Tiniebla y toneladas
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El pescador lleva tres horas sin revisar la caña. En el medio del murallón, borroso entre la neblina y la mañana, conversa con el lago. Hace por lo menos quince años que instala la reposera en el mismo punto exacto, tira una línea sin carnada y se sienta en silencio.
Él mismo trató en persona con el ingeniero Dubost, el hombre que salvó la ciudad. Incluso podría decirse que fue el más relevante de sus amigos, para bien y para mal. Se conocieron en junio del 61, a orillas del incipiente ojo de agua que crecía en el lado sur de la muralla, y no se separaron sino hasta la muerte del ingeniero. Desde entonces es una sola la reposera. El pescador no ha dejado de visitar el lago, pero ahora se instala en la altura del hormigón. No quiere estar cerca de la superficie con su compañero tan lejos.
Pedro era un hombre íntegro y estaba orgulloso del dique que había levantado, pero su verdadero amor fue el lago que nació al lado. Se quedaba tardes enteras descalzo, con el barro hasta los tobillos y la mirada paternal. Los días de tormenta se acercaban hasta la desembocadura de los arroyos, gozoso de las aguas frescas que amamantaban la estancada. Cuando lo vieron hablar solo, se defendió diciendo que no hablaba, solo respondía. Claro que las sospechas de su locura lo dejaron afuera del mundo laboral, pero él no sufría esas visiones, las disfrutaba. A lo mejor no podía vivir sin ellas. Dedicó todos los días que le quedaban a sentarse en la orilla con el único amigo que eligió creerle. Como algunos se burlaban a la pasada, resolvieron ponerse un gorro y llevar cañas.
El lago es Lehe, Tehema y Jushren. Tiene muchas voces y muchas madres. Las nubes y el corazón de las piedras, las lágrimas y la sangre. Habita esta cuenca desde antes que las sierras se levantaran. No recuerda todos sus orígenes. Sus corrientes cautivas aceptaron al ingeniero Dubost y a su murallón como padres adoptivos y le susurraron memorias.
Lo único que ya estaba antes que Lehe era Wedádëngu, que fue una de las fuerzas que endureció la piedra de Pangea y nunca se evaporó del todo. Wedádëngu es Iblís y sombra, azufre y arsénico. Es una flor llena de moscas y un perro con espuma en la boca. Vivió milenios bajo tierra hasta que empezó la lluvia y las sierras inundaron las napas. En las profundidades se mezcló para siempre con el agua, hasta que salió a la luz por un surgente.
Wedádëngu se camufló en las corrientes y paseó por los arroyos de aquel mundo quebrado. Los dientudos se arrancaron las escamas y las comieron panza arriba. Los teros hicieron silencio y ahogaron a sus pichones en el barro. Aprovechó los tramos poco profundos para evaporarse y escapar con la neblina. Supo ser lluvia y más tarde bebida. De él tomó el recolector que saltó al acantilado y el cazador que hirió al ciervo y lo encontró luego de un mes, en el mismo lugar, todavía respirando y con los ojos abiertos.
Wedádëngu nadó en la caramañola del brigadier Martín Rodríguez y en el buche de ñandú del cacique Tandil. A los dos hombres los embriagó con la sed más natural de todas y reemplazó sus intereses territoriales por lujuria de violencia. Las cenizas de tolderías, las medallitas arrancadas y las osamentas de caballo no hicieron otra cosa que alimentar los arroyos ennegrecidos y eufóricos. Lehe siguió arrastrándose, sometida a su ciclo inevitable. Llovió sangre y, cuando coaguló, llovió barro.
Wedádëngu se coló en la pava negra de Gerónimo Solané y Jacinto Pérez, y se cebó en un mate sin curar. Esa noche soñaron con el diluvio más hermoso de sus vidas, con el más irresistible de los barros. Fue el cauce de ese mismo arroyo lo que siguieron a oscuras Tata Dios y El Adivinador para llegar hasta el centro y degollar a treinta y seis personas en Año Nuevo. Al arroyo fueron a parar los facones y también el trabuco que se asomó por los barrotes y ejecutó al curandero en su calabozo. No vivió para ver el diluvio prometido, pero el entierro lejos del cementerio devolvió su cuerpo a la humedad.
Lehe lloró cascadas en 1912, cuando escuchó el suicidio de la Gran Piedra y vio salir de su vientre partido los diecisiete walichús que la hacían latir desde el origen. Las plagas volaron a lo más alto de las sierras del sur y se dejaron morir en los charcos de las cuevas. Wedádëngu las sorbió y enloqueció de poder. En la madrugada del 11 de abril de 1951, una pared de agua negra se levantó y entró a traición en la ciudad. La corriente parda arrancó casas enteras y ahogó inocentes mientras dormían.
El ingeniero Dubost creó una jaula sin saberlo. Las sierras le regalaron pedazos de su cuerpo para la construcción, avergonzadas de su pendiente culpable. Lehe chocó contra la muralla de hormigón implacable, con la inercia del ciclo infinito, y se retorció sobre sí misma. Su cuerpo se hizo pesado en la gravedad del pozo y decidió echarse a parir el lago.
Wedádëngu bajó apurado y ciego por el arroyo San Gabriel, pero Lehe lo estaba esperando agazapada en su lecho, en su aiken, en su trampa, en su shram. El malo se vio estancado y se arremolinó desesperado, como las ratas en un canasto, pero no encontró curso de salida. Entonces el joven lago se tragó a Wedádëngu por el más hondo de sus esófagos y lo sepultó en lo profundo de su estómago, muy abajo del bentos, entre arcilla y tosca. Lehe es rocío y vapor, pero también es tiniebla y toneladas.
El pescador mira las gallaretas de la superficie. Siempre esquivan el centro del lago. Bajo sus plumas, en lo invisible, están las tanzas y los anzuelos, el vidrio y los peces. Más abajo, en lo perdido, hay llaves y revólveres, anguilas y alambres. Más abajo, en lo olvidado, los hornos y las pircas, los huesos y las acacias. Al fondo, el sedimento y la piedra madre. Más abajo, en lo inimaginable, Wedádëngu.
Se acomoda el gorro y acerca la conservadora. Solo él y los suicidas pueden escuchar el llamado hambriento que llega desde lo profundo. Pedro sabía hacer esto sin asco, tal vez con cierto cariño. Solía decirle que lo más difícil no era hacer un dique, sino darle de comer. Mete la mano entre los hielos y saca una de las lenguas que eligió con cuidado. Dice las palabras y la tira al agua.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.