Historias de canillitas: Diego, un apasionado de los diarios que comparte el oficio con su hijo en el kiosco Medalla
Diego Molina es canillita desde hace más de 25 años. Una historia familiar de pasión y compromiso.
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Los domingos a las 3 de la mañana, mientras muchos descansan o aprovechan para divertirse, Diego Molina llega con su moto a la redacción de El Eco, carga alforjas y comienza el reparto. Termina cuatro horas después con el objetivo cumplido: que los lectores del diario en papel se despierten con las noticias locales esperándolos en la puerta de su casa. Así es la vida de un canillita.
“Quizás para otro sería mejor esperar los diarios de Buenos Aires y hacer todo junto. Pero yo pretendo que cuando te despiertes, ya tengas el diario. ¿Por qué vas a esperar que venga el de Buenos Aires si a vos te interesan las noticias de acá? Por eso a veces hago doble recorrido, termino con El Eco y vengo a buscar los que llegan de afuera”, contó el responsable del kiosco Medalla.
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La historia de Molina no es solo la de un canillita con 25 años de experiencia, que más allá del avance de las comunicaciones digitales sigue repartiendo diarios y revistas por toda la ciudad. Tampoco es solo la de un padre orgulloso por haber encontrado en su hijo Santiago quien continúe con el oficio y el legado familiar. Su historia es sobre todo la de un apasionado de su trabajo, la de alguien que ama lo que hace.
Y no solo lo ama, también lo conoce. Al ritmo del cambio de las grandes editoriales, hoy el fuerte de su negocio es el de las suscripciones de suplementos y colecciones de lo más variadas. También el de los libros.
Porque bien desde hace tiempo se anuncia el final de las publicaciones en papel (como se anunció el fin de la radio cuando llegó la televisión, y el fin de la televisión cuando llegó internet), para Molina el tema pasa por otro lado: “Los martes, por ejemplo, compraban mucho por el fútbol agrario. Porque con esto (con el diario en papel), lo que estás haciendo es informarte de lo que ocurre realmente en la calle. No es solamente si se vende o no se vende, sino por qué se vende o por qué no se vende”, consideró.
Amor por las palabras
Oriundo de Monte Grande, Diego trabajó en el Aeropuerto de Ezeiza, “justo en la parte en la que llegaban todos los diarios”. Cuando llegó a Tandil hace casi 30 años, lo hizo con un objetivo, convertirse en canillita.
“Siempre me gustó leer. Y sigo con eso. Para mí todo es interesante porque podés estar en un lugar y tener siempre un mínimo de idea de lo que se está hablando”, contó.
Empezó repartiendo para el kiosco de Rodríguez y Uriburu, donde descubrió el oficio pero también “la comunicación con la gente, que es lo más lindo”. Y siguió por su cuenta ya con el puesto de Falucho y la colectora.
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Después de más de dos décadas de repartir diarios, él mismo llegó a las noticias: un auto chocó y destruyó a su puesto, por lo que tuvo que reubicarse. Pero dieron sus frutos tantos años de compartir, de charlar con sus clientes y tener a la buena atención como un principio en lo profesional y en lo personal: muchos conocidos colaboraron y a los pocos días del accidente Diego ya estaba volviendo a empezar en un nuevo puesto en avenida Brasil y Pozos.
Dejó atrás el verde inglés clásico de los kioscos de diarios y revistas y adaptó la estética del puesto a la del paseo comercial que se ubica a metros del lugar. Pero quiso también mantener algo de su negocio anterior, por lo que todavía luce el cartel que dice El Eco junto al nombre Medalla.
Padre e hijo, canillitas
Hace no tantos años, contó Molina, había cinco puestos en la zona de El Cerrito, el Casino y la ruta. Ahora queda nada más que él. No adjudicó la baja solo a las ventas, sino también a lo sacrificado de un oficio que, explicó, solo tiene cinco días libres al año.
Uno de esos es el 7 de noviembre, día del canillita en todo el país. Se conmemora en honor a Florencio Sánchez, dramaturgo autor del sainete “Canillita”: narraba la historia de un chico humilde que vendía diarios, y sus pantalones cortos dejaban al descubierto sus delgadas piernas .
Junto a Diego atiende su hijo Santiago, que si bien trabaja como entrenador de atletismo, también acompaña a su papá.
“Quisiera contar lo que para nosotros, que ya somos grandes, significa tener la intención de que alguien pueda continuar con esto. En este caso es mi hijo, y para mí es un placer. Porque muchos de nuestros colegas dicen que no tienen o que les cuesta que alguien pueda continuar con su trabajo, que es algo que te importa cuando lo que vos estás haciendo te gusta o amás. Entonces, qué mejor que alguien pueda continuar con eso”, resumió el canillita.
Desde chico que Santiago empezó a interiorizarse en el oficio, y repartió diarios en su barrio. “Somos un eslabón más de la cadena”, definió el chico sobre su mirada sobre ser canillita. “Los más grandes compran diarios, los jóvenes libros y muchos padres compran revistas todas las semanas para sacar por un rato a los hijos de las pantallas”, agregó.
Para Diego, su hijo heredó el buen trato con los clientes. “Aprendí de chico lo que es este rubro, ayudándolo a él. Uno sabe cómo plantearle al cliente, atenderlo bien y darle facilidades o asesorarlo con lo que quiere comprar”, sumó Santiago.
Conocedores del oficio, padre e hijo tienen muchas ideas para potenciar el trabajo de los canillitas en tiempos de redes sociales. Desde llevar consigo publicidades (recorren toda la ciudad en moto, todos los días), hasta que los diarios incluyan suplementos infantiles vinculados al calendario escolar, ya que las familias suelen comprar publicaciones que usan como insumo para las tareas.
Se trata de algunas de las ideas que surgen en la cabeza de dos personas que no solo piensan en su beneficio económico, sino que sobre todo se guían por una auténtica pasión por lo que hacen. También por el valor social de su trabajo, y en eso, el quehacer de los canillitas tiene mucho en común con el espíritu comunitario que supo inspirar al de los primeros diarios.
Redactor El Eco de Tandil