El deseo no se fabrica en una pantalla
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Hay una historia que nos contamos sobre nosotros mismos que tiene algo de verdad y algo de excusa. Vivimos ansiosos, polarizados, insatisfechos. La culpa es de las redes sociales, de los algoritmos, de la economía de la atención. La solución es regular las plataformas, educar en el uso de pantallas, desconectar a los adolescentes. Es una historia verosímil; pero se detiene en la superficie. Hay otra capa. Para verla, hay que bajar del feed al cuerpo. De la pantalla al día. Del like a la necesidad.
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Un primate que duda entre dos frutos no está decidiendo, está prediciendo. Su cerebro evolucionó para minimizar la sorpresa. Anticipar lo que va a ocurrir y ajustar la conducta para que lo que ocurra no sea letal. La incertidumbre es el enemigo original. No la incertidumbre metafísica sobre el sentido de la vida, sino la incertidumbre material. Una sucesión de “si…entonces”. Si habrá alimento mañana, si el depredador está cerca, si el otro es aliado o amenaza. Esa incertidumbre no se disipa con información. Se disipa con acción. Si espero escasez, almaceno. Si espero peligro, me defiendo. Si espero cooperación, confío. El cerebro no procesa datos en el vacío. Lo hace para sobrevivir.
Ahora bien, ¿qué esperar? ¿Cómo saber qué es valioso, qué es seguro, en qué vale la pena invertir el tiempo y la energía?
Aparece un mecanismo que compartimos con otros primates pero que en nosotros se volvió central. No sabemos qué desear. A diferencia de la necesidad —que tiene un objeto fijo: sed, hambre, refugio—, el deseo es indeterminado. La forma que encontramos para resolver esa indeterminación es mirar a los demás. Deseamos lo que otros desean. No porque el objeto sea necesariamente valioso en sí mismo, sino porque alguien lo ha señalado como tal.
Es un mecanismo tan antiguo que ni siquiera requiere lenguaje. El chimpancé que ve a otro comer una fruta no solo quiere alimento: quiere esa fruta, la que el otro está comiendo. La imitación es una estrategia de reducción de incertidumbre. Si no sé qué desear, imitar a alguien que parece saberlo es un atajo formidable.
Las redes sociales no inventaron este mecanismo. Lo encontraron ya funcionando, probado por la evolución durante cientos de miles de años. Cuando un adolescente compara su vida con la de un influencer, está haciendo lo mismo que hizo su cerebro desde que existe, buscar un modelo que le diga qué desear. La diferencia es la escala. Antes, el modelo era alguien de la tribu, del clan, del pueblo. Hoy, el modelo puede estar en Miami, en Tokio o en una pantalla que nunca se apaga. Pero la estructura es la misma. El deseo no nace en la pantalla. La pantalla lo captura y lo direcciona.
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El creacionismo, en su versión más extrema, sostiene que el mundo fue creado por un acto divino, sin mediación de procesos materiales. Niega la evolución porque no la ve, no ve los fósiles, no ve la selección natural operando en tiempo real, no ve las capas geológicas que atestiguan un pasado larguísimo. Solo ve el resultado final y atribuye su origen a un creador todopoderoso.
El creacionismo digital hace algo análogo con el deseo. Niega su evolución porque no la ve. No ve al primate que imita a otro primate para encontrar alimento. No ve al niño que mira a sus padres para saber qué es valioso. No ve las capas de imitación y rivalidad que estructuran la vida cotidiana de cualquier comunidad humana. Solo ve la pantalla, el algoritmo, el like. Y atribuye el deseo a un creador: el código.
Es una teología sin Dios, pero con la misma estructura de omnipotencia. Donde el creacionismo extremo clásico niega la evolución de las especies, el creacionismo digital niega la evolución del deseo. Cree que todo empieza en 2007, con el iPhone. Cree que antes de la pantalla no había imitación, no había modelos, no había rivalidad. Cree que el deseo es un producto del algoritmo, como si el algoritmo pudiera crear de la nada lo que la evolución esculpió durante milenios.
Si el deseo es creado por las plataformas, entonces la solución es técnica. Regular el algoritmo, limitar el tiempo de pantalla, educar al usuario. Pero si el deseo es anterior a las plataformas, si está anclado en el cuerpo que necesita y en la comunidad que ofrece o niega modelos, entonces la solución técnica es necesaria pero insuficiente. Es un parche sobre una hemorragia interna.
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Tomemos a una persona en un día, en un pueblo cualquiera de la provincia de Buenos Aires. Digamos que se llama Laura. Laura se levanta a las seis, prepara el desayuno para sus hijos, los lleva a la escuela, va al banco a hacer un trámite, trabaja hasta el mediodía en un comercio, pasa por el hospital a sacar un turno para su madre, cocina, limpia, ayuda con la tarea, se acuesta a las once. Durante ese día, Laura sintió tensión en el banco, preocupación en el hospital, una ansiedad constante que no terminó de disolverse ni siquiera cuando apagó la luz.
Si uno mirara el gemelo digital de Laura —ese perfil que las plataformas construyen con sus datos de navegación—, vería otra cosa. Vería que Laura likeó tres publicaciones de una influencer que viaja por el sudeste asiático, que buscó ofertas de vuelos a Bariloche, que compartió un video de una casa minimalista con ventanales enormes y un jardín que parece un parque nacional. El algoritmo concluiría que Laura desea viajar, que sueña con una casa luminosa, que aspira a una vida de libertad y diseño.
Quizás el deseo de Laura tiene otro anclaje. Laura está agotada. Lo que desea es que el banco no le pida otro papel que no lleva, que el hospital le dé el turno sin hacerla esperar tres semanas, que el sueldo alcance hasta fin de mes sin tener que hacer malabares. Posiblemente lo que Laura busca en esas imágenes no es un destino de vacaciones, es una salida lateral. Una forma de respirar en un día que no le da tregua. Es un modelo lejano que no le exige nada porque no compite con ella.
El creacionista digital mira el historial de Laura y cree que ahí está su deseo. Pero su deseo está en otra parte. Está en el cuerpo que se tensa en el banco, en la preocupación que no se va cuando apaga la pantalla, en el apuro que no es por llegar tarde sino por no llegar nunca. El gemelo digital no conoce a Laura. Sabe qué likea, pero no sabe qué le duele.
Y no es ignorancia tecnológica. Michal Kosinski demostró que bastan trescientos “me gusta” de Facebook para predecir a alguien mejor que su propio cónyuge, e inferir con notable precisión rasgos tan íntimos como la orientación sexual o la ideología. Y Seth Stephens-Davidowitz, en Todo el mundo miente, ha documentado que lo que buscamos en Google delata lo que jamás confesaríamos en una encuesta; la conducta dice más que la declaración. Tienen razón, y su hallazgo es el mismo que organiza estas páginas.
Pero hay una diferencia entre predecir lo que alguien es y captar de dónde viene su deseo. El like revela un atributo estable; no revela contra quién se está comparando Laura esta tarde, ni por qué la ansiedad que la habita no cede cuando el día termina. El algoritmo la conoce. Lo que no sabe es qué la lastima.
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Hay un segundo aspecto del creacionismo digital, menos teórico y más material. No se trata solo de que las plataformas se auto perciban como fabricantes del deseo. Se trata de que quienes las diseñan viven, literalmente, en otro mundo. Algo así como el mundo feliz de Google.
Los grandes campus tecnológicos de Silicon Valley están concebidos para eliminar toda fricción material de la vida de sus trabajadores. Comida gratuita preparada por chefs, gimnasio, piscina, atención médica en el lugar, guardería, espacios de descanso con cápsulas para dormir, jardines, bicicletas internas, cafeterías cada cien metros. La premisa es que, liberado de las preocupaciones de la supervivencia, el trabajador puede concentrarse en innovar.
Quien habita ese entorno durante años calibra sus predicciones más profundas en torno a un mundo que no existe fuera del campus. Desarrolla lo que podríamos llamar una expectativa de abundancia: el futuro es predecible, los recursos están garantizados, la incertidumbre material no existe.
El problema no es que esos trabajadores estén cómodos. El problema es que diseñan los modelos de deseo que van a consumir millones de personas cuyas expectativas son radicalmente distintas; personas para quienes la incertidumbre sobre el trabajo, la salud, el transporte o el alquiler es una experiencia diaria.
Hay una asimetría profunda en el corazón de la economía digital. Quien diseña el algoritmo no comparte las condiciones materiales de quien lo usa. Su cerebro fue moldeado por un entorno donde la comida aparece sin costo y la salud está garantizada; el del usuario, por un entorno donde cada fin de mes es un pequeño milagro. El algoritmo cree que el usuario busca entretenimiento, cuando en realidad busca reducir una incertidumbre que el diseñador nunca experimentó.
Demás está decir que no se trata de demonizar a los trabajadores de Google, ni a la compañía. Se trata de señalar que el entorno material en el que se diseñan las plataformas produce una forma de ceguera estructural. Una ceguera que no se cura con más datos ni con mejores intenciones. Porque el problema no está en la cantidad de información. Está en el tipo de mundo que el cuerpo del diseñador aprendió a predecir.
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Esta ceguera no es solo un problema de las plataformas. Es un problema de cualquiera que intente entender el malestar contemporáneo mirando solo la superficie.
Raúl vive en el mismo pueblo que Laura. Declara que su modelo de vida es un influencer de Miami, pero está haciendo algo más complejo que imitar, usa ese modelo lejano como salida lateral a una rivalidad cercana que no sabe cómo nombrar. Lo que lo desvela no es Miami. Es que el comerciante de la otra cuadra renovó el local y a él no le alcanza, que su cuñado se compró la camioneta que él venía mirando, que en el club lo dejaron afuera de la comisión. Pone el deseo lejos para no admitir que está puesto cerca.
Las plataformas facilitan este desplazamiento porque eliminan las señales que en un encuentro cara a cara delatarían la verdadera rivalidad. El tono de voz, la postura, la microexpresión, la sincronización con el interlocutor. Todo eso desaparece en el texto, en la imagen, en el like. Lo que queda es la declaración, que puede ser autoengaño. La pantalla no solo amplifica el deseo, lo vuelve opaco para quien lo experimenta. Pero el deseo está en otra parte. Está en el cuerpo que se tensa cuando el vecino prospera sospechosamente. Está en la preocupación que no se va cuando se apaga la pantalla. Está en la bronca que busca un culpable y en el desánimo que ya ni eso busca.
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Si el deseo se organiza en torno a modelos, entonces la disponibilidad de modelos cercanos, no rivales, que orienten el deseo sin generar competencia destructiva, es la variable clave. La variable que el creacionismo digital no ve porque no mira donde tiene que mirar.
Una comunidad donde hay instituciones fuertes —el club, la escuela, la biblioteca, los bomberos, la sociedad de fomento— no es una comunidad pintoresca: es una comunidad que ofrece modelos. El dirigente del club que dedicó treinta años a formar chicos no compite con el comerciante que abre todos los días a las siete. La médica del hospital no compite con la bibliotecaria. Cada uno es un modelo en su dominio, y esa diferenciación evita que todos deseen lo mismo y choquen por lo mismo.
Una comunidad donde alguien que atraviesa un problema grave sabe a qué puerta golpear es una comunidad que tiene canales de contención que no pasan por el Estado ni por el algoritmo. Donde hay personas que sin ocupar cargos dedican su tiempo a mejorar la vida de los demás —el que organiza la colecta, la que da clases de apoyo, el que abre el galpón para los cumpleaños del barrio—, hay modelos de deseo que no son rivales.
Una comunidad donde la gente siente orgullo por su lugar y no necesita compararse todo el tiempo con vidas imposibles es una comunidad que tiene defensas contra la mediación externa. No porque rechace lo de afuera, sino porque tiene un adentro desde el cual mirar. Solo el arraigo permite el préstamo fértil. Solo la identidad fuerte permite tomar de otros sin perderse.
Una comunidad donde los conflictos se resuelven directamente, con alguien del barrio que ayuda a calmar los ánimos antes de que el problema se agrave, es una comunidad que no sobrecarga al gobierno local con cada disputa entre vecinos. Y por eso es menos propensa a buscar un culpable cuando las cosas van mal.
No es nostalgia, es ecología del deseo. Si no hay modelos locales, los externos ocupan todo el espacio; y cuando esos modelos son inalcanzables, la imitación no produce progreso sino frustración y rivalidad. A riesgo de ser sentencioso, para ver dónde queda esa frustración hay que dejar de mirar el mapa de la comunidad y volver al cuerpo concreto que la habita.
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Volvamos a Laura. Durante su día cualquiera —el banco, el hospital, los hijos, el comercio— su cuerpo registró tensiones, preocupaciones, apuros. Pero lo decisivo no es cuánto se tensó, sino cuánto de esa tensión vino del roce con el mundo y cuánto del roce con los otros. Si el malestar viene de la interacción —del jefe que maltrata, del funcionario que desprecia, del vecino que compite—, entonces no es un problema de pantallas. Es un problema de vínculos.
La pantalla puede amplificar ese malestar. Puede ofrecer modelos falsos que prometan aliviarlo. Puede incluso volverlo opaco para quien lo padece. Pero no lo crea. El deseo no se fabrica en una pantalla. Se fabrica en el cuerpo que necesita, en la comunidad que sostiene o abandona, en los modelos que orientan o envenenan.
El creacionismo digital es la última versión de una vieja ilusión. Creer que el deseo puede crearse de la nada, sin cuerpo, sin historia, sin evolución. El deseo tiene capas geológicas. Y las más profundas no están en la nube: están en el primate que imita, en el niño que observa, en el adulto que se tensa en la espera del transporte público. Están en el día de ayer, en las obligaciones que cumplimos con o sin ganas, en las personas con las que tropezamos mientras las cumplimos. Lo demás son arreglos temporales. Inevitables, pero superficiales.
Dr. Héctor Oscar Nigro. Ingeniero de Sistemas y politólogo.
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil