La rentabilidad de los sueños
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Si usted le pregunta a un niño qué quiere ser de grande, podrá vislumbrar en el brillo de sus ojos el reflejo de mundos fascinantes y desconocidos. Verá en esas pequeñas pupilas el destello de galaxias azules, palacios enormes y tesoros enterrados. Son planetas lejanos, universos perdidos dónde aún no se han inventado los alquileres, ni las cuentas, ni los fracasados. Es el mundo dibujado en el afiche del salón, donde todas las personas tienen la misma sonrisa y unen sus manos para darle la vuelta al globo. Ese mundo lo dibujó Paula, la seño de arte. Los chicos le dicen que cuando sean adultos, como ella, van a poder hacer lo que siempre quisieron. Que aprenderán a tocar la guitarra, a escribir canciones y pintar cuadros. Que serán grandes inventores, deportistas, veterinarios, magos y bomberos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPaula vuelve de la escuela en colectivo, con los ojos fijos en la calculadora del celular. Las matemáticas nunca fueron su fuerte, pero nadie escapa de los números. Escribe con timidez el valor de su sueldo y le resta los gastos fijos de existir. La cuenta da en negativo. Cierra la calculadora y abre Marketplace, donde tiene en venta su micrófono desde hace más de una semana. No hay mensajes nuevos. Rebaja el precio al mínimo posible, nada más y nada menos que lo necesario para llegar a fin de mes. Bloquea el celular y mira por la ventana. Aquel no es el mundo que ella dibujó.
Los niños no sueñan, ellos habitan aquel espacio mágico donde todo es posible. Somos los adultos quienes conservamos sólo un leve residuo onírico de aquellos campos de ideas extravagantes. Hemos sido expulsados del edén, y destinamos toda nuestra energía a sobrevivir en este desierto materialista. Anhelamos la estabilidad económica porque necesitamos comer todos los días y dormir bajo un techo; y ambas cosas están muy lejos de ser gratis. Pero confundimos estabilidad con éxito. La realidad es que ese éxito es, muchas veces, el nombre que le ponemos a una renuncia bien pagada. El sistema nos obliga a justificar nuestra existencia a través del rendimiento y la productividad. Nos pide que dejemos nuestros sueños más profundos en un baúl hasta olvidarlos, o hasta sentirlos tan ajenos que parezcan los delirios de un niño inocente. Quizás en algún momento de la vida, cuando todo lo “importante” se haya resuelto, podremos ascenderlos al título de hobbie, y dedicarles algunas horas a la semana. En otras palabras, ponemos una lápida de mármol sobre algo que solía estar vivo para poder visitarlo en nuestros tiempos libres, si es que la rutina nos da permiso. Usted verá que, al final del día, habremos construido una casa perfecta, eficiente y bien iluminada, pero sin rastros de magia.
Nos enseñaron a volvernos expertos en la higiene del instinto; desinfectamos la vida de cualquier dejo de asombro infantil hasta que solo queda la cruda y aséptica realidad. Con la precisión de un cirujano que extirpa un órgano, vamos amputando de nuestra agenda cualquier gesto que no produzca un resultado material. De esta manera, separamos nuestras pasiones de nuestras obligaciones y las ubicamos bien lejos entre sí, para no mezclarlas. La rutina se convierte en una constante espera bajo la promesa de que llegará un momento más adecuado para retomar aquellas fantasías. Un momento utópico al final del camino, donde habrá más tiempo, más dinero y más ganas para afrontar el gasto de perseguir nuestros sueños. Así, morimos esperando.
Afortunadamente, algunas personas han comenzado a sospechar que los sueños no son algo que debe perseguirse, sino una parte constitutiva de lo que somos. Intuyen que aquellos no son sólo proyectos inalcanzables, volando lejos, como pájaros exóticos que deben ser avistados. En cambio, son los materiales que componen la brújula del alma. Mejor aún, algunos han demostrado que también pueden encarnarse en oficios. Entonces ya no es una o la otra: trabajar o soñar. Ahora quizás exista la posibilidad de que ambas puedan integrarse dentro de los mismos planes. Sus corazones no entienden cuál será el sentido de vivir posponiendo los proyectos que motivan cada uno de sus latidos. No encuentran ninguna renta en liquidar lo que uno es para poder pagar lo que uno debe ser. Desconfían de soportar un trabajo para poder costear pequeñas migajas de disfrute. Han descubierto que cuando las obligaciones y el propósito coinciden en la misma rutina, y en el mismo esfuerzo, la felicidad deja de ser un gasto para convertirse en un capital. Un capital inmaterial, invaluable e innegociable. Los sueños, entonces, son una gran inversión.
De todos modos, usted sabe que nadie se salva de pagar las cuentas. Habitar los sueños brinda capital emocional, pero no siempre es la opción que más dinero produce. Aquellos obnubilados por sus sueños buscan formas de ganar los fondos necesarios para cubrir los gastos y materializar sus visiones. Por supuesto que tienen miedo, de eso no tenga dudas. La diferencia es que estas personas no han resignado sus sueños para hacer más dinero y tener así menos miedo, sino que buscan la manera de conseguir el dinero suficiente para poder seguir viviendo su sueño.
Además, algunos enfrentan la tiranía de la opción perfecta. Se resisten a resignar sus ilusiones y entregarse a la mediocridad de cumplir, pero se debaten entre una infinidad de caminos posibles y la incertidumbre los abruma. Han elegido escuchar lo que dice su corazón, pero para seguirlo deben traducir esas palabras al idioma material y económico. Más allá de las dudas, de los ingresos, de los aciertos y los fallos; ya están avanzando en la dirección correcta. Ninguna cantidad de dinero puede pagar la deuda con nosotros mismos si elegimos acallar nuestra voz interior.
La seño Paula vuelve a su casa mirando por la ventana del colectivo. Aquel no es el mundo que ella dibujó, pero sus sueños siguen intactos. Vende el micrófono para poder llegar a fin de mes y no dejar de pagar las salas de ensayo con su banda. Vienen tocando todos los fines de semana en los bares de Tandil; y hace unos días les escribió una productora para invitarlos a tocar en un festival importante. Tienen que estar bien preparados. A la tarde aprovecha y da clases particulares de guitarra, con eso suma algo más para pagar la sala. Juli, la alumnita, le pidió a su mamá que compre entradas para ir a escucharla en el festival, dice que ella también sueña con armar una banda. La seño Paula, lejos de las matemáticas, siente que cada día le va mejor. Sus pies y su corazón van por el mismo camino.
Yo agregaría que, así como no hace falta perseguirlos, los sueños no necesitan “alcanzarse”. No hay una línea de llegada donde nos reciban con aplausos y laureles para decirnos “felicidades, lo ha alcanzado, puede dejar de correr”. Soñar es, en cambio, una forma de vivir. Cuando uno se mueve guiado por el deseo de no ser un extraño para ese niño que alguna vez fue, ya ha cumplido su sueño. Lo está cumpliendo en cada paso. Usted nunca conocerá a ningún apasionado que no sea feliz. Cualquiera sea su profesión, cualquiera sea su ingreso. Aquellos que vibran con lo que hacen sienten que la vida los atraviesa y el día no les alcanza. Esperan ansiosos las horas venideras igual que un niño en vísperas de su cumpleaños. Porque cuando la pasión es el motor, uno ya no vive para perseguir o alcanzar un sueño, sino que vive dentro de él, y transforma cualquier tarea en trazos de su propia libertad.
Por último, usted verá que la gran mayoría elige perfeccionar moldes ajenos, caminando por senderos marcados sin considerar si sus sueños caben en el presupuesto de esa vida. Sin embargo, en secreto, esperan que los soñadores nunca se extingan; porque en este mundo que se vuelve gris de tanta productividad, ellos son los únicos que todavía conservan los pinceles.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.