Un faro en la niebla
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Cómo no empezar deseándole un feliz día a René Descartes, padre de la filosofía moderna. También a Sigmund, que fue tan juzgado por su hijo, el psicoanálisis, y al pobre Galileo, a quien su pequeña astronomía lo llevó al arresto domiciliario. Por supuesto a Nicolás Maquiavelo, que le dio una buena educación a la ciencia política, aunque después ella haya hecho sus propios caminos. Al igual que hace los suyos la hija de San Martín. Si usted viera con qué cara lo miran al señor Oppenheimer en la reunión de padres. Nadie quiere sentarse cerca de él, excepto el viejo Darwin, que tiene una hija muy rara, pero se lleva bien con todos. Y cuánto habré escrito sobre la revoltosa hija de Alan Turing, sin detenerme nunca a hablar de él.
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Accedé a las últimas noticias desde tu email¡Pero qué holgado les queda el título de padre a estos grandes nombres! La historia es demasiado compasiva con aquellos que engendran conceptos. Habrán sido creadores, artífices o fundadores, pero sobre lo de padres tengo algunas dudas. Sus hijos no lloraron a gritos, ni los cuestionaron. Lo digo yo, que lloré mucho a gritos y cuestioné a mis padres. Los Descartes, los Maquiavelo, los Freud... todos ellos la sacaron baratísima. Fueron padres de la tinta, del papel, de lo abstracto. Nunca tuvieron que lidiar con la pesadilla terrenal de criar a una persona que respira, que adolece, que exige y que, tarde o temprano, los va a sentar en el banco de los acusados para cobrarles cada error. Sospecho que la verdadera paternidad no es un acto de iluminación, sino un trabajo diario. Es el mayor título que ostentan los hombres de a pie. Sin estatuas de bronce ni manuales de instrucciones, haciendo malabares para intentar no arruinarle la vida a alguien.
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¡Qué sorpresa me llevé el día que descubrí que mi papá no era el hombre más fuerte del mundo! ¡Qué extraño me pareció ese mundo cuando supe de monstruos más poderosos que él, cuando encontré rincones donde no podía llegar! Imagine mi analfabetismo emocional —¡Privilegiado yo!— cuando conocí a los Niños Sin Padre de los que hablaba Shinovi Sambrailo. ¿Qué iba a saber yo? Que podría sentarme ante el tribunal de todos los hijos del mundo para alegar de manera irrefutable que mi viejo es el mejor; que si le dedicase estas líneas tendría que ocupar el diario entero. Pero esos Niños Sin Padre me enseñaron que lo mismo que unos aprendemos por referencia, otros lo aprenden por oposición. En uno de esos reveses mágicos de la vida, del abandono puede crecer la más pura empatía. Por supuesto, querido lector, he visto a esos Niños Sin Padre convertirse en padres extraordinarios. Yo pienso, ¡enseñanzas, al fin!, y otras cosas trilladas como «un padre siempre será un padre»… aunque los hay de sangre y de corazón, como los hay buenos y malos. Algunos son un faro entre la niebla y otros son la niebla misma; y en la oscuridad, con el mar en los tobillos, caminan esos Niños y solos deben aprender a esquivar (o chocarse) las piedras. Pero en algún momento, el rayo de luz aparece, porque el faro sigue ahí y necesita solamente de alguien que lo maneje. Tal vez tiene otro apellido. Algunas veces, es uno mismo. En cualquier caso: ¡Feliz día!
El tercer domingo de junio, festeje a su faro. Brinde por el que le mantiene la luz prendida en la neblina. Lo digo y no puedo evitar pensar en el mío, a quien tantas veces fui a buscar nadando en corrientes de miedo, con la angustia de la vergüenza en los pulmones; y volví a la costa liviano, seguro de mí mismo. Mi viejo, que no se hizo nunca a un lado de la huella, ni aunque vinieran degollando; y me recordó siempre que, más que el sable y la lanza, suele servir la confianza que el hombre tiene en sí mismo. ¡Qué sorpresa me llevé cuando entendí que él también estaba aprendiendo a ser padre, aun cuando todas las respuestas del mundo parecían anidar en su expresión tranquila! Frente a semejante hazaña silenciosa, ¡cuánto podrían importarme los padres de la patria, de las ciencias, de las bombas!
Sé que usted me comprende, lector: si una lágrima pasajera asoma antes de terminar el párrafo, son las memorias y agradecimientos que algún día escribiré. Por hoy solo intente levantar la vista de la orilla, de las piedras, para reconocer al que ha estado parado firme entre la tormenta, iluminando sus pasos.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.