Cortejo digital
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En la mesa del café, saco mi celular y escaneo el código QR para ver la carta. En la vereda, los gorriones dan saltitos y comen lo que encuentran. Cantan y vuelan, de la baldosa a una rama, de la rama a las tejas. Revolotean sobre nuestras cabezas gachas y un poco se ríen de nosotros y esas risas caen del cielo como miguitas de pan. Su tiempo no tiene números y sus alas burlan las reglas del espacio. Ignoran por completo nuestra histeria de píxeles. Veo a un gorrión macho saltar alrededor de una hembra. Infla el pequeño pecho y levanta la cola, con sus alas abiertas. Ella no se inmuta. Dicen los streamers que pasó de moda mostrar demasiado interés. Vuelvo la vista a mi rectángulo de vidrio para retomar mi simulacro de elección.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailMiro hacia la puerta unos segundos antes de que aparezca mi amigo. Llevo un rato siguiendo su ubicación en tiempo real. Pide lo mismo que yo, y pasamos de inmediato a nuestra rutina de siempre. Él me cuenta las idas y vueltas de sus amoríos; yo pienso en las caras y contracaras del romance moderno. La mesera deja nuestros cafés y, antes de irse, le sonríe a mi compañero. Nuestra charla dura lo mismo que las tazas.
La situación actual es de delicada espera. Anoche le reaccionó una historia a Sofía, para tantear el terreno, pero ella sólo respondió con un like. A medida que pasan las horas, el panorama se vuelve menos prometedor. “¿Qué fue lo que le dijiste?”, le pregunto. "Un emoji de carita enamorada", dice. En ese pictograma se condensa la atracción, el acercamiento, quizás incluso las ganas de juntarse. Pienso en la cantidad de letras que podrían haber ocupado ese cupo comunicativo. “¿Por qué no le escribís algo?”, propongo. Me explica que si hace eso corre el riesgo de quedar muy desesperado, que es fundamental mantener cierto grado de indiferencia para no ser descartado por intenso. El protocolo dicta que ahora debe dejarla en visto hasta mañana a la tarde para no perder valor de mercado. Cuando se cumpla ese tiempo, habrá que considerar otras opciones. Sofía es una chica muy popular, con muchos seguidores. Eso significa que su oferta es muy amplia y, por lo tanto, hay que encontrar la manera de destacarse entre las demás reacciones.
En paralelo, discutimos los movimientos a realizar en otra partida, la de Julia. Acá la especulación es distinta, es un juego de sombras. El objetivo es llamar la atención del otro. Le pregunto a mi amigo si está seguro de que ella está jugando al mismo juego; y efectivamente, no tiene ninguna duda. Hace unos días él la agregó a su lista de mejores amigos, y ella lo agregó a la suya inmediatamente. Es la luz verde del ritual sexo-afectivo digital. “Ya tengo un pie adentro”, me asegura. “¿Y cómo se sigue?”, quiero saber. Ahora las publicaciones deben ser estratégicas, medidas, hasta que alguno de los dos rompa el hielo. Es importante construir la estética seductora en cada función que las redes ofrecen: historias, notas, canciones, reposts. Pensativo, lo cuestiono: “Pero si vos no subís casi nada, amigo”. Me explica que subir pocas cosas es una parte crucial del plan, porque “el misterio es lo que vende".
Luego me narra un encuentro pasado, de algunas semanas atrás. Ana, una chica que vive en un pueblo cercano. Comenzaron de lo más normal: se empezaron a seguir, se agregaron a mejores, se dieron un par de likes y terminaron chateando. Ahí conectaron increíblemente. Desempeñaron sus habilidades de seducción en un conglomerado de mensajes, memes y GIFS que los llevó de la risa al llanto, ida y vuelta. Al cabo de unos días, decidieron dar un paso más e incorporar los audios y las fotos temporales. Me cuenta que fue un poco chocante escuchar su voz por primera vez, que no era como se la esperaba, pero terminó acostumbrándose. También fue raro ver su cara sin filtros, desde ángulos casuales, pero no dejó de gustarle. Además, decidió ignorar algunas red flags evidentes, como las infaltables fotos en boliches cada fin de semana, o los comentarios recientes de un usuario que tal vez sería su exnovio. A pesar de todo siguió adelante, motivado por la ilusión de ese nuevo romance, alimentando sus fantasías con todas las publicaciones de aquel feed. Iba y venía desde la última foto hasta la primera, mientras soñaba cómo sería el primer encuentro en persona. A la tercera semana, ya sentía que conocía todo sobre ella. El chat había evolucionado a su máxima expresión: la videollamada. El encuentro era inminente y necesario. Lo pactaron para la noche de un viernes. “¿Y se vieron? ¿Y ella fue? ¿Y qué tal? ¿Se rieron?”, pregunto enseguida, ansioso. Él niega con la cabeza. “Duró cuarenta minutos la juntada”, dice. Entonces me explica que todo rastro de química debió haber quedado en la pantalla. Que aquella no era la persona con quien había entablado ese vínculo virtual, que era distinta, más tímida y menos graciosa. Que ni la cámara ni el micrófono del celular habían logrado captar la realidad de las facciones, de las miradas, de los gestos; y que eran entonces dos personas desconocidas. Peor aún, porque las personas desconocidas tienen la opción de tomar el riesgo y conocerse; pero en este caso sus perfiles digitales se habían adelantado y habían formado un propio vínculo del cual ellos no eran parte. Al estar seguros de dicha ajenidad, cada cuerpo emprendió la vuelta a su ciudad. Desde entonces, ambas partes mantienen un estado de ghosting diplomático. No se escriben, pero tampoco dejan de seguirse.
Antes de irnos, con las tazas vacías y la cuenta paga, la mesera le dice algo a mi amigo. Es uno de esos comentarios innecesarios, triviales, amistosos. Una de esas interacciones de la vida real, cargadas de contacto visual y fabricadas con cuerdas vocales. Él contesta en monosílabos. Su voz tiembla notablemente y las palabras se le enredan. La conversación termina antes de empezar. Mi amigo mira para otro lado y saca su celular. Yo me quedo en silencio, observando las ruinas del encuentro desde afuera. Cuando mi compañero vuelve a dirigirme la palabra, está sonriendo. “Que chica más linda”, dice para mi sorpresa. Saca una lapicera de la mochila y escribe algo en una servilleta. Es el nombre de su usuario de Instagram. Salimos sin mirar atrás y dice: “Si me empieza a seguir, le escribo”.
Pienso en la torpeza analógica que tiene el encuentro, en la adrenalina del rechazo en vivo y en directo, sin pantallas que oficien de paracaídas. Hoy nos incomoda tanto la fricción humana que hemos digitalizado el ritual. Nos convertimos en auditores de nuestro propio ego, calculando los márgenes de riesgo antes de siquiera atrevernos a rozar una mano ajena. El cortejo en los tiempos del QR es una danza virtual. Es una planilla de Excel donde el deseo se tabula en tiempos de respuesta, visualizaciones fantasmas y silencios tácticos. La belleza se va a buscar en fotos de historias y publicaciones que intentan ilustrar a una persona real. El individualismo marca sus fronteras con red flags y green flags para determinar si los vínculos serán turistas o residentes, con la premisa de este siglo de que “todo es descartable hasta que se demuestre lo contrario”. El intercambio se redujo a una partida de ajedrez cobarde donde el primero que demuestra interés, pierde. Pero ese miedo a entregarnos nos lleva a que perdamos todos.
Querido lector, el amor seguirá existiendo fuera de las pantallas, los píxeles nunca podrán atraparlo. Sospecho que lo importante es no dejar que nuestros avatares virtuales vivan la vida que le corresponde a nuestros cuerpos. No cederle a la prolija tecnología las conexiones imperfectas de las personas. Guardarle, aún en estos tiempos, un rincón al misterio, a lo espontáneo, a las cosquillas en la panza, a la ilusión, al rechazo; en fin, al romance.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.