Disfrutes
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPor Marcos Gonzalez
marcosggonza@gmail.com
Alguna vez me dijeron que los verdaderos placeres son los que se pueden vivir más de una vez. Que es erróneo aquello que se dice de algo que se disfruta por como si fuera “la única vez en la vida”.
Me gusta esa postura.
Por aquel entonces no la conocía. Será por eso que me dije “no volveré a subirme a un tren”.
Lo dije con esa parte de mi ser que suele decir las cosas con vergüenza o con desesperación, imperante o implorante. Me lo dije con esa fiereza de algunas determinaciones, que dichas son un grito y pensadas -porque lo pensé, no me lo dije-, son como una puntada en la cabeza.
¿Me pasó algo malo en un tren? ¿Descarrilé, choqué? ¿Se detuvo incómodamente en medio de la nada? ¿Me robaron, me insultaron, me hicieron llorar?
No. Nada de eso.
Todo lo contrario. La única vez que subí a un tren fue sublime. Pudo haber alguna más, seguramente, pero no importa (la he olvidado, no importa). Pero aquélla es inolvidable.
Tenía la edad en la que el mundo regala primeras veces. El mundo suele ser generoso en esos primeros años: todo es nuevo, todo deslumbra, todo es una aventura; es un mundo de estreno. Un mundo que no se guarda nada y no sé si hace bien o hace mal. A veces pienso que el mundo -o tal vez la vida- debería guardarse algo para cuando vivir se torna una rutina. Pero no lo culpo; por lo general, yo también hago las cosas que hace el mundo.
Tenía la edad de los debuts en materia de locomoción. Andar en bicicleta, probarse los patines, viajar en auto en el asiento de adelante, poner los pies sobre un bote o una lancha, remontar un barrilete. Subirse a un tren.
Buenos Aires, adonde íbamos con mi madre y mi hermana, era para mí el Cabildo, el Zoológico, la cancha de Boca. Algo parecido a la televisión cuando enfocaban el Obelisco. Era las casas de algunas tías, la Capital de la República Argentina; era el lugar donde no debía soltarme de la mano porque había mucha gente, no es como acá.
Mi mamá llevaba dos valijas grandes -que un señor de uniforme se encargó de subir hasta donde ella no llegaba- y una canasta con un termo, tres tazas, un repasador y dos paquetes de galletitas que solíamos comer en situaciones especiales. Unas de chocolate, las otras de vainilla. Rellenas.
Me senté frente a mi hermana y mi mamá. El banco era duro y de cuerina gris, fría, y los pies no me llegaban al piso. Me sobresalté con el ruido del pito y el del aire que escapa, como un globo que quiere desinflarse de golpe. Por un instante tuve miedo. Busqué de dónde asirme, pero sólo pude dejar la huella efímera de mis manos húmedas en el asiento. La sonrisa de mi madre y -en algún sentido- la cara burlona de mi hermana me dieron calma.
Y como si el tren no quisiera darme otro susto, arrancó sereno, despacio, confiable.
Lo demás, lo que vino después, es sólo mío. El temblor del piso cada vez que apoyaba los pies, el gusto de las galletitas, mi autito (el autito de colección que había llevado en el bolsillo) recorriendo tímidamente primero sobre la cuerina gris, luego el pasillo, los rostros ajenos que se escondían detrás de cada hilera de asientos, la taza de té caliente entre las manos, el mundo detenido y yo surcándolo al medio…
Cuando bajé en Constitución -nunca había visto un lugar tan inmenso techado- prometí volver, insistí con volver alí mismo.
El regreso debió ser en micro. No lo recuerdo.
Cada vez que llego a una estación, una parte de mi ser me intima: no vuelvas a subir.
No sé si hacerle caso al pibe que fui o al hombre que alguna vez aprendió eso de los placeres que se repiten.
