El vendedor de enemigos
Notas sobre el manifiesto de Palantir, o de cómo se fabrica la unanimidad vendiendo la sospecha del otro
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Voy a leer el manifiesto de la compañía Palantir con un aparato teórico prestado, el que René Girard despliega en El chivo expiatorio. Lo hago a sabiendas de que el documento en cuestión es, él mismo, una pieza de manual sobre cómo se fabrica un enemigo; y que la mejor manera de desactivarlo es nombrar en voz alta la maquinaria que se mantiene en penumbra.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailHay un género de texto que no se escribe para ser leído, sino para ser temido. El manifiesto que Palantir publicó en abril de este año —veintidós puntos vertidos en una red social, destilados de un libro que su director firmó sobre el porvenir de Occidente— pertenece a esa estirpe. Quien lo lee buscando una doctrina encuentra, en su lugar, un mecanismo. Y el primer error, el error fundador de cuantos se han ocupado de él, consiste en haberlo leído como si fuera lo primero cuando es, palmariamente, lo segundo.
Conviene empezar por la escena: un hombre rico publica un texto. El texto proclama que algunas culturas han producido avances decisivos mientras otras permanecen, según su propia palabra, disfuncionales y regresivas; reclama el fin del desarme de posguerra de Alemania y Japón; anuncia un futuro de armas autónomas y de poder duro. Entonces, como por resorte, se desata un coro. Diputados británicos lo llaman delirio narcisista y parodia de una película de RoboCop; otra parlamentaria dictamina que aquello suena a los desvaríos de un supervillano. La prensa recoge la palabra supervillano y la multiplica. En cuestión de horas, la unanimidad está hecha: todos contra uno.
Es notable la perfección del escándalo, su redondez, la facilidad con que cada parte ocupó el lugar que le estaba reservado de antemano. Porque ese hombre rico no es la víctima de la unanimidad que se forma en torno suyo: es su autor. Ha escrito el guion completo, incluido el papel del coro indignado, y lo ha hecho porque sabe —lo sabe con una lucidez que sus acusadores no le reconocen— que la indignación ajena es, en su negocio, la forma más barata y más eficaz de la publicidad.
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Para medir hasta qué punto el procedimiento es antiguo, conviene retroceder hasta la hoguera, mucho más atrás del primer contrato informático. Durante la mayor parte de nuestra historia, el ser humano vivió en tribus que rondaban el centenar y medio de individuos, y aquellas tribus no se mantenían unidas por el cariño espontáneo de sus miembros. Se mantenían unidas por dos resortes complementarios: la lealtad hacia los de dentro y la sospecha hacia los de fuera. El nosotros se templaba en el fuego del ellos. Quien lograba señalar al forastero, al rival por la presa o el territorio, prestaba al grupo un servicio impagable. Le devolvía la sensación de ser uno.
Aquella psicología no ha desaparecido. Los mismos circuitos que ardían alrededor de la fogata se encienden hoy en la oficina, en el estadio, en la red social donde se publica un manifiesto. La diferencia es de escala, no de naturaleza. Lo que la tribu hacía con su exogrupo inmediato, un documento corporativo lo intenta con civilizaciones enteras: traza una frontera entre los pueblos aptos y los “regresivos”, entre los aliados de probada eficiencia y el adversario informe, y ofrece a quien la cruce el viejo consuelo tribal de saberse del lado bueno de la línea.
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Vivimos un momento en que las diferencias que antes ordenaban el mundo se han vuelto borrosas. Las grandes compañías tecnológicas se parecen entre sí; los Estados subcontratan a las mismas firmas; los datos del enfermo, del soldado y del sospechoso fluyen por cañerías idénticas. Esta indistinción —esta sensación difusa de que ya nada se distingue de nada, de que el aliado y el adversario usan la misma nube— produce una angustia particular, la angustia del que ya no sabe quién es porque ya no sabe quién es el otro.
En semejante terreno, quien sepa volver a trazar la línea será recibido como un salvador. Y eso es, exactamente, lo que el manifiesto ofrece: una línea. De un lado, las culturas que producen “avances vitales”; del otro, las “disfuncionales y regresivas”. De un lado, Occidente y sus aliados de eficiencia probada; del otro, el adversario informe. El texto no vende programas informáticos: vende la restauración de una frontera en un mundo que había perdido las suyas. Vende el alivio de poder volver a decir nosotros señalando a un ellos.
Aquí está la primera revelación, lo que la indignación pública se empeña en no ver. El manifiesto reproduce el más antiguo de los mecanismos humanos, el mecanismo victimario. Cuando un grupo se siente amenazado por su propia confusión interna, encuentra paz designando a un culpable exterior. La cohesión del nosotros no nace del amor mutuo, sino del dedo extendido hacia el ellos. Lo que las tribus de cazadores hacían alrededor de la hoguera lo hace ahora un documento corporativo a escala planetaria, y por las mismas razones: porque señalar afuera es el modo más rápido de fabricar unidad adentro.
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Se dirá que esto es atribuir demasiada astucia a quien quizá sólo padece de soberbia. La objeción es legítima y merece respuesta. No hace falta suponer un plan maquiavélico. El envoltorio filosófico —las citas sobre la superioridad de Occidente, la apelación al poder duro, la solemnidad civilizatoria— cumple un objetivo muy concreto, y dicho objetivo se entiende mejor en el idioma del marketing que en el de la filosofía.
Una compañía que vendiera meramente bases de datos competiría por precio, y perder un contrato sería un trámite. Pero una compañía que vende lealtad geopolítica, que ha conseguido que rescindir su contrato se perciba como un acto de debilidad ante el enemigo, ha levantado a su alrededor una aduana invisible. La filosofía es esa aduana. Convierte una decisión técnica —¿es este el mejor proveedor para los datos del sistema de salud?— en una decisión de lealtad —¿estamos del lado correcto de la historia?—. Nadie quiere que lo sorprendan del lado incorrecto de la historia.
De ahí que el director de la compañía se haya construido, con notable disciplina, como algo más que un empresario: como pensador, como profeta de la dureza necesaria, como el único adulto en una habitación de ingenuos. Conviene resistir la tentación de tomarlo en serio en ese papel, no por desdén, sino por higiene analítica. Tratarlo como filósofo político es ya haber comprado el producto. El error de categoría —elevar un folleto de ventas al rango de tratado— no es ingenuo: es precisamente el efecto que el folleto perseguía. Quien discute la profundidad de la doctrina ha dejado de discutir la idoneidad del proveedor, que era la única pregunta que importaba.
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Hay un punto en que la prudencia obliga a bajar la voz, aunque no a callar. Entre los veintidós puntos late una insistencia que no es casual: la del eje de la eficiencia, la de las naciones que deberían recobrar su poderío —Alemania, Japón—, la del mérito y la aptitud técnica como criterios para repartir el mundo en aptos e ineptos. Quien haya frecuentado ciertos debates sabe reconocer la cadencia. Es la cadencia de quien sugiere, sin decirlo, que hay pueblos mejor dotados que otros para el orden y la tecnología.
No afirmo —y la distinción es esencial— que el texto sostenga semejante tesis de manera abierta. Afirmo algo más modesto: que su lenguaje está calibrado para que quienes creen en esa jerarquía oigan una validación, mientras el público general oye apenas una defensa de la competencia industrial. Es la técnica del silbato que sólo ciertos oídos perciben. La gracia del procedimiento está en su negación plausible. Si alguien denuncia el subtexto, siempre cabe responder que sólo se hablaba de eficiencia, y el denunciante queda como el malicioso. Lo que en otro contexto exigiría pruebas, aquí se administra como insinuación, que tiene la ventaja de contaminar sin comprometerse.
Dejo la cuestión planteada como sospecha fundada, no como veredicto, porque el mecanismo victimario no necesita creer en la inferioridad del otro para explotarla. Le basta con que el mercado lo crea. El cinismo es aquí más probable que la convicción, y mucho más rentable.
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Queda la parte que devuelve la mirada hacia los acusadores. Cuando los parlamentarios indignados llaman al hombre supervillano, creen estar combatiéndolo; sin embargo, lo están coronando. Le conceden la única cosa que su producto necesita: la condición de figura peligrosa, central, ineludible. Un supervillano no es un proveedor más entre varios; es un poder con el que hay que vérselas. La víctima señalada por todos se vuelve, por obra de la misma violencia que la designa, una figura sagrada e intocable. La indignación, que se cree lo contrario del marketing, es su forma más pura, porque presta gratis la intensidad que ninguna campaña podría comprar.
Esto no significa que las objeciones sean falsas. La soberanía sobre los datos de un país, la concentración de información sensible en manos de una sola firma extranjera, la dependencia creciente del Estado respecto de un proveedor con agenda explícita: son preocupaciones reales, y graves, y bien fundadas. Significa, más bien, que el modo de formularlas —la personalización en una figura, la conversión del debate técnico en duelo moral, la repetición de la palabra mágica— juega en el tablero del adversario y según sus reglas. El que escandaliza ha elegido un terreno. El escandalizado, al acudir, lo ratifica.
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Conviene aterrizar todo esto en un ejemplo concreto, porque es ahí donde el mecanismo muestra a la vez su eficacia y su talón. En Gran Bretaña, la compañía ha acumulado contratos públicos por cientos de millones de libras, entre ellos uno de largo plazo con el sistema nacional de salud para administrar una plataforma de datos de pacientes. Cuando estalló el escándalo del manifiesto, dos peticiones ciudadanas para romper esos vínculos reunieron más de doscientas mil firmas, y varios diputados reclamaron activar la cláusula de salida del contrato sanitario en su próxima ventana de revisión.
La pregunta que de verdad importa a un paciente no es metafísica: es si la información más íntima sobre su cuerpo está mejor custodiada por este proveedor que por otro, a qué coste y bajo qué garantías de reversibilidad. Es una pregunta administrativa, aburrida, contestable mediante auditorías, concursos y cláusulas. Y, sin embargo, el manifiesto consiguió que durante semanas el país discutiera la ideología del proveedor en lugar de la calidad de su servicio. El ministro que reconoció que el contrato podría reevaluarse en su próxima cláusula de ruptura dijo, sin proponérselo, lo único sensato del debate: que el criterio debía ser el paciente y el dinero, no la moral civilizatoria del vendedor.
La salida, si la hay, está cifrada en esa frase. No es más indignación, sino menos. Es devolver la pregunta a su tamaño verdadero. El supervillano se desinfla apenas se lo trata jurídicamente como una empresa que aspira a un contrato y que puede ser sustituida por otra si no cumple. Toda la maquinaria del manifiesto existe, justamente, para impedir que la pregunta se formule en ese tono menor; para que el expediente clínico se discuta como si fuera el destino de Occidente.
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El más viejo de los trucos consiste en hacer que la multitud mire hacia donde el prestidigitador quiere. El manifiesto de Palantir es un señuelo magnífico: ofrece un enemigo exterior para que no examinemos al vendedor; ofrece una filosofía para que no leamos un contrato; ofrece un escándalo para que confundamos el ruido con el análisis. Su director ha entendido, mejor que sus críticos, que en un mundo de diferencias derretidas el bien más escaso no es la verdad ni la seguridad, sino la línea nítida entre el nosotros y el ellos. Y ha montado un comercio próspero vendiéndonos, una y otra vez, el dedo que señala.
Queda una última capa del producto. Hay en el manifiesto un destino de Occidente, una historia que avanza hacia su cumplimiento, unos pueblos elegidos por su aptitud y otros condenados por su atraso. Es la forma de una teleología, no de una hipótesis: el mundo como un designio con dirección y con sentido. La ironía, para quien escribe desde la otra tradición —la que entiende que la vida no persigue fines, sino que sobrevive a ciegas—, es considerable: este darwinismo social resulta, a fin de cuentas, asombrosamente poco darwiniano. No hay azar en su universo, no hay deriva, no hay selección sin propósito; hay sólo elegidos y descartados. Y aquí las dos lecturas se tocan, porque toda teleología de los elegidos necesita, para funcionar, su reverso: los condenados. El designio civilizatorio y el mecanismo victimario son, vistos de cerca, la misma operación contemplada desde sus dos extremos.
Que hayamos necesitado el aparato de un teórico del sacrificio para describir un folleto de ventas dice, en el fondo, menos de Palantir que de nosotros: confirma que el animal de la hoguera sigue agazapado bajo el ciudadano informado, listo para encenderse en cuanto alguien le ofrezca, debidamente embalado, un buen enemigo. Lo menos que podemos hacer, antes de comprar, es preguntarnos quién encendió la hoguera alrededor de la cual nos hemos reunido a gritar.
Nigro Héctor Oscar, Doctor en Matemáticas y politólogo
Más de 143 años escribiendo la historia de Tandil