Carlos Iparraguirre, un histórico periodista local
Después de haber estudiado medicina durante dos años, sin vocación, se dio cuenta de que lo suyo era el periodismo. Trabajó casi cuarenta años en el colega vespertino que no hace mucho bajó la persiana. Con él hablamos de los tiempos de la bohemia, la pasión y el fuego interior de las curiosas personas que escriben sobre los demás, de los cambios que trajo aparejados la tecnología dejando en el pasado al periodismo artesanal y de su infinita tristeza por el cierre de Nueva Era: “Fue un estremecimiento interno muy extraño”, afirmó.
Cualquier día de semana a las seis de la tarde es casi imposible estacionar cerca de la casa de Carlos Iparraguirre y su señora “Yeye” Pérez Mesa. Damos unas cuantas vueltas hasta que los escolares del San Ignacio y las familias regresan a sus hogares. Y en una bonita esquina de un barrio ya más tranquilo, tocamos timbre, nos anunciamos. Vamos por Carlos Iparraguirre periodista, aunque cuando terminamos la nota fue imposible no volver a recordar aquel 24 de abril de 2009, pese a que la intención de la nota siempre fue hablar del periodista que siempre será y del cierre del tradicional diario Nueva Era.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email-¿Cuál era el perfil de un periodista de los sesenta? En esa época no había institutos terciarios ni universidades en la ciudad.
-Nueva Era necesitaba personal y yo conocía mucho a Juan Roque Castelnuovo, que me conectó con “Pirucha” Cabral. Yo había regresado de Buenos Aires adonde fui a estudiar medicina pero sin la vocación definida; como mi hermano Martín estaba por recibirse, me insistía. Estuve allí dos años y cuando empezaba tercero me di cuenta de que no era lo mío. Le había errado. Tenía un íntimo amigo, Zenón Ceballos, que me había dado unas cositas para hacer en el diario El Día de La Plata y me gustaba. Practicaba mucho deporte pero no me veía como periodista deportivo. Martín se dio cuenta de que la medicina no era lo mío y me insistió en que volviera, me relacioné –como le contaba- con Castelnuovo que habló en el diario. En esa época ya estaba Aníbal Filippini, el esposo de “Copete”. Me presente y entré a la redacción, conocía a algunos y sabían que tenía un buen secundario hecho en la Escuela Normal, cuando la educación pública tenía prestigio y salías bien preparado. Y me tomaron una prueba.
