Mano a mano: la herencia del duelo
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En las puertas de un boliche conviven el perfume y el humo, el murmullo y la música, los unos y los otros. Suele reinar un bullicio, una orquesta de charlas superpuestas y canciones distorsionadas de fondo. Pero sabrá usted que existen algunos momentos en que, como por arte de una magia oscura, el más coordinado de los silencios inunda la vereda. Una ráfaga de viento frío acaricia la nuca de los presentes y todos se callan al mismo tiempo. Pero no pasa ningún ángel. Es más bien un resabio ancestral, la voz de nuestro instinto que nos dice “¡Cállense y observen! El hombre va a atacar al hombre”.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEn la quietud, comienza a sonar el inconfundible crujido de suelas que raspan el asfalto y respiraciones que se agitan. Todas las cabezas giran en el mismo sentido, hipnotizadas, imantadas por ese tumulto amorfo y ciego que rebota allá al fondo, entre la gente. Son dos personas trenzadas en una pelea. El nudo de carne se retuerce, salvaje, indisoluble. El resto mira con la boca abierta, obnubilados por el espectáculo. Son ordinarios romanos en la cávea del Coliseo, borrachos de vino, deslumbrados por el sudor y la sangre de los gladiadores. Incluso aquellos que logran reaccionar a tiempo sacan sus celulares y graban, con la esperanza de capturar un poco de esa violencia en estado puro.
Para los involucrados, los segundos se sienten años. Su vida entera se reduce a la anatomía, el alrededor desaparece y los milenios de civilización se olvidan. La adrenalina suprime cada eco de humanidad, cada rastro de dolor. Se han vuelto invisibles los amigos que intentan separarlos. No hay recuerdos del lenguaje. Han olvidado que hace un rato se bañaron, eligieron su ropa y pagaron la entrada. Son sólo dos cuerpos en una llanura primitiva. Animales que entrecierran los ojos, aprietan los dientes y tratan de golpear la otra cabeza como sea. Los manotazos en la nariz hacen saltar las lágrimas, los de la panza sacan el aire. Mañana aparecerán dolores que hoy no perciben. Cada rasguño, cada roce de un cuerpo enajenado, poseído por la violencia más profunda y desconocida. Cada consecuencia inevitable de una batalla sin ganadores.
Un tercero, confundido por la impotencia, amaga a meterse en la pelea. Los de al lado lo frenan de inmediato. “Es mano a mano”, dicen, y todo sigue su curso. Finalmente, se escucha el golpe seco de hueso contra hueso y uno cae al piso. Su cabeza apenas roza el cordón de la vereda. El otro se frena en seco. Acepta el derribo como forma de victoria. No se abalanza, ni festeja, ni huye. Sólo respira y espera. El combate se ha consumado. No han intervenido terceros y se ha peleado a mano limpia, sin traiciones. Sus amigos sonríen y le palmean la espalda.
Cuando los segundos transcurren y la adrenalina se disipa, el terror invade su cuerpo. Ya no es aquél miedo a salir lastimado, sino uno mucho peor: que su adversario no se levante y la vida de ambos termine en esa calle, en esa noche. Han vuelto a ser humanos. El otro queda tendido en el asfalto, inmóvil, suspendido en el tiempo. El telón se cierra y regresa el bullicio habitual a la vereda. Los espectadores dan media vuelta y se alejan, imitando los golpes y recreando la escena, satisfechos, por ahora.
¿Por qué los hombres siguen optando por pelear? ¿Por qué persiste en nuestras mentes la idea del mano a mano? ¿De dónde viene este rito atávico? ¿Por qué fascina a los espectadores? ¿Cómo algo tan primitivo sobrevive en la era de la hipercomunicación? ¿Cómo lo desinstalamos de nuestra cultura? Más allá de mis posibles conjeturas y de la inevitable falta de respuestas, estas son algunas de las preguntas que debemos hacernos para comprender uno de los núcleos principales de la violencia y encontrar así formas más efectivas de erradicarla. Lo cierto es que las piñas siguen volando y en la mayoría de los escenarios lo que se busca no es defenderse, sino validarse.
En primer lugar, es necesario separar este ritual de las infinitas formas de violencia asimétrica y los ataques cobardes que vemos todos los días, donde hay un culpable y una víctima claros. Por ejemplo, los ataques en patota o la violencia de género. Tampoco hablaremos hoy de aquel que está obligado a defenderse con uñas y dientes porque se encuentra acorralado. Cometería el error de abarcar más de lo que puedo recorrer, y entonces preguntarme cosas como ¿cuántas formas puede adoptar la violencia en esta época? O peor aún ¿de dónde sale tanta violencia?
En esta oportunidad, en cambio, nos interesa cuestionarnos por qué dos personas -hombres- concuerdan pelear con sus puños en ámbitos sociales. Intentaremos trazar una línea que separe esta ceremonia compartida de las formas de agresión unidireccionales. Sería útil identificar cuáles son los residuos culturales que nos permiten concebir, aún al día de hoy, el combate físico como un posible acuerdo entre pares, capaz de solucionar algo. Comprender cómo el mito colectivo del mano a mano a piñas sigue vigente y moldea a las generaciones.
Lo que sí podemos hacer, entonces, es observar cómo la mayoría de las peleas de boliche están articuladas por las antiguas gramáticas del duelo, que atraviesan de punta a punta nuestra historia. No es sólo una furia irracional lo que mueve a quienes se invitan a pelear, sino la reproducción de un proceso simbólico heredado, con una intención y estructura. La idea de dos hombres que, en igualdad de condiciones, consienten resolver con el cuerpo lo que las palabras no pudieron. Porque el duelo, en su definición más pura, no busca la destrucción del otro, sino la restitución del yo. Es el desesperado intento de volver a ser alguien ante la mirada de los pares. Lo que se ve en esos enfrentamientos no es otra cosa que el antiguo fantasma del honor masculino, recordándonos que, a pesar de los siglos de evolución, todavía no encontramos una forma más civilizada de sanar el orgullo que no sea usando los nudillos.
Hace 200 años, el General San Martín promovía los duelos entre sus granaderos. Él mismo se ofrecía como padrino para legitimar el cumplimiento de las reglas. Imagine usted que los combates entre iguales para regular prestigio ya derramaban la sangre del Ejército Libertador. Esto tampoco es ajeno a nuestra identidad cultural; José Hernández pinta estas conductas en el libro nacional. Martín Fierro entra a la pulpería y provoca al Moreno diciendo “A los blancos hizo Dios / a los mulatos San Pedro, / a los negros los hizo el diablo / para tizón del infierno.”. Frente a la humillación pública, el Moreno se ve obligado a batirse en duelo. Es la única manera de recuperar su orgullo. En “El sur”, de Borges, Juan Dahlmann se sienta a comer en un almacén desconocido y unos peones borrachos lo provocan tirándole miguitas de pan. Se levanta para retirarse, dispuesto a evitar la pelea. Pero justo antes de salir, uno de los espectadores lo llama por su apellido. Al perder su ilusión de anonimato, Dahlmann debe validar su hombría y enfrentar a quienes se burlan de él, porque “Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos.”. Elige entonces la derrota segura antes que la cobardía, “hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando”.
De manera similar, en un boliche de Tandil, dos jóvenes se chocan por accidente y un vaso se vuelca. Ninguno se disculpa. Se miran fijamente, hasta que alguno masculla “¿Qué mirás?”. Luego un insulto y una respuesta. Un empujón que va, otro que vuelve y una invitación a pelear que ambos aceptan, envalentonados. Ninguno de los dos sabe bien por qué, pero poco importa el disparador. Ya se han retado a duelo y nadie quiere ser un cagón. No están cegados por la ira, ni sedientos de venganza. Ni siquiera se conocen. Con las manos temblando, caminan unos pasos para alejarse del resto y aquél viento frío empieza a soplar entre las nucas.
Cuando se desata el fuego, los testigos se empujan para ver y grabar mejor. Por algún motivo, desean presenciar la riña. Tal vez los espectadores experimentan esa catarsis de la que hablaba Aristóteles, y observan las trompadas ajenas para liberar su propia adrenalina, sin tener que tomar riesgos. Pero estas tragedias no son actuadas, y aquellos que miran son parte de la ceremonia. Quizás cargarán también con el peso de las consecuencias.
En las redes sociales, los videos de peleas callejeras se viralizan más rápido de lo que tardan en ser censurados. Por algún motivo, nada sostiene tanto el foco de atención como dos personas pegándose. El engagement no miente: la pantalla es un lugar seguro para permitir esa atracción violenta, para alimentar esa curiosidad morbosa. Por mucho que se esfuercen los creadores de contenido, ningún material supera la grabación de un mano a mano real.
La música, por su parte, está repleta de narrativas sobre duelos por orgullo. Desde el tango hasta el trap, casi todas las letras escritas por hombres hablan sobre peleas. En la escena urbana, los artistas compiten por ver quién es más gángster. Los referentes encarnan el ideal de la violencia. L-Gante expresa con claridad “Y si me están tirando a mí, que me nombren, que la calle es pa' hombres (...) Si te hacen renegar, entonces, dale”. Zaramay, por su parte, diría “Les mando la ubicación y lo arreglamo' en la calle” o bien, “Zaramay, negro, es mi nombre, por si van a matarme. Acá sí somos hombres, y hacemos correr la sangre” y así una lista de ejemplos interminable. La calle, que representaba comunidad, experiencia y astucia, se convierte en un terreno de masculinidad tóxica y combate entre pares.
En muchos jóvenes de la era digital, las peleas callejeras “justas” (de acuerdo a las lógicas del duelo), no provocan un repudio a priori, sino cierta fascinación. Es exactamente esta falta de rechazo colectivo lo que permite que la coreografía siga existiendo. No se necesita un descargo institucional, ni una primicia mediática ni la advertencia de adultos, sino un cambio profundo en nuestro ideario que corte de raíz la romantización de estas prácticas. Una evolución cultural en la que los héroes huyan de los bares antes de lastimar a un semejante por una ofensa mínima. Una comunidad que no acepte las peleas siempre y cuando sean parejas y pactadas, sino que olvide por completo la posibilidad de levantarnos la mano. Aunque se respeten las “reglas” de la calle, golpear la cabeza de alguien es, de cualquier modo, un intento de asesinarlo.
Si se me permite traer de la muerte a la figura del autor, diré que la única intención del texto es traer este tema a la mesa de debate. Usted luego unirá los puntos, o no. Carezco de respuestas terminadas, no dejan de abrirse puertas en mi búsqueda de conclusiones. Nos acostumbramos a que la violencia nocturna se aborde desde titulares rimbombantes como las patotas, el alcohol o los detalles explícitos de cada caso; pero ignoramos los patrones culturales que sostienen el paradigma de la pelea. No reparamos en los entramados discursivos que mantienen viva la lógica del duelo, la idea de que algunos problemas pueden ser resueltos “como hombres” y ya.
Finalmente, sí estoy seguro de que esos códigos son, en realidad, una trampa. La idea arcaica que nos instalaron dista mucho de lo que ocurre en la cruda realidad: no hay ningún honor en el duelo. Sólo hay víctimas en esta falsa épica. Los conflictos no se resuelven sino que empeoran y se vuelven impredecibles, fatales. Los jóvenes mueren con la vida por delante; y con él mueren sus pares, sus familias, muere la sociedad, morimos todos. Es ahí donde sobrevive la herencia más amarga de nuestra propia barbarie.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.