Un diálogo con Felipe Giménez: la ansiedad, los sueños y el error
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Del gran Felipe Giménez conocí la carne antes que el mito, el pincel antes que los trazos. Era muy chico cuando acompañé a mi mamá a buscar un cuadro donde él vivía. Después de un rato viajando dijo que ya estábamos cerca, y yo pegué mi cara a la ventanilla para ver las sierras, los árboles y los lagos. Cuando llegamos a la puerta, Felipe salió a recibirnos y nos invitó muy amablemente a pasar a su taller. Yo no entendía qué era un taller, ni sabía quién era Felipe.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAquella fue la primera vez que mis ojos vieron a un artista en su hábitat natural. La primera vez que mi nariz percibió el dulce aroma del proceso creativo, que mis manos rozaron las frondosas mesas de trabajo donde los materiales y las herramientas se amontonan y se mezclan con las pilas de bloqueos, las manchas de inspiración y los bidones de espera. Felipe se paseaba cómodo entre bastidores con su ropa pintada, tomando un mate lavado, sonriendo. Yo no presté atención a lo que charlaban él y mis papás porque eran adultos y sus caras estaban demasiado altas y sus palabras demasiado lejos. Estaba cautivado por el olor de ese templo espectacular, donde no hacía ni frío ni calor porque los rayos del sol entraban cálidos por unos ventanales enormes que mostraban más sierras, árboles y lagos. Tampoco presté atención a la infinidad de cuadros que colgaban y se apoyaban en todos lados. No eran las obras, sino ese espacio de creatividad, lo que maravilló mis sentidos. Soñé lo hermoso que sería tener ese lugarcito especial propio, destinado a crear y jugar, para habitarlo durante horas y horas. Fue ese día que concebí su existencia. Le aseguro, querido lector, que aquella frondosa mesa de trabajo es la misma sobre la que escribo esto hoy en día. También tengo acá mi mate lavado, mis pilas de bloqueos y bidones de espera. Algunos manchones de inspiración y rayos de sol por la ventana.
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Tiempo después yo conocería a la figura de Felipe Giménez, el reconocido pintor-psicólogo. Me encontraría todos los días con su cuadro colgado en mi living, con la belleza de sus obras, de sus colores, de sus personajes. Entendería luego la condensación narrativa de sus escenas, de sus títulos, la potencia poética de sus imágenes y la resistencia de sus técnicas. Me vería alguna que otra vez conmovido hasta las lágrimas por ese mismo cuadro que hacía años estaba, y aún sigue, en el corazón de mi casa.
Ya muy consciente de su trayectoria, y consecuente fama, tuve el privilegio de entrevistarlo. Como estábamos en distintas ciudades, la reunión fue virtual. Se imagina usted, lector, cuánto me hubiese atraído ceder a la ficción y contarle que regresé en persona a ese mágico taller en el bosque y tuvimos esta misma charla sentados frente al ventanal entre los bastidores y el atardecer. Sin embargo, algunas pocas veces, la realidad es mejor que la ficción. En la simpleza de la videollamada, vi la sencillez de Felipe y, a lo mejor, un atisbo de la simpleza de la vida.
—Nos conocimos hace muchos años… —dije y empecé a recordarle aquel día.
—Sinceramente, no tengo registro —respondió, sonriente—, pasa mucha gente por acá.
Y con esa invaluable honestidad, la charla empezó a fluir al ritmo sereno, pero profundo, que imponía la mañana. Los dos lados de una pantalla: Buenos Aires y Sierra de los Padres. La misma lluvia acá que allá, el mismo mate lavado. Rompí el hielo preguntando por la muestra que hizo en Tandil, en El Club de la Quimera, llamada Acredita que acontece.
—No es una galería ni un salón convencional, donde uno va y hace una muestra con un concepto —dijo— porque en realidad, La Quimera es un territorio. Lo primero que me llamó la atención es el nombre del lugar, “El Club de la Quimera”. Con eso ya te das cuenta que va más allá del negocio, es un lugar de reunión. Yo los conocí a Manu y a Luji, y también a sus padres cuando vivían en Mar del Plata y tenían La Rosa de los Vientos. Era un espacio de arte muy hermoso, muy original, con mucha identidad.
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Me contó que cuando lo contactaron, pudo sentir en esa gente las ganas verdaderas de que sus cuadros estuvieran ahí y la muestra sucediera, algo que valora mucho a la hora de hacer eventos en esta etapa de su vida, en la cual reconoce que “ya no debe mostrarse por necesidad” y agregó:
—Me contaron un poco cómo había surgido este tema de Manu con sus dos profesiones, o sea, en La Quimera y como veterinario. A mí me pasó un poco lo mismo con los cuadros y la psicología. Empezás a ver la correspondencia entre las artes y la vida cotidiana. La muestra, en realidad, es ir a visitar un territorio con los cuadros, es cruzar, es oxigenar un poco un lugar y que el lugar lo oxigene a uno, es un intercambio con Tandil, que me es una región particular.
—¿Y cuál es esa relación particular con Tandil? —pregunté y me acomodé para escuchar mejor.
—Vos pensá que yo vivo en la punta de la sierra, o sea, donde las sierras se están por meter al mar dentro de un rato. En Tandil hice una muestra una vez, habían abierto una galería muy grande. Fue muy lindo. Pero no he tenido algo así como un intercambio con la ciudad. Siempre me pareció como, por momentos, rústico y tosco el tema de la piedra, ¿Viste? Hay algo ahí, la piedra está. Para lo bueno y para lo no tan bueno. Hay por un lado propuestas muy buenas, atrevidas, una universidad excelente; y por otro una parte conservadora, no tan atrevida. En La Quimera encontré una ventana lo suficientemente plástica, abierta, liviana para hacer una pasada por Tandil. Además amo las sierras, bueno, soy serrano. Hace 32 años que vivo acá.
—Ya no te mueve nadie de ahí —contesté y corrí la vista de la pantalla hacia la ventana. Sentí que los edificios de alrededor se acercaban un poco más.
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—Bueno, eso nunca se sabe —aclaró él—, en este momento que el mundo está tan loco, me siento protegido por las sierras. Me da una sensación de solidez, de un pedazo de naturaleza fuerte, que no se va a mover, que no va a sufrir terremotos. Yo viajo mucho por mi laburo, y cada vez encuentro más disfrute en quedarme. Sospecho que tiene que ver con la locura del mundo. Mirá, te lo digo ahora porque lo estoy sintiendo. El otro día estuve en Buenos Aires y tenía unas ganas de volver al taller silencioso. Hoy es un día de lluvia increíble, hermoso, hermoso para no hacer nada.
—¿Cómo te llevas con esa locura del mundo, con esa ansiedad colectiva? —Quise saber.
—En este momento, ese es mi tema a trabajar: que esta realidad que están imponiendo no sea mi realidad. Quiero decir, estoy en un proceso de no quedar esclavo del exceso de ansiedad ajena, que no pertenece a nadie, es instalada. Esa ansiedad es generada por distintos dispositivos que alteran la subjetividad, y todo ser humano no quiere sentirse loco entonces trata de justificar esa locura poniéndole el nombre de cualquier tontera que pasa para decir “estoy así por esto o por lo otro”. Después no sabés si fue primero el huevo o la gallina, si el problema te dio ansiedad, o si tuviste ansiedad y buscaste el problema. Por suerte, me he hecho muy amigo de mi vida. No me gusta si la vibra no es buena. Me cuido a dónde voy, con quiénes, porque no sobra nada y a los dos minutos te venden una nueva ansiedad; y ese estado es tóxico, tiene al cuerpo enfermo, no está el relojito funcionando lindo. Creo que ese es un laburo que hay que hacer, el de estar atento. Primero no creerle, arranca por ahí. Saber que es creado, es fabricado, como la alimentación; y bueno… ¡Podés no comer eso también!
Algo habré respondido, pero lo fascinante era escucharlo. Sus ideas se hilaban las unas con las otras al igual que el cuadro que colgaba atrás de él, con muchísimos personajes coloridos de distintos tamaños, en posiciones diferentes y, sin embargo, ordenadas a la imperfección.
—Yo mismo me doy cuenta cuando estoy fuera de registro. Voy corriendo a descargarme pintando, pero no corriendo de alegría. Pongo pinceladas de más. Es como estar nervioso y agarrar a la fuerza a tu gato o tu perro para acariciarlo. Te va a decir “¡Pará! Acariciame si querés pero frená un poco, no te descargues conmigo”. No digo que el arte no sea un buen lugar para la descarga, pero tampoco está bueno estar descargando todo el día. Vas a tocar una sola nota. Me pasa también con la música que escucho, hay autores que no quiero escuchar y me obligo a dejar todo el disco. Para el segundo o tercer tema ya te empieza a gustar. No te tiene que entretener. Sobre todo porque yo necesito generar un clima acá para que la cosa se dé. Hay cierta cosa de ritual, de ceremonia. A la vez, son los tiempos que corren. El tema es estar haciendo algo con los tiempos que te tocan, no quejarte.
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Después hablamos de la importancia de los sueños. De su rentabilidad.
—El nombre Acredita que acontece quiere decir: ¡Creé! Tiene mucho que ver con La Quimera, esa utopía que se renueva. Es lo que me conecta con ellos, el seguir sabiendo que el camino va por no perder los sueños y no como nos dicen ahora “hacete cargo de los problemas”. Como si el sueño no fuera lo que va abriendo otras realidades, otros tiempos, otros lugares, otros recovecos. Si la utopía no es lo que te ayuda a descansar del agobio de la fragilidad existencial porque es muy jodido bancarse el quilombo que uno es si no puede tirar para adelante de un sueño, como alivianador, como una polea que te vas agarrando un poquito.
—Debe ser complicado vivir sin sueños—Aventuré.
—¡Es muy pesado! Y bueno, políticamente, es eso lo que se está proponiendo a nivel global. Es una derecha en la que no sólo no hay lugar para los sueños, sino que no hay lugar ni siquiera para vos mismo. Entonces decís, “¿Si compro eso dónde quedo?”. Por eso me gusta ir a espacios como la Quimera, ese encuentro con la tribu, juntarnos, disfrutar del lugar, que estén las obras, no más que eso. Todo esto mientras hago otras cosas que quizás son menos románticas, más pragmáticas. Es un plato que va teniendo un poquito de cada condimento, ¿no?
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Por último, nos dejó una reflexión sobre “el error”.
—La modernidad nos dijo “Mirá, la existencia es todo esto y lo que está por fuera es un error”, pero ¿Qué es el error? ¿Equivocarse con respecto a qué? Entonces te ponen dentro de ese cuadrado, bien delimitadas, las virtudes y las maldades. Después uno se quiere liberar de eso y dice “Bueno, me puedo equivocar”. ¿Por qué levantar la bandera de una palabra castigada, inventada? Es mucho más que poder equivocarse, es poder ser, ¿viste? El error, la equivocación, la incertidumbre son el camino. Pero por qué decimos “el error” y no “el por allá”. Hay una relojería semántica que hay que desarmar de colonización de palabras, que no es una pavada. Por ejemplo la palabra contradicción, que la entendemos como ser confusos ¡Y en realidad es ser complejos! Es tener un montón de posibilidades. Hay que entregarse al no saber y no querer atacarlo con certezas. Hay que dejarse llevar por la pincelada, el sonido, la palabra. Existencialmente estamos en un nivel de inflamación grandísimo. Antes podríamos haber hablado de la industria de la pintura, de qué crear, pero hoy me parece que el arte hay que utilizarlo como un bálsamo sanador, en la forma que cada uno encuentre.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.