Olivero, el aviador tandilense que arriesgó su libertad para despedir a Gardel
Eduardo Olivero estaba oculto en Buenos Aires y era buscado por el gobierno de Agustín P. Justo. Pero el 24 de junio de 1935, ante la muerte del cantor, dejó atrás el refugio donde permanecía junto a su familia y se sumó a la multitud que acompañó sus restos.
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De pronto nuestra ciudad toda —el país entero— quedó en silencio. Había muerto Carlos Gardel. Nadie salía de su asombro. El ídolo popular no podía morir. La gente solo atinaba a mirarse ante el estallido de la pena, del dolor que pronto reemplazaba al estupor, aquel 24 de junio de 1935.
Estaban latentes en el recuerdo, aquí en Tandil, sus lucidas actuaciones a lo largo de varios años, sobre todo la del 20 de febrero de 1930 en el "Cine Teatro Cervantes", apodado entonces "la sala mayor del mundo", porque nunca se llenaba y él la había llenado.
Días más tarde, cuando fueron repatriados desde Medellín, Colombia, los restos del cantor, el célebre aviador tandilense Eduardo Olivero, residente en Buenos Aires en un momento muy especial de su vida, puso en juego su libertad mezclándose con la multitud que acompañaba el cuerpo del "zorzal criollo" desde el "Luna Park", por la avenida Corrientes, hasta el cementerio de la Chacarita.

