El duelo de la postal
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En Tandil no nos conocemos todos. Mire a esta gente apurada, ajena. Observe las obras que avanzan, escuche a los hombres que piden. A la ciudad con uno de los mayores crecimientos urbanos del país, algunas prendas ya le quedan chicas y algunos conflictos aún le quedan grandes. Nosotros, sus habitantes, todavía estamos aprendiendo a tratarla como nos pide: no como el pueblo dócil, predecible e ideal que soñamos, sino como la ciudad adolescente en que se ha convertido. Entre el ruido y las nuevas caras, atrás de los problemas y los cambios, está la esperanza.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailSi se encuentra en Tandil y levanta la vista, lo más probable es que vea sierras en el horizonte. Ahora imagine que, así como usted las mira, las sierras lo miran a usted. Recuerde que ya estaban justo ahí hace dos mil millones de años. Se formaron antes que la capa de ozono, cuando el aire no se respiraba y los mares ardían. Por tanto, vieron nacer el cielo. Todo lo que conocemos pasó frente a ellas mientras los vientos y el agua se llevaban sus sedimentos y redondeaban sus puntas. En silencio, inmutables, imponentes ¡Qué viejas serían ya cuando los Puelches llegaron! Sintieron tal vez cosquillas cuando esas personas les caminaron el cuerpo por primera vez. Las tribus agradecían sus piedras como refugio y sus plantas como alimento. No querían cambiarles nada.
Pero luego vieron llegar a otras personas, que se instalaron a sus pies y construyeron un fuerte. Trajeron sus propias semillas y encerraron a los animales. Esta gente también valoraba sus piedras, pero las necesitaban allá abajo. Debían arrancarlas, picarlas y llevárselas para construir calles y llenar vagones que iban hacia quién sabe dónde. En un parpadeo de las sierras, la colonia humana comenzó a expandirse en todas las direcciones. Las cumbres observaron mudas cómo la mancha iluminada avanzaba sobre los pastizales como aceite derramado.
El avance espantó a los ciervos, a los pumas y cubrió los arroyos a su paso. Cada vez más personas llegaban y se sumaban a la estampida. En su milenaria vigilia, las sierras nunca habían imaginado el estruendo de la dinamita. Quizás sintieron dolor al quebrarse sus rocas y ver los enormes huecos que quedaban. Habrán visto anonadadas a nuestros pequeños cuerpitos llevándose más cantidad de piedra en una semana que la erosión en miles de años. Pero el crecimiento no se detuvo, sino que aceleró. Cuando la marea de casas se desbordó, las orillas urbanas treparon las sierras. Desde entonces, las olas golpean sus pies y salpican cada vez más edificios a sus laderas. Frente a todo eso está usted, lector, cuando las contempla. Esas piedras estaban acá antes y seguirán ahí cuando ya no estemos. Mírelas bien y dígame si no siente que ellas también pueden observarlo.
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Dejemos de lado el time-lapse ilustrativo, bajemos de las sierras a la plaza del centro, y volvamos a la actualidad. Sabemos por el último censo que nuestra ciudad creció más de un 20% en los últimos años. Tandil recibe aproximadamente cinco personas nuevas por día. Sin embargo, más allá de las frías estadísticas y de las graves consecuencias que esto supone en términos de urbanización (tema que dejaremos a los expertos), los vecinos enfrentan otro duelo: la ruptura de su imaginario tandilense.
No es fácil asimilar el cambio de las cuadras donde crecieron, aceptar que tal vez no es este el Tandil que esperaban, pero sí el que tenemos. En las veredas hay ahora casas sin historia y caras sin apellido. La claridad del pueblo se borronea por la niebla del anonimato. Ya no sabemos quién es, qué hace ni qué hizo. Incluso a veces no podemos siquiera encontrar un conocido en común. Esto puede desconcertar a los Nacidos y Criados en Tandil (NyC), acostumbrados a reconocerse entre ellos y a los comentarios de boca en boca vecinales.
El crecimiento poblacional aún no ha logrado desinstalar de nuestras cabezas la idea de Tandil como una pequeña y tranquila ciudad, donde la calma se confunde con monotonía. Una idea que probablemente heredamos de nuestros padres y que viene desde los fundadores de la ciudad. Creemos saber lo que pasa, pretendemos conocer al resto. Nos convencimos de ya haber descubierto lo que se esconde en las calles y ya no salimos a explorarla. Mientras tanto, nuevas personas llegan todos los días desde distintos lugares y se integran a la convivencia. Las casas se transforman en edificios y los autos hacen filas. Los que tienen poca conciencia y mucho dinero construyen sus casas en las sierras en un intento por escapar de la creciente densidad y que sus patios les recuerden el Tandil del pasado. Quienes estamos presenciando el cambio, esquivamos con la vista los andamios y ladrillos para buscar ese fondo de piedra y plantas que aún está ahí, atemporal, abrazándolo todo.
Por su parte, los recién llegados habitan la ciudad sin darle mayor importancia a los mandatos pétreos. No pretenden encajar en ningún molde heredado y desconocen cualquier código de linajes. Frecuentan los lugares de su propio interés y se relacionan con gente afín. Para ellos, Tandil tiene la magia de una hoja en blanco. Por suerte, el ruido que trajeron ha dificultado los circuitos del rumor que estaban tan aceitados en la antigua ciudad. El movimiento ha revuelto las aguas estancadas, derrumbó las normas establecidas y dejó obsoleta cualquier jerarquía social. La multitud en movimiento se resiste a ser señalada con el dedo. Aquellos pequeños dejos de prosapia aristocrática han quedado en los sueños del granero del mundo, en una época de elegancia prestada, en los ecos de un pueblo encerrado dentro de cuatro avenidas que quería maquillarse de Europa. En el nuevo Tandil, el tribunal de saquitos de té y tazas de porcelana que sostenía el “pueblo chico, infierno grande” se diluye entre las nuevas masas que no conocen a nadie. Una ciudad de extraños es una ciudad donde todos somos igualmente aceptados.
A su vez, propio de esta adolescencia urbana, hay que aceptar que la ciudad no responda como antes. El Tandil donde “nunca pasa nada” ha sido alcanzado por la realidad. Lo soñado ha bajado a tierra. De nada sirve negarlo. Cuando la población se desarrolla más rápido que la ciudad, mucha gente queda fuera del sistema. Es momento de reconocer que dejar una moto afuera o una puerta sin llave conlleva un innegable riesgo de robo. Quizás crucemos también vendedores ambulantes en las cafeterías del centro. Lamentablemente, los brazos de esta ciudad joven aún no pueden abrazar a todos. Con lo bueno y con lo malo, el carácter local muta e instala nuevas tendencias, pide nuevos espacios y propone nuevos desafíos.
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Nuestra sociedad se ha vuelto más heterogénea y, por lo tanto, más libre. Ahora es importante generar espacios culturales, laborales y de opinión que capten a la diversa totalidad de personas y generen sentido de pertenencia. Necesitamos encontrar pegamentos sociales que conecten a los que estaban con los que llegan. No bastan los lugares y eventos genéricos, propios de un pueblo o ciudad chica, para incluir a los nuevos integrantes a la vida social. Las nuevas búsquedas deben contemplar una variedad de voces e intereses más amplia y específica para adaptarse al crecimiento demográfico. Aquella vida social ya no es única, homogénea ni delimitable.
Que algo o alguien sea de Tandil ha dejado de ser un motivo suficiente para definirlo. Las cosas no ocurren en un solo lugar a la vez, sino en simultáneo, por lo que hay más de una opción para todo. Es entendible que al NyC esta vorágine lo tome por sorpresa. Pero cuando logre actualizar su imaginario local, cuando cambie la forma en que imagina su ciudad y deje ir esa postal ideal de aldea serrana, volverá a enamorarse. Verá una ciudad con novedades y problemas, pero moderna, cambiante y culturalmente frondosa.
El crecimiento representa sin dudas una ventaja para Tandil. Las ciudades que se mantienen estáticas están condenadas a morir lentamente entre el polvo y los recuerdos. Sus habitantes pierden el interés y dejan de descubrirla. Los eventos se vuelven repetitivos y el suelo cultural se erosiona. Los discursos pierden diversidad y lo desconocido no encuentra chances para irrumpir y cambiar las mentalidades. Es cierto que la familiaridad genera confianza y cooperación, pero la falta de anonimato fomenta los prejuicios.
Una ciudad en crecimiento es una ciudad rebelde, que se mantiene joven y dinámica. Esa inyección de diversidad permite cuestionar paradigmas antiguos y hacer florecer ideas. Por supuesto, exige un buen plan de ordenamiento y una correcta adaptación. Abajo de las casas que derrumban y los complejos que levantan, siguen los mismos caños y las mismas cloacas. A nosotros nos toca visualizar el nuevo Tandil y transitar el cambio de idiosincrasia. Cuando logremos unificar los viejos y nuevos sectores bajo una misma identidad tandilense, compartiremos el ocio de la misma forma que las problemáticas y la heterogeneidad será nuestra fortaleza.
A quienes hemos nacido y crecido acá, estos vientos de cambio nos devuelven algo valioso que habíamos perdido: el misterio. No sabemos qué se ofrece ahí afuera, no conocemos a nadie y nadie nos conoce. Es una excelente noticia. Podemos salir a caminar por el centro y dejarnos sorprender por las propuestas, buscar la que más nos represente y simplemente entrar. Tal vez vestirnos de cosplay y jugar un juego de rol en el café de Yrigoyen, donde encontraremos colegas que irán a hacer lo mismo. O bien disfrutar de una performance de Drag en el Teatro Bajo Suelo, o un show de trap local en algún bar del centro, un café literario, una fiesta de dancehall, y otros eventos de lo más específicos. Lo interesante es que podemos descubrirlo. Pruebe prescindir de algún plan típico entre conocidos para darle un tiempo a recorrer y conocer espacios nuevos, tal como se hace en las grandes ciudades. Le prometo que Tandil no va a decepcionarlo.
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Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.