“No lo considero un trabajo, es una forma de vivir que yo elijo”
Sandra Shemi conduce una pensión comunitaria destinada a personas que atraviesan problemas sociales o de salud mental. Con un régimen de “puertas abiertas”, contó cómo es la vida de los 21 residentes. “Es un espacio donde la gente se refugia”, definió.
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/01/sandra_shemi.jpeg)
Por Valentina Genchi (*)
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn Tandil funciona una pensión comunitaria que recibe a personas que atraviesan distintas problemáticas sociales o de salud mental. Lo que empezó como un proyecto laboral, terminó convirtiéndose en un espacio de acompañamiento y vida compartida, sostenido por Sandra Shemi, su responsable, y por los lazos que se generan entre quienes habitan allí.
Actualmente conviven 21 residentes, con edades que van desde los 23 a los 82 años. En la pensión, se alojan personas derivadas de distintas áreas estatales: salud mental, género, juventud, desarrollo social, integración o curaduría. Algunos viven de manera permanente y otros de forma transitoria hasta que se define un destino definitivo. “Los permanentes están hace años. El que menos, dos años y el que más, trece. Los temporales suelen quedarse entre dos y seis meses”, explicó Sandra.
El funcionamiento de la pensión es de “puertas abiertas”. Cada residente tiene su llave y libertad de movimiento, dentro del marco de las normas de convivencia. Según Sandra, es “una casa de medio camino, ese es el sistema que manejamos”.
La convivencia se sostiene con reglas claras, actividades y participación: “Cada uno tiene su responsabilidad. Ellos ordenan, limpian, mantienen y también tenemos personal de cocina y limpieza. Se sienten una familia y actúan como una”. Además, los residentes aportan un fondo común para reparaciones y mejoras, que se deciden entre todos.
-¿Cómo surgió la creación de la pensión?
-Yo trabajaba en una compañía de seguros y no tenía ganas de seguir ahí, entonces decidí emprender algo. Surgió la oportunidad junto con una conocida, empezamos con pensiones de estudiantes, luego nos separamos, y después de unos años, fui incorporando chicos con distintas patologías. Con el tiempo, dejé de tener estudiantes y me enfoqué en personas con diferentes problemáticas.
-¿Cómo manejan los conflictos?
-Siempre les digo que traten de resolver los solos, si no lo logran, si un conflicto dura más de tres días, intervengo. Algunas personas con consumos problemáticos pueden generar conflictos y, cuando no pueden convivir, se derivan por el bien de todos. Además, tenemos cámaras en los lugares comunes y así vemos los comportamientos de todos.
-¿Qué significa este espacio para ustedes, más allá de lo laboral?
-No lo considero un trabajo, es un espacio donde la gente se refugia y se contiene mucho en mí. En muchos casos, soy como una mamá para ellos, los reto, los felicito, les hago regalos. Comenzó como un trabajo, pero se transformó en una forma de vivir que elijo todos los días. Es mi sustento, pero no una carga laboral. Ellos me conocen más que nadie, hasta cómo cierro la puerta, algunos viven conmigo hace más de diez años.
-¿Qué cambios observa en ellos luego de estar un tiempo en la residencia?
-Hay un respaldo de las distintas áreas, por lo tanto, eso nos ayuda a seguir con los procesos y ellos tienen avances hermosos. Festejamos cuando a alguno le sacan un cuarto de pastilla, ya que son logros importantes para tener una vida mejor. Además, cuando la persona toma conciencia de su patología, aprende a convivir con ella. Trabajamos en conjunto con los médicos, y gracias a esa colaboración, ellos logran una mejora del 70 y 80 por ciento, en general. Se nota claramente el progreso y la mayor independencia.
-¿Qué historia o momento la marcó especialmente?
-Una residente. La primera mujer con la que empecé a trabajar. En este momento no vive acá con su hijo, pero siguen viniendo porque somos familia y el papá vive en la pensión. Acá trabajamos su vinculación. Ella me considera una mamá. Ser mamá, con todos los desafíos que ha tenido, es un gran logro para ella. Es una madre increíble y ha avanzado muchísimo. No cambian, son ellos mismos, pero se superan todos los días, pese a las trabas que les impone la sociedad.
-¿Qué cambios serían necesarios a nivel social o estatal para mejorar la calidad de vida de los residentes?
-El engranaje laboral es fundamental, que estos chicos puedan conseguir trabajo. El Polo Productivo de la Municipalidad, que depende de Desarrollo Social, les da empleo, cursos de oficios y, en ese sentido, trabajan muy bien. También ayudan mucho a las personas en situación de calle, actúan rápido y tienen guardia las 24 horas. Pero se necesita más compromiso de los privados. El Municipio hace todo lo posible, da vivienda, acompañamiento y oportunidades laborales. Hay una ley, la 22.431, que exige un cupo laboral para personas con discapacidad. La pata laboral es clave para que ellos no estén en ocio y sean incluidos.
-¿Qué legado cree que deja en las personas que vivieron aquí?
-Algo se llevan, porque no terminan de alejarse nunca. Muchos me siguen visitando o mandando mensajes y eso demuestra el cariño y el tiempo compartido. Acá encuentran un refugio en momentos difíciles, y dentro de mis locuras y malos ratos, algo bueno se deben llevar, porque el reconocimiento es inmenso y eso me llena de amor.
Lo personal
-¿Cómo hace para no perderse usted misma en medio de tanta responsabilidad?
-Mi psicóloga es quien me ayuda, al igual que mi familia, mis hijos, mis nietos y el equipo que tengo en la pensión; sin todos ellos, no podría seguir. Tengo mis momentos, ir a la cancha, ver a mi nieta cuando monta, o ir sola a tomar un café y disfrutar la tarde. También me tomo mis quince días de vacaciones en febrero, porque es necesario. Mis nietos son mi eje, son todo para mí. Lo importante es la gente que me contiene y, sin terapia, tampoco sería posible.
-¿Qué sueña para el futuro, tanto el suyo como de la pensión?
-Me encantaría que la pensión tenga sus propios cursos y talleres, como yoga, telar, música o danza, ese sería un gran sueño y sé que lo vamos a lograr. En lo personal, siento que ya tengo todo cumplido, pero sueño con el día en que pueda estar tranquila, sin nada que hacer, tejiendo, leyendo y disfrutando de mis nietos. También espero que algún día me terminen la casa, después de tantos años anotada con mi marido, para poder sentarme a pintar, mirar el cielo y simplemente descansar.
Una huella
Al finalizar cada día, el cansancio se hace sentir, pero se mezcla con el amor que recibe de quienes viven en la pensión. Los pequeños gestos, como una cartita, un dibujo o un simple “te quiero” la llenan de felicidad y le recuerdan que su trabajo tiene sentido: “Acá me voy llena de amor, feliz, completa y tranquila”, expresó Sandra, consciente de que más allá de la rutina y las responsabilidades, ha dejado una huella en cada persona.
Con el paso del tiempo, la pensión se volvió mucho más que un lugar de trabajo: es un hogar donde todos se acompañan, se ayudan y crecen juntos. Sandra lo vive con orgullo y agradecimiento, sabiendo que su esfuerzo vale la pena cada día. Entre charlas y abrazos, sigue construyendo un espacio donde sentirse parte, donde cuidar y ser cuidado es lo que realmente importa.
Biografía
Sandra Shemi nació 3 de octubre de 1962 en María Ignacia –Vela-, y cursó allí sus estudios primarios y secundarios. Más tarde se trasladó a Tandil, donde vive desde hace muchos años. Se formó como maestra y realizó el profesorado de dibujo y pintura en la Escuela Municipal de Artes Visuales.
Está casada y tiene dos hijos, un varón y una mujer, y cuatro nietos. Desde hace años convive también con su madre, con quien transita el día a día. Se define como parte de una familia muy unida, con mucho tiempo compartido.
Además de ser responsable y dueña de una pensión comunitaria, es docente y profesora de dibujo. Le gusta tejer en telar y crochet, y disfruta de la pintura como momento recreativo, aunque no siempre tiene tiempo para dedicarle a estas actividades.
(*) Esta entrevista fue realizada en el marco de la materia Práctica Profesional 1 de la Tecnicatura en Comunicación Social del ISFDYT 10 de Tandil, bajo la tutela de la profesora Carolina Cordi.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil