El impacto de la crisis en la salud mental
Sin ser un motivo exclusivo de consulta, la crisis económica opera en el ánimo individual como un factor que se ve potenciado por el humor social. La clave para no caer en un trastorno radica en regular las emociones y evitar cultivar preocupaciones cuya capacidad de respuesta nos excede. El análisis del licenciado Santiago Pistone.
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Mal humor, angustia, insomnio, irritabilidad. Discusiones familiares, peleas conyugales y desánimo laboral son algunos de los síntomas que el ciudadano de a pie experimenta en momentos donde los vaivenes financieros se presentan como una problemática acuciante para el diario vivir.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn algunos casos, la incertidumbre sobre el rumbo de la macroeconomía opera como una preocupación constante y sonante que diluye las posibilidades de proyectar a futuro, para centrarse en soluciones a corto plazo.
El dinero no alcanza, las obligaciones se acumulan, las demandas se multiplican y en medio de la vorágine que imprime la vida actual, las personas se encuentran inmersas en un estado de nerviosismo que deja a las emociones “con los números en rojo”.
Asisten a reuniones sociales donde el tema de las tarifas, el dólar, el precio de los insumos o el valor que escala en la cuota de la prepaga protagonizan el eje de los debates y la sumatoria de argumentos van densificando la atmósfera de un ámbito donde debe reinar la distensión y cordialidad.
En líneas generales, las crisis y problemas económicos figuran como una de las causas más frecuentes que pueden precipitar el estrés en un individuo. Por ello, la frase “crisis económica” a nivel emocional está íntimamente ligada con la palabra “estresor”.
A pesar de que habitualmente asociamos al estrés con algo negativo, esta especie de agobio es sólo una respuesta adaptativa, normal y necesaria, que el organismo pone en marcha ante situaciones que requieren un esfuerzo extra de las personas. El hecho de que esta manifestación pueda convertirse en algo dañino dependerá de la duración en el tiempo y de la forma en que cada uno afronte la tensión.
Pero ¿cómo hacer para que las preocupaciones por la economía real no calen a punto tal de interferir en las emociones? Al parecer, la clave radica en los mecanismos que se activan individualmente a través de la personalidad al momento de que un inconveniente que amenaza la estabilidad.
Para dar respuesta a este y otros cuestionamientos, El Eco de Tandil acudió a la experiencia del Licenciado en Psicología Santiago Pistone.
-¿Cómo incide o cuál es el impacto anímico que tiene la crisis económica en las personas?
-Si bien no hay estadísticas en esta materia, puntualmente la gente no utiliza como motivo de consulta la disparada del dólar o el hecho de estar en desacuerdo con el rumbo político económico de un gobierno. Más allá de estos ejemplos concretos, lo que sucede es que muchas veces, los períodos de crisis financiera actúan como estresores que pueden desencadenar en algún tipo de trastorno. Los más comunes son la ansiedad y la depresión.
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-¿Y cómo comienzan a manifestarse estos estresores?
-Básicamente, potencian toda vulnerabilidad psicológica que tenga una persona. Hay que saber distinguir entre los problemas que son reales y bien concretos y los que la mente construye alrededor de determinado contratiempo. Hoy todos nos fuimos achicando en nuestros gastos porque el contexto nos obliga y esa es una respuesta lógica ante el hecho evidente de que la plata no alcanza. Pero a veces, la mente empieza a ver amenazas y va creando otros escenarios más complejos. Cuanto más amenazas se perciben, más escenarios se crean. Este sería el caso, por ejemplo, de una persona inmersa en su ámbito de trabajo que charla con sus compañeros y coincide en una visión negativa sobre la realidad laboral y empieza a sentir malestar o preocupación por la posibilidad de perder su fuente de ingresos. Por eso es necesario aprender a discriminar cuánto de la preocupación es real y cuánto se le está agregando, porque si uno no controla esta variable, comienza a trasladar sus emociones hacia otras relaciones humanas.
-¿Estas sensaciones se dan por igual en todos los grupos etarios?
-No, hay que distinguir que los intereses son bien disímiles en relación a la edad. Los adolescentes son una generación compleja, apática, que basa sus necesidades en el principio de placer. No miran TV, no les interesa el dólar, no están informados, no saben quiénes son los posibles candidatos que se van a postular para las elecciones. Este es un sector que además, no tiene incidencia financiera.
Lo mismo pasa con la población de adultos mayores, que además hace años que están acostumbrados a atravesar las crisis por las que paso el país y se han habituado. Habituarse, es un fenómeno psicológico en sí mismo. Muchas veces esto se puede manifestar como aceptación o disposición (tener una sensación de espectro alto que ayuda a pensar que en algún momento se va a salir del problema) porque hay variables que no dependen de uno. La otra sensación es la resignación que parte de la base de un pensamiento rodeado de negatividad. Queda entonces, la población económicamente activa que es la más permeable a experimentar este vaivén de emociones ligado a las cuestiones económicas.
-¿Cuáles son los factores que coadyuvan para que estas preocupaciones puedan derivar en un trastorno?
-Para tener o llegar a un trastorno hay una serie de factores que inciden y que se relacionan con la predisposición genética, ambiental y con el historial de aprendizaje. Cuando uno arrastra un malestar crónico, la angustia crece y aquí ya entra a jugar de lleno la personalidad. Cada uno tiene sus propios mecanismos de afrontamiento ante los problemas que el mundo nos presenta. Si contamos con pocas herramientas para salir del paso, seguramente tendremos algún tipo de trastorno emocional del que se denomina del ‘eje 1’ que son los que acercan mayormente a las personas a una consulta. Podemos incluir a los ataques de pánico, la depresión o las crisis de ansiedad generalizadas que se despiertan por las preocupaciones que operan como un mecanismo mental, ya que nuestra psiquis busca solucionar de alguna manera ese tema que nos inquieta. El dilema radica en que ‘preocuparse’ no soluciona los problemas sino que nos genera la creencia de que estamos en búsqueda de esa solución. Si a esto le sumamos que, cuando llega la noche, los estímulos son menores y uno queda en soledad con sus pensamientos, la mente sigue insistiendo en retener esa dificultad. Aquí entonces, empiezan a operar los trastornos del sueño que muchas veces son una consecuencia de las crisis económicas.
-¿Qué otras emociones pueden exacerbarse?
-Distintas y muy variadas. Siempre en cada caso hay que tener en cuenta la personalidad. Depende de lo que cada individuo tenga en su escala de valores y considere como importante. Hay personas que se ponen metas y al no poder llegar a ellas, pueden experimentar un sentimiento de frustración. Pero, si nos sentimos angustiados por no poder llegar a fin de mes o porque no logramos determinado objetivo y nos rodeamos de estímulos negativos que recibimos del mundo exterior, vamos a terminar por potenciar una preocupación latente.
Hay que tener en cuenta que mucha gente está mal y ventila sus emociones. El hecho de ponerlas en palabras, no ayuda a regularlas. Si hablamos todo el tiempo de los temas que nos preocupan no se van a diluir. Hay que procurar acciones concretas. Achicarse, si no nos da el bolsillo es una acción concreta. Igualmente, hay otros factores que golpean en el ánimo y a los que hay que prestar atención. La cronicidad es uno de ellos. Cuando una preocupación persiste en el tiempo o se repite varias veces en el día, agudiza el problema. Otro ejemplo es el ‘desgaste por empatía’ que se da cuando ves o escuchas a un abuelo que está en un estado de vulnerabilidad total porque no puede pagar las cuentas y en algunas personas esto genera una sensibilidad extrema y afecta notoriamente.
-Entonces, ¿no es recomendable socializar las preocupaciones?
-Es que en la práctica esto genera un efecto adverso porque se juntan las angustias, pero no se esfuman. Socializar las emociones no regula el ánimo. Hay momentos donde de alguna manera percibimos que comentar o descargarse a través de un exabrupto puede otorgar una sensación de alivio, pero esto es momentáneo. Cuando uno insulta y se enoja, produce cortisona en sangre y son como pequeñas gotitas de veneno que vamos acumulando. Hay mucho mito en relación a cómo funcionan las emociones y el más claro ejemplo es el que la gente conoce como catarsis. Cuando una persona utiliza este mecanismo por el cual expresa a viva voz o a través del llanto un cúmulo de situaciones conflictivas, significa que no logró encontrar previamente una intervención de buena calidad y procura este tipo de artilugio como desahogo.
-En estos días hemos visto algunos episodios de violencia en la calle, ¿pueden relacionarse con este malestar?
-Hay ciertas conductas violentas que en personalidades vulnerables, con pocos recursos psicológicos y en un contexto de ventilación emocional, tienen mayor predisposición a ser impulsivos y quedan expuestos ante terceros. Los impulsivos por lo general son personas que no saben gestionar emociones o actúan por imitación sin medir la peligrosidad. El poco control de sí mismos, sumado a un incidente de tránsito en la vía pública, problemas económicos, etc., hacen que las personalidades de tipo explosivas encuentren un caldo de cultivo ideal para comportarse bajo estos parámetros. Además hay una parte del cerebro que se denomina sistema de calma, que en estos individuos no alcanzó a desarrollarse. En otros casos se pueden conjugar el cansancio, el estrés y el estímulo de alguna droga como el alcohol, factores que no permiten regular las emociones.
-¿Cuál es el consejo o la forma que tenemos para lograr que los temas financieros no nos afecten?
-Principalmente, tratar de no preocuparse porque esto solamente sirve para hacerse mala sangre y nos conduce hacia una vía directa al sufrimiento, pero en definitiva no aporta soluciones concretas al problema real que nos atraviesa. Es necesario evitar contextos donde se hable todo el día de temas económicos porque esto incide en el ánimo. Entre las conductas que podemos poner en práctica, otra sería comer de manera saludable, no utilizar drogas como el alcohol, el tabaco o psicofármacos porque operan como depresores del sistema nervioso central y agudizan aún más el proceso por el que estemos pasando. La actividad física colabora muchísimo como también el yoga o la meditación. Lo recomendable es incrementar las acciones placenteras, las pequeñas cosas de las que disfrutamos porque, por lo general, cuando hay malestar, existe una tendencia a abandonar lo que nos hacía sentir bien. La base está en la personalidad y en los mecanismos de afrontamiento que hemos podido desarrollar para abordar, no solamente las cuestiones financieras, sino a todo el abanico de problemas a los que nos exponemos a diario.
