Algo hay que decir
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Ya en la escuela aprendemos a aseverar cosas que no dominamos. Los niños uniformados se amontonan alrededor de la puerta del salón mientras revolotean murmullos y hojas pintadas con resaltador amarillo. Alumnos con anteojos se esconden sus propios apuntes y miran fijo al horizonte con ojos desenfocados para probar la memoria y recitar lo estudiado. El recreo previo a la prueba es una cuenta regresiva. Los tributos forman fila para entrar ordenados a las fauces del sistema. Lustran y afilan su arsenal de conceptos, recuentan su carcaj de fechas y ordenan su repertorio de mentiras. No hay charlas triviales en la antesala de la evaluación. Incluso aquellos a quienes no les queda nada para perder miran al piso con pavor. No temen enfrentarse al peso de su ignorancia, sino al juicio de la hoja en blanco, que es el color de la rendición.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPero no, ni siquiera los rezagados, que nada saben más que su nombre y la fecha, se entregarán en silencio. Levantarán las lapiceras y escribirán algo. Serán acaso frases sueltas talladas por el sentido común, o bien el vago recuerdo de una anotación en el pizarrón, que vieron de refilón mientras jugaban al truco. Tal vez un dato sutilmente relacionado, extraído directamente de la biblioteca de TikTok; o quizás un sentimiento, una idea, una confesión, un dibujo, un chiste, en fin, un verso. Será ese su grito de existencia, su faro en medio de los mares de porcentajes, su manera de decir yo estuve acá, me enfrenté a la hoja en blanco. Desaprobarán, por supuesto, con el puntaje mínimo: uno. Un punto por la presencia, por el honor, por la guapeza. Cuando corrija, la profesora tendrá en sus manos tesoros perdidos. Textos que nada tienen que ver con el plan de la materia, manuscritos fuera de lugar, nacidos de la presión de las mesas separadas, y sin embargo, de un inimaginable valor artístico. Son garabatos sobre consignas, es la expresión por sobre el conocimiento. Es la pulsión humana de no rendirse sin antes dejar una marca. Así navegamos años y años por el océano educativo, intentando llegar a Ítaca, con barcos llenos de héroes y heroínas que no siempre saben, pero siempre hablan.
Así el mundo se convierte en el recreo previo a un examen. Quién ha de evaluarnos, no tengo idea, pero todos caminan nerviosos queriendo disimular la ignorancia. Buscamos blindarla con términos intrincados, con nombres rimbombantes, con frases hechas. Los que de verdad saben no dicen nada, se quedan leyendo en silencio, marginados por la vorágine. El resto investigamos en Reels y retenemos solo contenido en formato corto. Revestimos los ladrillos huecos de nuestra teoría con noticias de último momento. Nos lanzamos sobre cuestiones titánicas empuñando la espada de la opinión y acabamos apuñalándonos entre nosotros por las diferencias. Así sangramos nosotros y las cuestiones siguen ahí, pastando, creciendo.
Asómese usted al foso de los comentarios digitales, escuche el grito de los usuarios al despedazarse entre ellos bajo un video de 15 segundos. Colosales bestias como la política, la religión, la historia, pero también revoltosas criaturas como el espectáculo, las recetas de comida o el fútbol; todo tirado al mismo campo de batalla, sin jerarquías. Todo marcado por la misma bronca, por la misma sangre. La tecnología nos acercó la violencia a la comodidad de nuestras casas. Sin barreras de tiempo, ni espacio; sin tener que poner el cuerpo. Es la nueva Gran Guerra, sin aliados ni motivos, en pantalla.
Olvidamos que, más importante que saber contestar, es aprender a formular preguntas. Vagamos con nuestras pesadas convicciones de acero sin ninguna intención de intercambiarlas, pero con el ferviente deseo de chocar unas con otras para sacar chispas que incendien de una vez el pajonal sediento. Ya no queremos debatir, cobarde término de los intelectuales y los políticos, queremos pelear. Ansiamos que llegue de una vez el temido examen. No luchamos por respuestas, sino que luchamos con respuestas; y en ese combate de ideales todos se ven obligados a aparentar que tienen clara su identidad, aunque nadie esté del todo seguro, ni del todo informado, ni incluso del todo interesado. Porque entendemos la ignorancia como un punto débil que hay que esconder a los gritos, en lugar de abrazar la humildad del silencio y arar la tierra del saber para cultivar nuevas ideas.
¿A dónde voy con todo esto? Como siempre, a ningún lado; y tal vez, a esto mismo. Hoy me senté frente al parpadeo impaciente de la computadora, con el carcaj completamente vacío. Quise ejercer el sagrado derecho a callarme la boca, fantaseé con entregar un rectángulo en blanco para que descanse usted los ojos de tanta opinión. Pero el pánico a la rendición me pudo. Así que hice lo único que sabemos hacer los alumnos aterrados frente a las fauces del sistema: levanté mi lapicera y empecé a rellenar el silencio. Este es mi dibujo al margen del examen.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.