Kafka, Anses y la tijerita
Una nueva entrega de la columna de Marcos González.
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Leo el primer párrafo de un artículo en un portal: “La vejez no empieza de golpe ni llega igual para todas las personas. Más que una fecha precisa, es una etapa que se vive de manera distinta según la salud, entorno e historia de cada uno”.
Desde que empecé a leer este tipo de notas –pongámosle a los cuarenta- todas dicen más o menos lo mismo, que es lo que nos decimos todos lo que tendemos a leer este tipo de notas: “lo importante es cómo te sientas no la fecha de nacimiento…” o –un poco peor- “nadie es viejo si se siente joven por dentro” y bobadas por el estilo.
Si vamos a hablar de vejez, de inminencia de la vejez o del temor a la vejez, empecemos así: Un par de veces por día me cruzo con un espejo. Pero bajo imperio de las circunstancias, ambas ocasiones me encuentran sin los anteojos puestos: ni bien me levanto y cuando me baño.
Es decir, entonces, que mi observación frente al espejo es más bien vaga, difusa, astigmática, miope y con presbicia (dada la edad). Me basta saber que estoy allí enfrente, lo cual no es poco; el día que no me encuentre haré dos cosas: la primera, salir corriendo a buscar mis lentes y la segunda (en caso de persistir la ausencia), salir corriendo y no volver.
Por esta razón de imposibilidad de la observancia de detalles, hace algún tiempo me sorprendí con la aparición de algo inquietante en mi rostro. Seguramente ya venía de antes, pero lo pude ver cuando se hizo más grande. Y ahí lo inquietante: el tamaño desproporcionado.
Lo supe automáticamente: estas cosas les suceden a las personas mayores.
Estoy hablando de un pelo de mi ceja derecha. Mi reacción inmediata fue llevarme los dedos para tratar de aplacarlo, porque si bien era ligeramente más largo que el resto, se hacía más notable aún por su característica de ir contra la corriente. Es decir, en vez de mantener una trayectoria oblicua como el resto de sus pares, conservaba una verticalidad imponente.
Estas cosas la sabemos de chiquitos, cuando vimos con detenimiento a un abuelo o al señor del kiosco con voluptuosidad pilosa importante. Suelen salir pelitos allí donde nunca los hubo: orejas, nariz, frente, manos.
Una cosa es verme y otra que me vean. Con lo cual dediqué denodados esfuerzos por doblegar ese pelo caprichoso. Pero fueron en vano; al principio cedía, pero al cabo de unos segundos volvía a erigirse en su postura radical (por aquello de que se quiebre, pero no se doble).
Automáticamente pensé en arrancarlo. Pero en el momento recordé lo que quizás sea un mito: cuando se corta una cana, aparecen siete en su reemplazo. Me dije: ´si me arranco este pelo, me va a crecer un puercoespín arriba del ojo...´.
Desistí.
A partir de ese día mantuve una actitud vigía, para lo cual debí observarme con los lentes puestos. Por esta razón, el pelo no se dejaba ver; quedaba tapado, disimulado, debajo del marco de mis anteojos. Hasta que una buena mañana, asomó.
No sólo él, sino un pariente de la otra ceja. Con lo cual fueron dos los pelos díscolos. ´Me estaré convirtiendo en insecto además de mayor, pensé horrorizado: un bicho viejo.
No pude dejar de recordar el inicio de “La Metamorfosi”, de Kafka. Creo que ya me resigné: fui en contra del mito.
Ojo, no arranqué los pelitos en cuestión, pero los mantengo a un largo prudencial. Como no lo hice jamás en mi vida, una o dos veces por semana me paro frente al espejo, con anteojos y tijerita en mano.
El próximo artículo sobre la ancianidad que se me cruce deberá contener en sus primeros párrafos una frase de este tipo: “¿te diste cuenta que te creció una antena ahí donde antes tenías una ceja? Date por enterado muchacho: sos uno de los culpables del envejecimiento poblacional. Anses va a quebrar y vos queriéndote hacer el coqueto”.
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