“El boxeo me sacó de la miseria”: el último paso de "Locomotora" Castro por Tandil
Tras el fallecimiento del boxeador, el recuerdo de su visita al Centro Cultural Diego Armando Maradona de Las Tunitas. En diálogo con El Eco de Tandil, el histórico campeón del mundo repasó su dura infancia, el camino que lo llevó a la gloria y la ayuda social que brindaba a miles de personas.
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La historia de Jorge Fernando “Locomotora” Castro estuvo marcada por los contrastes. De una infancia atravesada por la pobreza y la violencia familiar a convertirse en uno de los campeones mundiales más reconocidos del boxeo argentino, el santacruceño construyó una trayectoria que trascendió el cuadrilátero.
A sus 58 años, durante una visita a Tandil el pasado 8 de agosto de 2025, el recordado púgil dejó un testimonio que tras su fallecimiento adquiere un significado especial. Convocado por el Centro Cultural Diego Armando Maradona, en el barrio Las Tunitas, llegó a la ciudad para compartir su experiencia con jóvenes que comenzaban a dar sus primeros pasos en el deporte de los puños.
En aquella jornada, Castro dialogó con El Eco de Tandil y repasó distintos momentos de su vida: las dificultades que atravesó durante su niñez, las grandes noches de su carrera profesional, la tranquilidad con la que asumió el retiro y su compromiso con quienes más necesitaban ayuda.
“Me encontré con este lugar de entrenamiento precioso, con muchos chicos que intentan comenzar una carrera en el boxeo”, había expresado durante su visita a la ciudad, en la que también destacó la posibilidad de recorrer un espacio dedicado a la formación deportiva.
Un camino para salir de la pobreza
Para Castro, el boxeo fue mucho más que una profesión. Fue la oportunidad de cambiar su destino, alejarse de las dificultades que marcaron sus primeros años y construir un futuro para su familia.
Al hablar sobre su infancia, el excampeón del mundo no ocultó la dureza de aquellas experiencias. El hambre y la violencia ejercida por su padre, a quien describió como alcohólico y golpeador, fueron parte de una realidad que debió enfrentar desde muy chico. “Mi padre era alcohólico, vivía cagándome a palos”, recordó durante la entrevista.
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Según contó, al principio encontró en el boxeo una manera de ganar dinero, antes de incorporarlo definitivamente a su vida como deporte. Con el paso de los años, el éxito profesional le permitió dejar atrás la miseria y alcanzar una estabilidad económica que también buscó garantizarles a sus hijos. “Finalmente, el boxeo me sacó de la miseria”, resumió.
Castro también recordó que, a los 27 años, decidió tomar las riendas de su carrera y manejarse sin apoderados hasta su retiro, a los 38. A pesar de las heridas que le dejó su historia familiar, aseguró que nunca guardó rencor hacia su padre e incluso lo llevó a una pelea para que pudiera verlo como campeón mundial.
La potencia de un campeón
La trayectoria de “Locomotora” quedó asociada a su pegada y a una personalidad que lo convirtió en uno de los nombres más reconocibles del boxeo nacional. En su balance personal, durante aquella charla en Tandil, repasó los números de su carrera y algunos de los rivales más importantes a los que enfrentó.
Castro aseguró haber ganado 90 de sus 146 combates profesionales por nocaut y haber sufrido solamente diez derrotas. También destacó sus triunfos ante figuras internacionales y recordó especialmente sus enfrentamientos con John David Jackson y Roberto “Mano de Piedra” Durán.
Otro de los nombres que evocó fue el de Roy Jones Jr., a quien enfrentó cuando atravesaba un gran momento deportivo. Según relató, el estadounidense llegaba con 19 victorias por nocaut y él fue el primero en resistirle los diez asaltos.
Ser campeón del mundo representó, en sus propias palabras, la mayor satisfacción de su carrera. “Lograr eso es lo mejor, porque el mundo es grande. Y consiguiendo ese título pasás a ser el mejor de todos, fue lo más lindo”, expresó.
Una vida después del ring
Lejos del cuadrilátero, Castro aseguraba haber encontrado una vida con otras prioridades. No escondía que el entrenamiento nunca había sido su parte favorita de la actividad y que, cuando llegó el momento de retirarse, pudo hacerlo sin sentir la necesidad de regresar.
“Hoy estoy bien, tengo a mis hijos que me cuidan, vivo para ellos, y económicamente estoy bien, así que no extraño al boxeo en lo más mínimo. Ya fue”, sostuvo.
También entendía que su lugar debía ser ocupado por las nuevas generaciones, por aquellos jóvenes que llegaban desde abajo con la ilusión de construir una carrera y alcanzar sus propios objetivos.
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Esa mirada fue una de las razones por las que aceptó compartir su experiencia con los chicos que entrenaban en el Centro Cultural Diego Armando Maradona. Su mensaje apuntaba a mostrarles que el deporte podía abrir puertas y ofrecer una alternativa frente a contextos difíciles.
El compromiso con quienes más lo necesitaban
Durante la entrevista, el santacruceño también habló de su labor solidaria. En aquel momento, contó que colaboraba con catorce comedores y nueve merenderos, desde los que, según sus palabras, se asistía a unas 6.400 personas.
Su relato puso el foco en una realidad que, según observaba, atravesaba a cada vez más familias, incluidos adultos mayores que no podían afrontar sus gastos básicos y debían recurrir a la ayuda comunitaria para alimentarse o conseguir medicamentos. “Desde mi lugar, siempre que pueda ayudar lo voy a hacer”, afirmó. Castro contó que, además de la asistencia alimentaria, intentaba conseguir medicamentos para quienes los necesitaban a través de contactos con visitadores médicos.
Su paso por Tandil permitió conocer esa dimensión de su historia. En aquella charla en Las Tunitas, no habló solamente de títulos, nocauts y grandes peleas. También dejó el testimonio de alguien que encontró en el boxeo una salida a una infancia difícil y que, con el tiempo, buscó transformar esa experiencia en un mensaje para otros.
Hoy, el recuerdo de aquella visita recupera el valor de sus palabras y de una trayectoria que dejó una huella profunda en el deporte argentino.
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