Entre No Me Baño y Banksy
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En tiempos donde la sed de fama eclipsa los verdaderos horizontes creativos, es valioso que existan artistas que rechacen activamente la viralidad. De más está decir que las diferencias entre experiencia estética y engagement son infinitas, puesto que se trata de dos vínculos naturalmente distintos. En el primero se le permite al espectador relacionarse con la obra viva y en libertad, mientras que en el segundo caso obra y autor son siameses grotescos que comparten un mismo cautiverio digital.
Digo rechazo activo porque el antiguo refugio del underground corre el riesgo de convertirse en una nueva franquicia furor: una alternativa orgánica, regional y libre de multinacionales. Un agregado a la carta del buffet pensado para paladares exigentes, hecho por “artistas independientes”, que vendría a ser algo así como los “huevos de gallinas felices”. Habría que ver cuán viral resulta la etiqueta de underground y qué tan contentas están las gallinas.
El nuevo colonialismo algorítmico le exige una cara a cada obra. Es cada vez más raro toparnos con una pieza sin un nombre de usuario que la reclame propia. Así, obra y autor convergen y conviven en el espacio virtual que llamamos “cuenta”, que sería algo así como la cama, el living, el taller y la galería del artista en un mismo monoambiente. Por eso no tenemos claro si el premio de la viralidad nos lo pagarán en fama, en prestigio o en plata, si las tres cosas vienen juntas o si a esta altura son lo mismo.
Asediados por esta autorreferencialidad forzosa, condenados a que nos vean, a lo mejor sirva detenerse a apreciar uno de los últimos bastiones del anonimato: el grafiti. En esa selva de paredes sobreviven ejemplares de obras salvajes, sin más rédito que el de existir. El carácter vandálico de esos trazos ha obligado a los artífices a ocultar su identidad real no solo por preferencia estética, sino por necesidad legal. No entrará este texto en la riquísima historia, estilos y debates alrededor del grafiti, mucho menos en alentar actos delictivos, pero sí basta con identificar ahí un genuino desinterés por la fama personal y la ganancia material, en función del prestigio independiente de las piezas y, en algunos casos, del sutil reconocimiento del nicho.
No hace falta pensar en Banksy, cuyas obras empezaron siendo vandalismo en paredes ajenas y luego, cuando el mito estuvo a punto, los dueños de esas paredes las vendieron en medio millón de dólares. ¿Ahora quién no hubiese querido que eligiera su casa de víctima? No hace falta pensar en Banksy porque vivimos en Tandil: cuna de los grafiteros históricos del futuro. Digo así porque la historia se hace hoy y se aplaude mañana. En nuestra ciudad se gestó No Me Baño: un patrimonio cultural invaluable, en el sentido literal de la palabra.
Hay algo conmovedor en una obra famosa sin beneficiario, sin nombre ni apellido, sin rostro sobre el cual colgar los laureles del reconocimiento. Existe un aluvión de orgullo y pertenencia en el joven tandilense que se cruza un No Me Baño o un Smoko pintado en los edificios de Buenos Aires, tal vez más profundo que el de encontrarse un salame local en la góndola. Esto porque la cultura tiende a adoptar muchas formas, pero también porque el grafiti no necesita un precio. Sus autores caminan entre nosotros sin dejarse reconocer, no han obtenido nada, pueden ser cualquiera y quizás por eso podamos ser todos. Cuando el granizo de la legitimación caiga sobre ellos, como cayó sobre Banksy, los dueños de las casas saldrán a proteger y enmarcar las pintadas y, por qué no, a venderlas.
Entre el de Bristol y los de Tandil no hay más que críticos y medios poniéndose de acuerdo, además de cierta permisividad hacia lo extranjero. Algunas veces es posible adelantarse a la validación externa y contemplar las cosas antes de que nos las señalen, sorprender a la belleza antes de que se sepa bella, a lo sublime antes de que nos estalle en la cara.
Cuando camine por nuestras calles, permítase (solo un momento) hacer la vista gorda a la profanación de la sagrada propiedad privada y disfrute estos últimos rastros de obra sin dueño, de expresión sin vanidad, de exposición sin algoritmos. No vaya a ser cosa que tengamos en esas paredes rayadas la colección soñada de los futuros compradores de arte.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.