El lujo de la normalidad
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“En las entrañas del mundo normal, soleado, entre sus rutinas y semáforos, entre las risas, los festejos y las fotos, unos pocos sufren. Sufren en silencio, camuflados en un sistema que funciona. Combaten infiernos sin esa privilegiada noción del tiempo. No pueden permitirse el lujo de ordenar semanas, igual de inciertas que la hora próxima. Este plano de la vida normal, la gente normal, el frívolo apuro avasallador, rodea e ignora a esa diminuta masa insignificante que está justo a su izquierda, prendiéndose fuego, ardiendo desde las llamas, condenada a observar un mundo ideal que está justo ahí, tras las rejas de una realidad propia e infranqueable. Atados de pies y de manos, oliendo, saboreando una felicidad ajena a una distancia irreductible y, sin embargo, insalvable. Para quien los oye, créame, basta con un par de personas sufriendo en silencio para convertir todo este mundo en uno triste, sin festejo que no sepa a traición ni opulenta calma. Que sepan que los oí, que el mundo no siguió adelante derrochando alegría con ellos al costado. O tal vez sí, los felices siguieron de largo, pero yo me bajé acá a sufrir con ellos”.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailEscribí esas líneas en la puerta de un hospital, en la madrugada de un viernes dantesco, día en el que comprendí que la normalidad está siempre a un paso de convertirse en calvario. Usted, afinado lector, tendrá claro que mi vida personal importa poco en este texto, que no me pertenece y lejos está de ser mi hijo. Sin embargo, menciono esto porque fue aquel y no otro el instante en el que descubrí otro mundo dentro del mundo. Una dimensión paralela donde el tiempo no existe y todo lo conocido pasa a un segundo plano. Uno que mi afortunada vida de altibajos adolescentes desconocía por completo. Solo al verme en ese abismo pude girar la cabeza y distinguir a las demás personas viviendo ahí.
Éramos varios los que flotábamos suspendidos en la puerta del hospital. Caras blancas con miradas perdidas en la vereda de enfrente, perplejas, como si observaran al mundo derrumbarse sobre ellas. El vapor blanco de las respiraciones salía al aire helado de junio, cuando el sol apenas empezaba a asomarse. Una mujer estaba vestida de musculosa y pantalones cortos, como si alguna tragedia la hubiera abducido en pleno entrenamiento y se la hubiera llevado sin tiempo de agarrar un abrigo. Nuestras rutinas habían sido pausadas y olvidadas por completo. La calle parecía estar ahí, a unos metros, pero nos separaban miles y miles de kilómetros de aquella realidad. La gente y los autos pasaban apurados, hablaban por teléfonos, algunos reían y otros llevaban a sus hijos al colegio. Para nosotros eran extraterrestres. Un paredón de acrílico nos separaba del resto de la ciudad, de los horarios, del olor a comida, del trabajo y los compromisos.
En el mundo de los que sufren sólo hay vigilia, silencio y desasosiego. Un día abandoné ese mundo y regresé a la vida normal. Me inserté de nuevo en la agenda, volví a preocuparme por nimiedades como bañarme, no llegar tarde o aprobar exámenes. Uno se acostumbra rápido a la normalidad. Pero desde aquellas noches, siempre que paso por el hospital miro para adentro y pienso que todas las horas de mi vida son, para alguien, la hora más terrible.
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Usted cruza a estas personas en todos lados. No están sólo en la puerta del hospital. Sus cuerpos también andan por la calle, en los colectivos o atrás del mostrador. Sus almas, en cambio, están todas juntas en una gran sala de espera invisible. Por eso usted los verá pasar por al lado como si nada, con el movimiento mecánico de la carne, con la máscara de ciudadano ordinario y las respuestas automáticas; no obstante, esas personas no están ahí realmente. Deambulan por la misma ciudad que nosotros, pero su gravedad empuja el doble. Se cruzan con el bullicio de un bar y piensan cómo pueden existir los bares, las risas o pasan frente a una librería y se preguntan por qué la gente lee libros en este mundo roto; y son personas que han reído en bares y han leído libros pero ya no lo recuerdan, ya no son las mismas ni es el mismo mundo. Están detenidas mientras alrededor todo sigue su curso, la gente se enamora, las familias salen a comer, los jóvenes viajan o salen de fiesta y lloran por películas o por FOMO y registran en redes su existencia e ignoran por completo que basta un sólo llamado de teléfono para que todo se evapore y deje de importar. Usted puede pensar esas preocupaciones triviales como un verdadero lujo: es la ausencia de tragedia.
Sabemos que cualquier fecha puede ser el día en que la mano negra de la desgracia decida tocar la puerta, pero elegimos creer que eso les pasa a otros. Evitamos mirar hacia ese lado porque nos recuerda a la propia fragilidad de nuestra rutina, a nuestro propio sufrimiento inminente. La normalidad es el pacto de silencio que firmamos para no volvernos locos y maquillar lo impredecible del destino. Por eso damos por hecho las cosas más importantes y nos permitimos posponer momentos y hacer planes a futuro. No podemos detenernos en la desgracia ajena, porque entrar en ese plano implica hacerla propia; y ya en algún momento nos llegará la nuestra. En el fondo todos tenemos claro eso. Es curioso que esa certeza reprimida no elija manifestarse en empatía y gratitud por el presente, que sería lógico, y terminemos en cambio ansiosos y apurados por el mal presentimiento. Sospecho que existe un cambio de perspectiva.
Si usted desglosa su normalidad en diez pilares fundamentales, tener salud, un techo, alguien que lo espere, la libertad de aburrirse, de planificar, de almorzar; descubrirá que lo que llamamos vida cotidiana es en realidad un conglomerado de milagros. Estar del lado soleado del acrílico no es un mérito, sino una tregua del destino. Por eso, agradecer no es un acto de optimismo, sino una forma de lucidez. Significa reconocer que, al menos por hoy, no es uno quien se quema a la izquierda de todos. Puede tomarse un momento para celebrarlo.
A su vez, no olvidar en el apuro que muchas de las caras que nos cruzamos ahí afuera están peleando una guerra que desconocemos. Concebir la lucha del otro no nos quema, nos humaniza. La empatía no es sentir lástima por esa diminuta masa insignificante que arde allá lejos, sino entender que, en este mundo roto que compartimos, justo entre nosotros, muchos sufren en silencio por heridas que pasan inadvertidas a simple vista.
Mañana, cuando suene la alarma y la rutina parezca problemática, recuerde todos los infiernos en los que podría haber despertado. Abrace el lujo de la normalidad y la fortuna de lo que no está ocurriendo. Quizás algún día estos quehaceres sean nuestro mayor anhelo.
Es valiosa la visión de los heridos, la capacidad de ver a través de los carteles de la felicidad obligatoria y descubrir que no todos podemos tenerla, que a algunos les ha sido negada y la suerte les da la espalda. Ese otro también es el mundo real, y ciertas cicatrices son un mapa que permite reconocer a otros compañeros de trinchera.
Si en cambio es usted quien hoy habita ese plano, sepa que su incendio no es invisible. Mientras la ciudad sigue de largo, derrochando alegría, algunos nos bajamos a esperarlo. No tengo un consuelo que ofrecerle porque sé que el lenguaje de los que están bien no se traduce al idioma de los que arden, pero al menos alguien comparte su vigilia. Jugaré un rato con esta felicidad y después se la prestaré a usted; y usted a alguien más. Habrá largas tardes en las que tendremos que sentarnos al margen y ver al resto divertirse. Alguna vez seremos nosotros quienes necesitemos de un extraño que nos reconozca en medio del caos. De algún testigo que nos dé un abrazo. De algunos ojos que nos vean.
Por ahora intentaré disfrutar este privilegio cotidiano, con el orgullo del que ostenta un tesoro, con la culpa de quien come delante de los que tienen hambre. En cualquier momento el azar volverá a mezclar las cartas, y seguirá siendo este hermoso y frágil presente nuestra única posesión. Por eso, no deje que el domingo se le escurra como un trámite; apriételo contra el pecho y festeje que ha ganado un sorteo silencioso. Sepa usted que pase lo que pase, la vida es sabia y conoce el camino, y en todos sus rincones vale la pena vivirla. Arrímese, ¡Brindemos! Que para todos hay una copa y un motivo.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.