Crónica de una urgencia colectiva
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Abril guarda recuerdos de su abuela en una reposera en la vereda. Dice que son memorias de un tiempo que ya no existe, de cuando era chica, cuando las tardes eran naranjas y el vientito olía a jazmines. Me cuenta que ayer intentó volver ahí. Dejó el celular lejos, apagó el televisor y se llevó una reposera a la puerta de la casa. Intentó respirar y relajarse, pero unas hormigas transparentes le caminaban por las piernas. Se fue enseguida. ¿Guardaste la reposera antes de irte? Fue lo único que le pregunté. Claro, dice. Mientras habla se muerde una uña. Mueve el dedo para encontrar el ángulo correcto entre los dientes, y corta con las paletas. Veo con dolor ajeno como arranca el borde libre y lo escupe.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailA Julián lo conocí en los recreos de la facultad. El cigarrillo es parte de su mano. Lo fuma desesperado, como si el aire lo asfixiara y cada pitada fuera oxígeno para seguir vivo. Le desaparecen entre los dedos. Cada vez que exhala humo hace un suspiro ruidoso, que es una mezcla de resignación y cansancio. Cuando te mira se le nota el caos atrás de los ojos, cuando no habla se le escuchan los ruidos del pensamiento. Pasa cerca y se siente el olor a pólvora de la guerra que lleva adentro. Fumá tranquilo, le digo.
A mi lado se sienta una chica que se llama Sol. Su pierna se mueve durante toda la clase. Es un rebote automático, constante. La rodilla sube y baja, sube y baja, como el pistón de una máquina que no fabrica nada. Algunas veces se da cuenta de que lo está haciendo y apoya su mano para frenarla, pero el movimiento le trepa a los dedos y empieza a dar golpecitos rítmicos con las yemas. En la otra punta del aula, la rodilla de Thiago sube y baja al mismo tiempo, con el mismo pulso.
Juana acaba de tener el mejor mes de su vida. Mañana empieza su taller de dibujo y se anotaron un montón de chicos. Además, se puso de novia con un pibe excelente que conoció hace unos meses y todo avanza bien. Por cada cosa que me dice, arquea las cejas y asiente con la cabeza. Lo cuenta como si le hubiese pasado a otro. ¿Y por qué esa cara? Le digo. Porque nunca tuve tanto miedo. ¿Miedo a qué? A perderlo todo.
Ezequiel, en cambio, no tiene nada que perder. ¡Qué libertad! Patear el tablero y largarse a viajar. Todas sus pertenencias entran en una mochila. Nunca se queda quieto. Desayuna en bosques frondosos, almuerza en capitales fascinantes y cena frente al mar. Llevás la vida en las manos, le digo. Arrastro una tonelada de miedo, dice. ¿Miedo a qué? A perderme.
Con Franco no se puede hablar, porque sólo habla él. Lo conozco hace tiempo y sé que es un gran chico. Lo de él es involuntario. No puede soportar la erupción de palabras que se amontonan hirviendo en su boca, y necesita decirlas todas lo antes posible. Yo le suelto pequeñas frases inconclusas para motivarlo a interrumpirme y que siga desahogándose. Cuando habla escupe gotitas de saliva. Le agrega más y más palabras a una oración que no termina. Su boca cambia de forma como una llama al viento. En sus ojos avergonzados se dibujan las disculpas de quien no puede controlarlo. Te escucho, le digo.
Martina está acostada pero no descansa. La pantalla del celular le proyecta un fantasma celeste sobre la cara. Su párpado late como un pequeño corazón. Recorre las mismas dos aplicaciones una y otra vez. Un loop inconsciente entre el ruido de los videos y el silencio de sus mensajes. Sabe que no habrá nada nuevo. Espera que el sueño le gane por la fuerza. No quiere cerrar los ojos mientras siga despierta. Cuando se duerme, el brillo sigue prendido.
Fausto se despierta sobresaltado y desactiva las cinco alarmas que puso. Convive todo el día con la sensación de que olvida algo muy importante. Me dice que es un nudo de trapo entre la garganta y el pecho. Que intenta tragarlo pero no se va. Esperamos juntos el colectivo. Saca su celular pero está sin batería. Resopla. Me pregunta la hora. Después mira los autos, los carteles, el cielo, los adoquines y, al cabo de unos segundos, vuelve a buscar la pantalla apagada. Sus ojos rebotan buscando un motivo para su alerta. Encuentra el colectivo a lo lejos y prepara la tarjeta. Lo dejo subir primero.
Sofía vuelve a su casa caminando después de juntarse con amigas. Pensó en pedir un remis, porque no trajo los auriculares, pero ya es mucho gasto y son pocas cuadras. Afronta el camino a secas, sin más soundtrack que el crujido de los pasos. Juega a no pisar las líneas del suelo. A la segunda cuadra, comienza a pensar que sus amigas parecían un poco enojadas. Juana estaba rara y Martina no la saludó con un beso. Además el otro día se juntaron solas. Apura el paso. Se rasca el cuello y queda un mapa de rayas rojas. Capaz que sus amigas se cansaron de ella y no saben cómo decírselo. Pisa las líneas.
Daniel mira por la ventana de un onceavo piso. No puede dormir sin whisky. Aquel es, sin dudas, un hermoso departamento, con muebles de roble y aparadores de cristal. Me invita porque no soporta el silencio. Los almohadones del sillón están hundidos por el uso, aunque nunca lo vi sentado. Siempre está de pie mirando hacia afuera. Agita el vaso que sostiene y los hielos tintinean al mismo ritmo que la pierna de Sol. Sus ojos no se despegan de esa ventana. Abajo la ciudad, las habitaciones iluminadas sobre el cielo violeta. Incluso cuando me habla, evita mirar para adentro. Sonríe y repite lo mismo una y otra vez. ¿Ves? Ellos tampoco pueden dormir.
Ignacio debe escribir una columna. Quizás no tiene idea de cómo se escribe y simplemente logró engañar a todos. Sostiene cigarrillos en dedos sin uñas. Mueve la pierna al ritmo del párpado. Traga el nudo y mira el celular. La gente está apurada, asustada, igual que él. No hay reposeras en la vereda. Se respira la tensión de una sala de espera. La vida es algo que debe resolverse.
¿Conoce usted a alguien que esté libre de ansiedad?
Mire a su alrededor y encontrará a Ezequiel, a Juana, a Franco. Quizás usted es alguno de ellos. ¿Siente el pulso nervioso que nos conecta a todos? En lo profundo de nuestras cabezas suena la misma alarma. Por eso nos asusta quedarnos en silencio. Escuche cómo descargamos esa electricidad con espasmos involuntarios rítmicos, coordinados: es la orquesta de la intranquilidad.
Tal vez sea una invitación a la empatía. Estamos parados sobre un pozo surgente donde la preocupación brota líquida. A nadie le pertenece el charco y, sin embargo, todos tenemos los pies en el barro. Nos inundaremos juntos.
Querido lector, la falta de conclusiones es parte del tema. Hemos caminado a la par por los caminos del lenguaje; y ya hemos vuelto al principio. Verá que estos jardines son siempre circulares. Ahora usted retomará su vida en el mismo lugar que la dejó, sin más recompensa que algunas imágenes. Lamento decirle que ha perdido el tiempo, y como bien sabe, estamos llegando tarde.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.