Si todos los locos ven lo mismo
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“Si las puertas de la percepción se purificaran, todo se le aparecería al hombre como es: infinito"
William Blake
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailPobres cuerpos terrenales cargando cerebros infinitos. En eso pensaba mientras hervía fideos y miraba la olla con la vista borrosa por el vapor y por el ayuno; y guardaba el miserable paquete de plástico con bronca. ¿Por qué será que él, que no piensa ni siente, que ignora por completo la inmensidad del universo que habita, goza aún del privilegio de no necesitarme?
Podría morir de hambre frente a él y se quedaría viéndome desde la alacena, incapaz de perecer. ¿Por qué entonces yo, que vuelo con mi imaginación y recorro con ella los rincones de la existencia, lo necesito a él para no desmayarme? ¿A qué dios retorcido se le ocurrió poner todos los restos de magia en la sinapsis de un animal de carne y hueso, para que deambule por el mundo con la infinidad encerrada en un envase descartable, con más percepción de la que podemos procesar?
Gracias a ese dios hicimos las escuelas y los bancos, los gimnasios y los supermercados. Por suerte, también inventamos la locura, que es una sola y tiene forma de sombrero. Con eso distinguimos a los cuerpos que quedaron huérfanos de conciencia. Personas que le dieron rienda suelta al caballo alado de la mente y se alejaron tanto de sus cuerpos que estos quedaron solos, desconcertados. ¡Qué peligro! Si todos los locos del mundo decidieran comunicarse entre ellos y vieran lo parecidas que son sus locuras; si entonces se pusieran de acuerdo en que esa es la verdad y todo el resto es el delirio; si fuesen ellos y no nosotros la gran mayoría, tal vez encerrarían a los cuerdos.
En eso pensaba mientras los fideos hervían, y discutía a viva voz conmigo mismo. Pero uno no puede vociferar reflexiones sobre conceptos tan discutidos sin mencionarle al aire los grandes nombres que ya lo han pensado antes. Eso les resulta de gran molestia y por supuesto sus fantasmas vienen a reclamarlo. Aquella tarde los personajes se encarnaban en el vapor de la olla y se iban acomodando en mi cocina.
El primero en venir fue Foucault, claro, que me interrumpió con un extenso recorrido histórico sobre las diferentes épocas del poder y la locura. Me corrigió recordándome que la locura no la inventa nunca el loco, que siempre la inventan otros; que han sido igual de locos los pecadores y los pobres, los enfermos y los genios. Han sido exhibidos y confinados, aplaudidos y castigados según la época y el lugar. Usted se imaginará, lector, que mis divagues quedaban chicos al lado de tanta historia y teoría. Yo necesitaba algo más abstracto.
Revolví el vapor para que el fantasma desapareciera, pero de los espirales se formó otro que volvió a interrumpirme. Mi querido Huxley, habitué del mundo de mis pensamientos. Su fantasma era joven y su tono coloquial. Para él la locura era una cuestión de percepción. Hablaba rápido y me pedía que no olvidara que nuestro cerebro filtra la realidad para que la percibamos en niveles soportables. Que es gracias a ese sesgo perceptivo que logramos sobrevivir; y que, si la realidad se nos mostrase en todo su esplendor, nos veríamos paralizados frente al infinito. Me contó sobre psicodélicos y fractales, que las visiones de distintas personas bajo esos efectos coinciden, que en esas visiones hay, sin dudas, algo real. Luego, me advirtió que tuviera cuidado con ser demasiado racional, porque en el país de la locura, el hombre integral es linchado. Pensé en el acuerdo colectivo de la cordura, y en su fragilidad.
Volví a imaginar locos de todo el mundo que se ponen de acuerdo y encierran a los cuerdos para darles medicación y enseñarles las nuevas verdades del universo. Sentí las cosquillas de la fascinación extraña, la sed de una percepción sin trabas. Volví a fantasear, por un momento, con una imagen genial y seductora de la locura. Una de un mundo de mentira, donde aún no se han inventado la psicosis ni la demencia. Quiero abrazar a Huxley y volar con él muy lejos de esta cocina, pero tengo hambre y se evapora el agua.
Debo haber dicho en voz alta los términos médicos, porque del vapor se formó una nueva figura y empezó a discutir con Huxley sin prestarme atención. Hablaban entre ellos en un inglés con mucho acento, del que solo pude distinguir algunas palabras. Me sentí excluido por el idioma, pero los dejé debatir un rato antes de revolver la olla.
Era Oliver Sacks, el neurólogo. Había aparecido para apagar la fiesta psicodélica del escritor y para remarcar que la locura estaba lejos de ser un viaje romántico, que era en realidad un cortocircuito químico del cerebro. Usó algunos términos técnicos que no pude traducir, pero comprendí que la cordura consiste en un milimétrico equilibrio cerebral, y que basta la más mínima alteración para distorsionar la realidad y confundir, por ejemplo, a tu esposa con un sombrero. Puso mucho énfasis en la importancia de la medicina, de los diagnósticos y las clínicas de salud mental, porque es la única manera de evitar consecuencias muy trágicas. Antes de irse, me miró a los ojos y dejó en claro que la locura no es libertad, sino una pesadilla biológica. Huxley se esfumó con él.
Cuando estuve al fin solo, hambriento y mareado frente a la olla, logré apagar mis pensamientos. Revolví el agua burbujeante y el vapor se pegó a mi frente para mezclarse con mi transpiración; y el agua formaba un espiral líquido, transparente, constante; y tanto la cuchara como el vapor eran parte de mí, porque mi ser no tenía límites.
De la cúspide de mi cabeza salió una onda expansiva que borró el principio y el final de mi cuerpo; y viéndome eterno liberé mi carne y mis huesos de la tiranía de la gravedad y los dejé caer sin resistencia. Estaba en el piso en posición fetal y apoyé mi frente con sudor y vapor en el frío de la baldosa, y ya no había piel que me separara del mundo, ni ojos que definieran mi perspectiva. Yo era el universo entero, pero seguía rebotando en ese cráneo, con mi cuerpo tendido como un monumento derrumbado.
Encima de las ruinas, los fantasmas de vapor seguían saliendo de la olla y flotaban por mi cocina. Nunca habíamos sido tantos. Se amuchaban sobre la mesada, en las alacenas, y algunos se acercaban al piso para ver si yo seguía vivo; y cuando confirmaban que aún estaba ahí se peleaban por contarme su versión de la locura. Después de un rato, la cocina era un griterío caótico de argumentos y anécdotas superpuestas. Las frases no se entendían y los rostros eran difíciles de distinguir desde mi posición fetal. Reconocí por su voz a Pizarnik, acompañada de Sylvia Plath, que me ilustró con versos ese encierro asfixiante del mundo terrenal, esa carga insoportable del cuerpo frente a la disolución de la realidad. Pobres poetas malditas, su sensibilidad les ha costado la vida.
Yo no quería escucharlas, entonces me tapaba los oídos y lloraba, y el llanto era un grito, y en el grito decía ¡me estoy volviendo loco!, y con eso supe que estaba cuerdo. Por supuesto que no, el loco no duda de su cordura. Pero las voces no paraban, y los fantasmas ya no entraban en mi cocinita y nos pisábamos entre todos. El vapor nos empapaba y yo tenía tanta hambre. Emil Cioran, nihilista insoportable, flotaba de acá para allá y reía de mi llanto mientras le sacaba conversación a Sylvia y Alejandra. Aunque me tapaba los oídos no pude evitar escuchar con claridad sus comentarios horribles sobre el inconveniente de haber nacido y lo absurdo de esta vida. Desagradables nihilistas, resignados y mediocres. Quise levantarme para volar lejos con las poetas, pero no tenía fuerzas y las vi desvanecerse; y el ruido del agua hirviendo era a la vez el ruido de mi panza, y ni un millón de voces podían taparlo.
La última figura que vino a visitarme no se formó con el vapor, sino que emergió de los rayos de sol que entraban por el ventiluz. Jamás había presenciado una aparición tan majestuosa; era Sor Juana Inés de la Cruz. Fue la primera y única vez que vino. Todas las voces se callaron de inmediato, los fantasmas desaparecían y con ellos también el vapor. El agua y mi panza imitaron el silencio. La figura se arrodilló a mi lado, vestida con su hábito. Quizás mi locura nació el día que leí Primero sueño.
No me recitó versos ni levantó la voz. Me habló al oído, bajito, como quien confiesa un fracaso. Me contó que su alma también había peregrinado hacia la totalidad del universo mientras el cuerpo dormía, pero me advirtió que el infinito no es lugar para el humano. Que allá arriba, sin la protección de la carne, el intelecto se encandila y se quema frente a esa luz inabarcable. Me acarició la frente transpirada y me invitó a volver al cuerpo, al hambre, a los fideos.
Esa tarde decidí no escribir sobre la locura y contarles, en cambio, esta historia. Hasta mis amigos más íntimos, como Huxley, habían venido a retarme. Entendí que no hay forma de que yo sepa qué es o no es la locura, si ni siquiera estoy convencido de mi propia cordura.
En esa duda, en esa grieta de misterio, en ese umbral de la realidad, en esa variedad de formas; ahí está lo inabarcable de este concepto. Es el nombre que le dejamos a lo infinito, a lo incomprensible, a lo oscuro, en fin, al universo. Quizás deba usted, lector, tomar estas como las palabras de un loco.
Desde este lugar le digo que nunca olvide que hoy por hoy nos toca ser humanos. Máquinas de carne viajando en una roca por el espacio. Considere usted qué tan lejos se embarcará en los ríos de la locura, motivado por la codicia de la conciencia. Aceptar los límites de la percepción como requisito del estado terrenal requiere de una humildad muy cultivada. Por mucho que se deje llevar, no podrá abandonar su cuerpo, no hasta dejarlo definitivamente, y ese día nos llegará a todos. A veces, basta con barrer y regar las plantas para escuchar la orquesta de la verdad.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.