Resurrección binaria: Dios en el casino
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Cuántas toneladas de atención pesarán sobre la pantalla justo antes de la pausa de hidratación. Invento nuevo, claro. Cuántas miradas, cuánta emoción proyectada sobre el distorsionado espejo de píxeles. Invento nuevo la triple pausa, la hidratación es vieja, igual que el diablo y la publicidad. Con qué sutileza, con qué retórica maquiavélica los porteros del infierno abren las puertas para dejar salir los vapores de la tentación. Qué excelsa arquitectura ostenta el circo del sistema.
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“Acá se juega con pelotas”, dice el ídolo argentino en el primer comercial. Pero ese no es él. Es un fantasma digital de una rigidez siniestra, un cadáver articulado por algoritmos que nos habla desde el más allá para promocionar un casino virtual. Empresas con nombres en inglés, con traducciones luciferinas como guerrero o hijo de la apuesta. Pero ese no es él. Ya no hay alma en esa mirada, es una máscara programada con la frialdad de una marioneta. Tiene los ojos vacíos; un abismo pixelado donde antes había barro, potrero y rebeldía. El rostro de juventud inverosímil en alta definición, el efecto blanco y negro para imitar un tiempo que no pasó, el diseño de audio para imitar palabras que nunca se dijeron. Es la más pura nigromancia posmoderna: el mercado resucitando a nuestros muertos ilustres no para mantener viva la memoria, sino para obligarlos a seguir facturando desde la tumba. El día que el fantasma digital de Messi, dentro de cincuenta años, irrumpa en una pantalla para promocionar un vaper de strawberry ice, recién ahí terminaremos de entender la magnitud del artificio. Con qué sutileza se abren las puertas del infierno.
Si hace poco hablábamos del PBI simbólico, de esa riqueza incalculable sostenida por operarios sin sueldo que entregan cultura en efectivo; este es su reverso exacto, su contracara más perversa. Es lo contrario a un circuito independiente generando refugio o comunidad; acá es el sistema apropiándose de esa inmensa fortuna simbólica que dejó un muerto para licuarla y transformarla, de forma violenta, en capital material. El ídolo, en vida, construyó un patrimonio de prestigio a fuerza de tobillos infiltrados y gloria, un amor incondicional que las planillas financieras jamás pudieron codificar. Y es exactamente esa ilusión popular, esa lealtad inquebrantable, la que hoy es secuestrada por el código binario y devuelta al pueblo en forma de propaganda. Le expropian la identidad al mito para que la banca siga cobrando, traficando con la fe de aquellos que alguna vez buscaron un faro en esa figura.
Resulta de una ironía macabra, casi poética. Aquella mano divina, la que alguna vez se suspendió en el aire para robarle al imperio y hacer justicia patriota, hoy le ofrece el vicio en bandeja a su propio pueblo. Han invertido el milagro: el sistema codificó la rebeldía y la giró a su favor. La mano de Dios ha sido desenterrada y poseída por la mano invisible del mercado, o quizás, del propio maligno.
Y del otro lado de la profanación, está el que apuesta: el verdadero sostén de esta maquinaria macabra. Hundido en la soledad de su propio valle digital, no sabe si busca un milagro o simple entretenimiento. La trampa ha sido perfeccionada, ya no hacen falta inmensos casinos sin ventanas ni relojes para perder la noción del mundo. El celular, ese rectángulo omnipotente, encierra la misma oscuridad y promete un atajo luminoso para escapar de la guillotina financiera. Es la ilusión de un golpe de suerte dentro de una vida precarizada, camuflada en el sueño de salir de abajo y conseguirlo todo. Es un salvavidas de plomo disfrazado de chance, disfrazado a su vez de Maradona. Allá está la pieza fundamental de los circuitos infernales, deslizando el dedo en silencio, apostando la plata que no tiene a un resultado que no puede cambiar, convencido por la voz dislocada de un ídolo que ya no existe. Así se consuma el despojo: apretando un botón en la oscuridad de la pantalla, para recibir a cambio, una vez más, poco más que el eco de su propio vacío.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.