El fin de la metáfora
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Por lo general, los extremos no solo se tocan, sino que caminan apurados para alejarse el uno del otro, pero sin dejar de buscarse con la mirada, hasta que acaban por chocarse las espaldas. Se habrá dado cuenta de que este es un mundo chiquito y redondo. Las ciencias políticas le pusieron “teoría de la herradura”, un nombre tan sintético y visual que molesta, tal vez porque vuelve incómoda cualquier explicación agregada. Es una de esas ocurrencias envidiables por su simpleza, puesto que todos tenemos las mismas palabras y el mismo mundo. Aunque no se les ocurrió a las ciencias políticas, claro, sino a Jean-Pierre Faye, que además de filósofo era, por supuesto, poeta; y que murió hace siete meses, después de cumplir cien años. Así la vida toca espaldas con la muerte, como están de la mano la genialidad y la locura, como el amor tiene un gemelo malvado.
De la misma manera, las vanguardias nacen a un clic de convertirse en productos. Una vez que el rupturismo y la originalidad entran en contacto con el aire, su veneno pierde potencia. No hace falta aclarar que el humor, la habilidad esencial para la supervivencia de nuestra generación, es la contracara de la tristeza. Del humor se habló con humor y con seriedad, pero nos basta con citar a medias dos líneas de Echenique y seguir: primero que “todo sentimiento, todo pensamiento, todo movimiento que surge en el humorista se desdobla en su contrario”, y segundo que “la ironía, con ser reveladora y sutil, puede llegar al realismo extremo, y hasta ser tan fina como demoledora”.
Boceté el inicio de este tercer párrafo con las palabras “si usted scrollea por el algoritmo de un adolescente…” con fe de silogismo decente. Sin embargo, me di cuenta que “el algoritmo de un adolescente” no refiere absolutamente a nada, dado que no existen dos algoritmos iguales. A lo mejor no convenga, entonces, imaginarlo como una perversa ameba omnipresente que controla nuestras vidas, y en cambio sea mejor tomarle cariño como a las huellas dactilares. Ahora bien, si usted scrollea por cualquier algoritmo, encontrará al menos un denominador común: los memes.
Sospecho que es necesario, y de todos modos inevitable, que los textos escritos incorporen sin pudor citas provenientes de memes, teniendo en cuenta que la vorágine del discurso contemporáneo respira ahí, entre la publicación, los comentarios y sus respectivas respuestas. Aunque cabe aclarar que ya existe una ciencia específica dedicada a estudiar los memes: la memética. A los meméticos les dejaremos el divertido análisis semiótico.
Las tendencias de los memes digitales cambian todos los días. Los tragicómicos acontecimientos locales son una materia prima excelente para nuestra industria memera, además de la influencia que llega del extranjero y los formatos que se traducen del inglés a nuestros distintos dialectos o cronolectos. Lo más interesante es ver plasmada la aceleradísima evolución que sufrió el sentido del humor, tornándose cada vez más opaco y asfixiante. Cuando navegué el internet por primera vez, nos estallábamos con caídas graciosas y parodias de Marito Baracus. Los primeros memes digitales que recuerdo eran dibujados y tenían nombres, como Trollface o Forever alone. Es más, se dividían en cuadros como las historietas, con una clara progresión narrativa. Pero a partir de ese momento la gran estufa arrancó y las tendencias empezaron a quemarse y mutar sin fin. Para antes de la pandemia ya teníamos incorporado el shitposting, que es básicamente publicar contenido intencionalmente de mierda, y claro que también nos estallamos.
Pero el absurdo caminó tan lejos que se topó de vuelta con la pura realidad. Los memes hicieron ironía de la ironía hasta alcanzar el fin de la metáfora. Si usted scrollea por el algoritmo de un adolescente, encontrará al estropeado humor fundido en la más absoluta literalidad. Le costará un doble trabajo sentirse identificado, porque la comunión de los escenarios genéricos ha sido reemplazada por la frialdad de la escena específica. Quizás intentará, para su tranquilidad, encontrar algún rastro de hipérbole, algún dejo de ficción o remate oculto, pero el chiste debe de estar en su propia ausencia.
Si por algún motivo se cruza una imagen de Los Simpson acompañada de un texto inusualmente largo, considere deslizar sin leerlo. Se trata de una “nueva” tendencia en Argentina, de la cual me gustaría traer dos citas recuperadas directamente de Instagram, a modo de cierre. Recuerde que no existe nada más frustrante que parafrasear un meme.
La primera cita pertenece a una publicación de la cuenta @elesquiner. La imagen no muestra nada más que a Homero comiendo en el sillón. En la parte superior, el texto dice: “cuando ibas a lo de tu abuela y estaba tu tío ricardo zarpado en vago que nunca se busco un laburo ni se independizó, entonces estaba re plaga usurpandole la casa a tu nona que ya la tenia podrida pero bueno lo unico que rescata es que por ahi se manda changuitas para ayudar a normita tu abuela (tenes miedo de terminar como el asique te esforzas al maximo)”.
La segunda cita repite el formato anterior y fue publicada por la cuenta @armandobarreda. La imagen es aún más austera: Homero sentado junto a Lenny y Carl, sin gestos particulares en sus caras y sin ninguna edición. El texto, en cambio, ocupa casi tres cuartos del meme y dice: “Cuando tus hijos te preguntan por qué se llaman Damián y Federico, y se te llenan los ojos de lágrimas al viajar de golpe al 2001. Les contás que cuando te quedaste en la lona, sin laburo, sin un peso para el alquiler ni para parar la olla, y de la familia no apareció ni el loro, ellos te salvaron la vida: Damián te metió en su casa y te bancó un plato de comida, asegurándote que mientras él tuviera un techo, a vos jamás te iba a faltar un lugar donde parar. Federico te dio una mano de oro y te metió a laburar en su verdulería para que pudieras volver a ganarte el mango con dignidad y volver a pelear por tus sueños. Ahí es donde te quebrás y les explicás a los chicos que esos dos tipos no eran simples amigos: eran los dos hermanos de fierro que la vida te regaló cuando estabas en el fondo del tacho”.
La rueda completó su vuelta, y volvieron siniestros los dibujos y el relato. El absurdo se encontró con la realidad, pero los dos se vieron más cansados y más viejos. Igual nos seguimos estallando.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.