mesa de café, el diagnóstico infinito de los problemas del tránsito y la resistencia burocrática a los cambios estructurales. O podemos asumir la responsabilidad histórica que le toca a nuestra generación: pasar del diagnóstico al diseño estratégico.
Este nuevo shopping nos pone frente al espejo de nuestras propias limitaciones mentales. Es el momento de forjar esa Integración Activa entre el sector público, el sector privado y el tercer sector para traccionar las inversiones en infraestructura que la ciudad reclama a gritos.
Dejemos de pensar en chiquito. El Tandil del 2050 se está modelando hoy y el Paseo del Banco no es el final de ninguna era: es la piedra fundacional de la metrópolis intermedia que nos debemos el coraje de construir.