Julieta Moyano, una vida dedicada a la danza y a la docencia
Después de casi cincuenta años vinculados a la Escuela de Danzas de Tandil, Julieta Moyano repasó su recorrido como alumna, profesora y directora. Un camino marcado por la pasión, el esfuerzo y el amor por enseñar.
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Por Catalina Borgarello (*)
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailJulieta Moyano fue alumna, profesora, directora y testigo de generaciones de bailarinas en la Escuela Municipal de Danzas. Mientras se prepara para dejar la dirección, repasó una vida marcada por la docencia, la danza y la vocación de enseñar. Está en su “último acto”. Lo dice con una sonrisa, que aparece sólo cuando se habla desde el amor y no desde la nostalgia. Después de casi cincuenta años dentro de la Escuela de Danzas de Tandil, su historia ya encontró su último compás para bailar: “Estoy finalizando la función, espero que no sea una tragedia”, bromeó, aunque sus ojos se llenaron de emoción.
Todo comenzó cuando era una niña inquieta, llena de energía, y una amiga de su mamá le acercó la pregunta que abriría su camino: “¿Por qué no la llevás a la Escuela de Danzas?”. Tenía cuatro años y medio.
Su primera profesora fue Ana Villar, Anita, a quien recuerda con un cariño que todavía duele: falleció el año pasado. “Ella fue mi inicio en todo”, contó. A los siete años ingresó al profesorado que, en aquel entonces, tenía diez años de duración y a los diecisiete, se recibió. Tuvo maestros que llegaban desde Mar del Plata, La Plata y del Teatro Colón. Fue parte del primer ballet de la escuela, integrado por estudiantes destacadas. Y ahí descubrió su otra pasión: enseñar.
Cuando se recibió, no se detuvo. Continuó perfeccionándose y bailando en diferentes producciones, mientras comenzaba a dar sus primeras clases: “Aprovechaba para aprender de todos los maestros que venían. Era un privilegio seguir bailando con ellos”.
Decisiones
Mientras la danza permanecía en su cuerpo, la matemática estaba en su cabeza: “Me resultaba fácil, y me encantaba”, dijo. Así que siguió ambos caminos sin sentir contradicción. Siempre pensó en estudiar algo relacionado a las ciencias exactas y se anotó en matemática, “para mí es un placer ir a dar clases”.
Para ella, la danza y la matemática comparten algo, la disciplina: “Las dos cosas me apasionan”. También se siguió perfeccionando con diferentes cursos y estudios. Sus alumnos notan esa pasión, llamándola “emoción”, cuando tienen clases con ella.
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En su carrera, dio clases en aulas y estudios, aprendió de grandes maestros del Colón y montó producciones de ballets, que todavía hoy la hacen sonreír. Fue Cupido en Don Quijote; Carabosse en La Bella Durmiente; el Hada Madrina de Cenicienta. Bailó en puntas hasta 2007, ya como docente y apenas una vez más, siendo directora.
Cuando una alumna faltó y no había reemplazo, ella volvió a escena rehaciendo un papel de cuando era alumna: Sol de Estancia. “Tráiganme la malla, tráiganme todo, lo hago yo”, dijo y bailó lo que nunca había olvidado. Además, cuando era bailarina, tenía una pequeña costumbre antes de cada función, llegar muy temprano. “Me gustaba estar tranquila, con todo preparado. Era mi forma de calmar los nervios”, confió.
En 2009, pospuso su casamiento para poder tomar la dirección de la escuela. Lo hizo con la seguridad y por incentivo de su anterior director, Miguel Rouaux. Había sido alumna, ayudante y profesora. Conocía la escuela como su casa y también el peso de las decisiones: reorganizó las carreras, incorporó la danza contemporánea y logró formar a nuevas generaciones.
Ser directora fue un nuevo modo de bailar: “Este cargo no termina cuando me voy a casa”, admitió. A veces siente ese cansancio que no es físico, la carga de estar en todos lados a la vez. Pero también la satisfacción de haber construido algo que perdurará.
Caminos
Julieta también es madre. Al hablar de su hijo la emoción se hace evidente: “A veces, pienso que le tocó una mamá ocupada, pero con un papá presente. No es lo mismo, dicen, pero es lo que le tocó”. Su familia se fue amoldando a sus diferentes trabajos para poder acompañarla y, a veces, estar en su casa no la hace desconectarse completamente del trabajo. Pero esa conciliación entre pasión y maternidad, va haciendo su camino.
Julieta habla mucho del amor, a la danza, la docencia, la escuela. “Si uno hace algo que le gusta, pone todo: corazón, cabeza y cuerpo”, aseguró. Y agregó un consejo para quienes vienen detrás: “Amen la escuela, la danza. Con eso, el camino ya está hecho”. Por eso no teme al cambio, confía en las manos que seguirán sosteniendo la escuela. Habrá nuevas ideas, otros sueños y distintas formas de enseñar, mientras se despide del lugar que la vio crecer.
Julieta sólo cambia de papel para poder vivir su siguiente obra, ya que nadie se va del todo de un lugar que ama. “La danza no se deja; se transforma”, reflexionó. Lo mismo pasa con la docencia. “No me veo haciendo otra cosa”, confiesa. Porque en la danza y la matemática, encontró un modo de enseñar lo que ama.
Su historia
Julieta Inés Moyano nació en Tandil, tiene 53 años y realizó sus estudios secundarios en la Escuela Secundaria 10 “Normal”. Se recibió como profesora de Matemáticas en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica 10, carrera que cursó en paralelo con su formación artística. Es además profesora de Danza Clásica, egresada de la Escuela Municipal de Danzas de Tandil. A lo largo de su carrera fue alumna, docente y desde 2009, directora de la escuela. Durante su gestión incorporó la carrera de Danza Contemporánea, actualizó planes de estudios y promovió la participación de los alumnos en funciones didácticas y proyectos educativos.
(*) Esta entrevista fue realizada en el marco de la materia Práctica Profesional 1 de la Tecnicatura en Comunicación Social del ISFDYT 10 de Tandil, bajo la tutela de la profesora Carolina Cordi.
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