La vergüenza de saberse indeseable
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La palabra nonchalant viene del francés antiguo nonchaloir, que podría traducirse, en primera instancia, como “indiferencia” o “desidia”. Hasta ahí veníamos bien: significante, significado y traducción seguían la misma connotación haragana y carente de entusiasmo, lo que le permitiría algún que otro uso a la palabra, pero no necesariamente el de cumplido. Todavía hoy es raro imaginar que alguien nos diga: “Me copa que seas así, indiferente”.
Me serviré un poco de rigor histórico de la fuente suprema: Reddit. Hace ocho años, el usuario MaoGo preguntaba: ¿Qué significa ser “nonchalant”?, y recibía algunas respuestas inmediatas, las cuales definían el término como “apático, sin pulso”, o bien “que no te tomas tu trabajo en serio”. Hace tres meses, el usuario llamado Xsamuu abría un debate completamente distinto: “¿Es verdad que las mujeres prefieren que seas nonchalant?”
Lo cierto es que el significante nonchalant ha trastocado su significado y, como la mayoría de los términos de la cultura digital, ha prescindido de su traducción. Para la IA de Google, ser nonchalant hoy en día equivale a “actuar con una actitud de total calma o despreocupación, manteniéndose imperturbable incluso en situaciones caóticas o estresantes”. Más allá de las definiciones, lo interesante es cuestionarse por qué este adjetivo se ha convertido en virtud y cuáles son los riesgos de adoptarlo como personalidad.
En el por qué no me detendré demasiado, puesto que está a la vista de todos. Al igual que los memes llevaron el absurdo tan lejos que dieron la vuelta y regresaron a la literalidad, la sobreexposición digital y la saturación comunicativa han acabado por reivindicar el misterio y el desinterés. De todos modos, no es nada nuevo que el exceso se combata con austeridad. La cuestión central es comprender que, la mayoría de las veces, también la despreocupación es performática y requiere de preocuparse bastante.
Dicho mal y pronto: para estos jóvenes es más esclarecedor explicarse menos, más llamativo mostrarse poco, más canchero no arreglarse, más inteligente no reaccionar, más atractivo no querer, más maduro no llorar, menos riesgoso no perder, más valiente ir solos. Ellos no tienen la culpa de que este mundo se sostenga en los pilares del oxímoron, especialmente en la Ley del Litio: que la vida puede ser fácil, rápida y segura. Entiendo que es para aterrizar algo de esa gran nube que nos agarramos hoy en día, aun en algoritmos rioplatenses, del término nonchalant. También en algoritmos serranos, por supuesto: los ríos de tendencias suelen bajar siempre del norte al sur, y luego de las capitales a las ciudades adolescentes.
Aunque para estos jóvenes nonchalants no han dejado de estar muy presentes las nociones de moda y seducción, muy punzante la pulsión de expresarse y sufrir, muy inherente la necesidad de ser vistos. Si nada de eso existiera en verdad para ellos, ya hubiesen matado a alguien. Para poder elegir actuar de tal o cual manera primero hacen falta ensayos, y antes de eso hace falta ser uno mismo, que es alguien naturalmente distinto al papel que se quiera interpretar (y en eso podría resumirse toda la civilización, claro). Digo que hubiesen matado a alguien para darle una sorpresa lectora, pero también por el riesgo de la semilla transgénica que estamos plantando en los adolescentes que aún no nacieron. Cuantas más posibilidades tengamos de diseñar y maquillar al usuario que actuará por nosotros, y más aplaudamos a los referentes nonchalants, menos conectada estará la persona a sus propios dispositivos de conectividad. Recuerde que los usuarios van en camino a independizarse de sus humanos.
Aquí el problema: una vida indiferente solo puede estar muerta, porque el pulso mismo es diferencia. A todos nos atraviesan tantas pasiones como segundos pasan, y no deseamos nada de este mundo más que ser queridos. En una ciudad que apiló más suicidios que homicidios, donde es más factible que un adolescente se cuelgue a que le disparen, quizás deberíamos preocuparnos menos por la inseguridad de las calles, y más por la inseguridad de las psiquis.
Si sirve de algo, esto último no es una conclusión, sino una nota de autor. El mejor docente que conocí me dijo una vez que, desde lo más profundo de su corazón, no nos deseaba cosas buenas, ni cosas malas, sino que la vida nunca deje de atravesarnos. Agrego yo que la despreocupación, la indiferencia y la opacidad son motivos fascinantes para construir nuevas estéticas y hacerle frente a esa ilusión de perfección que nos domina. Esto se puede aplicar al arte, al entretenimiento, y también al estilo personal de cada uno: la forma de usar las redes, de vestir, de mostrarse.
Sin embargo, no hay que perder nunca de vista que se trata de motivos estéticos y que esa imagen de resignación total que admiramos en muchos referentes también fue pensada y construida adrede. Con esto quiero decir que siempre vale la pena (y es vital) involucrarse, odiar, extrañar, exponerse, intentar. Del mismo modo que es necesario tener a alguien a quien poder mirar a los ojos y decir “me siento… (ridículo, solo, culpable, feo, adicto, etc.)”, no con la elegancia de estar triste, sino con la vergüenza de saberse indeseable.
Sin más, me pregunto en qué momento habremos aceptado que “vivírsela mucho” tenga un sentido peyorativo.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.