La gallina de los huevos de plata
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Nos espera un futuro que siempre tenemos que construir, sin olvidar el pasado ni dejar que el presente nos avasalle. La esperanza de un mundo mejor, más digno y más justo, estará en las manos de los que tomarán la posta. Esperemos que sepan optar por el ser más que por el tener más, e ir hacia una humanidad más solidaria. Nuevo siglo, nuevos desafíos, ¿nuevo hombre?...
Daniel Eduardo Pérez.
En el contexto de cualquier programa de debate interdisciplinario y orientado al futuro, resulta obligatorio tener bien acomodado el espejo retrovisor. El progreso no suele tener cinturones de seguridad y aquel que ignora su historia está condenado a chocársela. En estos locos y nuevos años veinte bailamos el charleston con los pulgares e ignoramos el crack bursátil y los campos de concentración que esperan atrás de la loma. Lo ignoramos, pero olemos de a ratos el hilo de la desgracia inevitable, la calma ansiosa de la tormenta inminente, y nos tapamos las narices con perfumes modernos y flores sintéticas. Avanzamos sin acelerar demasiado, abrazando con miedo a una juventud que envejece y se nos muere en el asiento de acompañante. ¿Cuántos se prepararon para rendir el examen de la adultez, pero encontraron el aula vacía y se quedaron en el pupitre esperando al docente? No dejaron de repasar los apuntes, para su propia tranquilidad, pero la verdadera prueba era levantarse y salir a buscarlo. Disculpe mi opacidad; con esto quiero decir que la pregunta ¿cómo crecer? solo puede plantearse después de la pregunta ¿me animo a crecer?
Para pensar cómo será nuestra ciudad a mitad del siglo puede ser divertido pensarla en los inicios del mismo. Todo depende del recorte que uno haga: se puede elegir contar que en marzo del 2000 El Eco construía su primer estudio de televisión y ensanchaba exponencialmente su cauce de comunicación, o bien podría uno detenerse en la historia de Norberto Roglich, que una mañana del 2002 se metió al banco a pedir sus ahorros con una granada en la mano, o por qué no recordarles a los jóvenes la existencia de Matías Bello, que en el 2001 se voló la cabeza en la oficina del intendente y frente a las cámaras en vivo. Las tres cosas son tan espectaculares como verídicas, y nombrarlas no tiene otro fin más que despertar la virtuosa curiosidad. A lo mejor la historia nos deja pequeñas miguitas de pan para cuando peguemos la vuelta por los mismos caminos.
Ahora que Elon Musk materializó de una vez el auto volador, hemos alcanzado el futuro. Al menos el último futuro que llegamos a imaginar con tiempo y con ganas, cuando el nuevo milenio todavía prometía un mundo con los colores del Frutiger Aero. A partir de entonces, la zanahoria que creíamos perseguir se nos pegó en la frente y nos tapó la vista. El futuro nos llega antes que la imaginación; por eso no tenemos tiempo para esperarlo, sino esta urgencia constante por tratar de comprenderlo.
Hace diez años, Daniel Eduardo Pérez esperaba que quienes tomen la posta “sepan optar por el ser más que por el tener más”. Lo cierto es que la mayoría de los jóvenes no tienen nada, así que no les quedará otra que ser algo.
El "tener" ha quedado clausurado por la inmediatez de la supervivencia. Para un joven sin herencia, la idea de comprar un terreno, levantar paredes o adquirir una infraestructura es un plan para la próxima vida. La propiedad material es un club exclusivo del cual quedamos afuera por falta de edad. Sin embargo, el recambio generacional no se suspende, sino que encuentra su curso entre las piedras.
En esta nueva crono-simbiosis, los dueños analógicos de la tierra necesitan desesperadamente la fluidez de los inquilinos digitales. Sus empresas han logrado erigirse en el mundo material, pero siguen anotando los datos en un cuaderno Gloria o, en el mejor de los casos, en un Excel. Mientras tanto, cada vez más adolescentes juguetean con Claude hasta lograr que haga milagros. Siguen sin tener nada, pero pueden ser programadores, diseñadores, contadores y publicistas.
Así, una generación se encuentra con la otra en pleno lustro fronterizo: una celosa de sus tierras, pero ansiosa de soluciones virtuales; la otra sin nada que perder, con una alcancía llena de tokens.
Tandil ha ostentado siempre una economía de muchas caras: en algún principio bastó con saber matar indios, desde entonces la carne, la leche y los granos, también la piedra y los fierros, después el turismo y la gastronomía, los bares y las despensas. ¿Cuál de todos esos sectores no necesita hoy de un joven y su amigo Claude? ¿Cuánto tardará en envejecer esta gallina de los huevos de plata? El oro ya lo tienen los otros. Sospecho que durará hasta que los dueños mueran y sus herederos, nativos digitales, puedan prescindir de intermediarios.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.