Bailarina del aire y guardiana del cuerpo consciente
En este ciclo de verano, Alto Día conversa con artistas para conocer qué los impulsa a crear, qué experiencias marcaron su camino y cómo construyen sentido desde su oficio. En esta entrega, Guillermina Gándola, creadora del espacio Volar de Mariposa, comparte su recorrido entre la acrobacia aérea, el yoga y el trabajo con la conciencia corporal como forma de vida.
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A veces una imagen es suficiente para cambiar un destino. En el caso de Guillermina Gandola, fue una escena televisiva la que encendió una certeza inmediata: quería volar. Lo que empezó como fascinación se transformó en búsqueda, y la búsqueda en camino. De Tandil a Buenos Aires, del estudio de Comunicación Social al descubrimiento del circo, la acrobacia aérea apareció no como un pasatiempo sino como un lenguaje propio.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn el aire encontró disciplina, técnica y también espiritualidad. Espacios de formación exigentes, maestras referentes y una comunidad artística que entiende el cuerpo como territorio creativo fueron moldeando su identidad. Pero su trabajo no se reduce a la destreza física. En cada movimiento hay escucha, observación y una sensibilidad que trasciende lo espectacular para conectar con algo más profundo.
Hoy, desde Volar de Mariposa, integra acrobacia, yoga y masajes en una propuesta donde el cuerpo no es objeto de rendimiento sino vehículo de conciencia. Su mirada entiende que lo esencial se construye en lo cotidiano, en la manera en que habitamos nuestros gestos, nuestros vínculos y nuestros miedos. Volar, para ella, no es escapar del suelo, sino habitarlo con más presencia.
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- ¿Qué te llevó a empezar a hacer lo que hacés?
- Todo empezó cuando vi la serie “El Deseo”, protagonizada por Natalia Oreiro. Aunque no tuvo gran éxito televisivo, marcó un antes y un después en mi vida. Ella hacía acrobacia en tela con un catsuit verde intenso y yo dije quiero hacer eso. Era el año 2004 y estaba por irme a estudiar Comunicación Social a Buenos Aires. Cuando me fui, comencé a tomar clases de tela en el Circo del Aire, a cargo de Lola Castelli. La puerta de ese espacio cultural me condujo a un cambio de rumbo en mi vida.
- ¿Qué artistas o experiencias te marcaron, aunque no se noten en lo que hacés?
- Una referente que admiro muchísimo es Mariana Sánchez, directora y fundadora del Club de Trapecistas. Allí hice la formación en pedagogía Waldorf y tomé clases regulares de tela, trapecio y aro con docentes excepcionales. Fue un espacio de muchísima nutrición técnica y espiritual. Conocí colegas que hoy son artistas de primer nivel. También creo que cada persona que me crucé en el mundo de la acrobacia dejó una huella en mí. Siempre hay algo valioso para tomar de quienes siguen el camino creativo y trabajan con el cuerpo como vehículo.
- Si tuvieras que explicar tu trabajo a alguien que no consume arte, qué le dirías
- Que soy una bailarina del aire.
- ¿Qué rol cumple el público o espectador en tu trabajo?
- Los siento como testigos de mi pasión. Sus devoluciones me nutren y me impulsan a seguir profundizando en lo que hago.
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- ¿Qué cosas de tu proceso no suelen verse pero son centrales?
- Creo que lo esencial está en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. En cómo vivimos cada día se construye la riqueza que luego puede llegar a la inmortalidad de una escena, un movimiento o una palabra. Me nutro de escuchar a las personas, de observar lo que desean, sus miedos y sus conflictos.
- ¿Un lugar inspirador en la ciudad?
- El Calvario
- ¿Qué te gustaría explorar artísticamente que todavía no pudiste?
- Técnicas teatrales.
- Recomendaciones para disfrutar
- Disco, The Division Bell, de Pink Floyd. Y Libro, La isla bajo el mar, de Isabel Allende.
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