La caridad en alta definición
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vanidad_1.webp)
"De la vanidad no digo nada: creo que nadie está desprovisto de este notable motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer modesto. Aun cuando se imagina que no existe en absoluto, se la descubre de pronto en su forma más sutil: la vanidad de la modestia. ¡Cuántas veces tropezamos con esa clase de individuos! Hasta un hombre, real o simbólico, como Cristo, pronunció palabras sugeridas por la vanidad o al menos por la soberbia. ¿Qué decir de León Bloy, que se defendía de la acusación de soberbia argumentando que se había pasado la vida sirviendo a individuos que no le llegaban a las rodillas? La vanidad se encuentra en los lugares más inesperados: al lado de la bondad, de la abnegación, de la generosidad", Ernesto Sabato, El túnel (1948)
Setenta y cinco años más tarde, el rapero miramarense Jesse Pungaz haría quizás la misma reflexión que Ernesto, pero habitando este futuro distópico de identidades en píxeles e historia digital. Con las formas condensadas de este siglo, expresaría simplemente que “lo premian a Juan, por ayudar a Pedro; pero eso ayuda más a Juan que a Pedro”.
Recibí las noticias en tu email
Accedé a las últimas noticias desde tu emailHace solo algunos meses, el poeta Shinovi Sambrailo, oriundo de Casilda, Santa Fe, recitaba que “nadie está dispuesto a salvar a nadie si no hay nadie dispuesto a grabarlo”.
Habrán advertido, cada uno en su época, que algunas buenas acciones sirven de escondite para la vanidad. Habrán descubierto a la máscara del altruismo cubriendo los profundos intereses del ego. Imagine si el pintor Juan Pablo Castel hubiese tenido un Iphone para scrollear en redes y ver cómo todo se ha convertido en contenido. Desconfiaría aún más de la bondad filmada, de la generosidad escénica.
Cuando tenía quince años, me llamó la atención encontrar en redes la carpeta de fotos de una misión solidaria. La propia fundación las publicaba y etiquetaba a cada uno de sus integrantes. Eran increíbles imágenes de un lugar remoto, muy lejano, muy ajeno. Había plantas exóticas y un barro carmesí maravilloso. Había gente de mi edad descalza. En la descripción ponía también el nombre del lugar, lo reconocí enseguida, sonaba a pobreza. Seguro lo había escuchado en el noticiero o en alguna clase de geografía. Cuántas horas de viaje serán hasta allá, pensé. Entre las fotos subidas identifiqué varias escenas que se parecían. Eran jóvenes blancos impecables que sonreían con ganas, con fascinación mientras abrazaban a niños negros, la mayoría sucios con tierra o mocos secos. Pensé por qué no les limpian la nariz antes de capturarlos en primer plano, en tan alta definición. Los niños también sonreían y miraban con una mezcla de extrañeza y curiosidad a las cámaras de aquellos astronautas generosos. En otras tomas recibían bidones de plástico con agua y pintaban cuadernos con fibrones. Aquel era un excelente trabajo de fotografía. Recordé las postales que había colgadas en el bar de Pablo Acosta, de cazadores posando junto a sus trofeos.
:format(webp):quality(40)/https://cdn.eleco.com.ar/media/2026/05/vanidad.webp)
Tenía claro que aquella era, por supuesto, una buena acción. Esos niños pobres se habían visto beneficiados materialmente, habían recibido asistencia y víveres. Pero claro que no era la acción, sino el registro, lo que hacía ruido en mis pensamientos adolescentes. Esa forma de decir yo estuve allá, con eso. Porque, a diferencia de los perfiles que compartían ese registro, los niños pobres no tenían nombre. Eran solo pobres, y ya. Tampoco tenían voz, ni historia. Sí tenían ahora agua potable para algunas semanas y ropa que los otros descartaron. En ese entonces yo era un niño sesgado por el pesimismo, por lo que no entendía que cualquier ayuda es mejor que ninguna. Lo que sí entendía bien es que aquellas personas vulnerables no iban a dejar de ser pobres con esos víveres, y que sus rostros sucios y sonrientes ocupaban un rol imprescindible en el registro de la caridad. Vi las publicaciones estallar en likes y pensé entonces quiénes se veían más beneficiados en realidad. Me pregunté si lo que tanto gustaba a los espectadores era el gesto solidario o la miseria captada en cámara.
Algunos años más tarde leería El túnel, y desde entonces sospecho que las verdaderas manifestaciones del altruismo no suelen tener testigos; y usted sabe lo improbable que es eso en este tiempo de hipercomunicación obscena. Cuando una entrega desinteresada se hace pública, uno corre el riesgo de encandilarse con el reflejo de la propia decencia.
¡Necesidad humana, si las hay! La de ser visto por otros. Entre usted y yo, lector, ¿a quién no le gusta ser reconocido? Yo mismo desconfío de que exista algo de lo que hago que no esté atado a la percepción del resto. Es la cárcel de la validación. En la biblia, Jesús no se fija en los ricos que echan muchas monedas en la bolsa de limosnas, sino que se detiene en la viuda que pone solo dos monedas. Llamó a todos sus discípulos y dijo en voz alta que ella había dado más que todos. Porque aquellos dieron lo que les sobraba, pero ella dio todo lo que tenía. ¡Menos mal que la vio! pienso yo. Si Jesús miraba para otro lado justo en ese momento, su sacrificio no estaría en la biblia y habría sido solo una pobre viuda sin nada de dinero, y esas dos últimas monedas no harían casi diferencia en esa bolsa de limosnas, mezcladas entre todas las demás. O tal vez sí.
Pero no me malinterprete, toda dadivosidad vale la pena. La caridad siempre aporta algo positivo a quien la recibe. Ya sea motivada por puro altruismo o por vanidad, es una ayuda esencial para aquellos en situación vulnerable. También debemos tener en cuenta, por otro lado, que compartir y difundir un movimiento solidario no sólo otorga reconocimiento a quién lo hace, sino que también puede ser contagioso y llamar a otros a la acción. Son dos filos de una misma hoja. A su vez, no hay nada de malo en ser reconocido por hacer el bien, dado que esos ejemplos de vida pueden inspirar a otros y desencadenar más campañas.
Aquí la cuestión es otra, es reconocerse a uno mismo, internamente, con la más profunda honestidad, si esas buenas acciones necesitan o no de unos ojos que las vean, si ese gesto debe o no llevar tu nombre. En otras palabras, preguntarse si sería igual de gratificante hacerlo con la certeza de que nunca nadie lo sabrá. Si en cambio prefiere alguna forma de reconocimiento, no se preocupe, es usted, sin dudas, humano. Como diría Sabato, está hecho de carne, pelo y uñas; no puede escapar tan fácil de cierta dosis natural de vanidad. Todos la tenemos. Tal vez tenga una connotación maligna, pero la palabra vanidad proviene del latín vanĭtas, que significa "vacío" o "falto de realidad". El problema entonces es acercarnos a ese otro que sufre desde un lugar irreal, asimétrico, en el cual yo, que tengo, te doy a vos, que te falta. Esa persona igual recibirá lo que necesita, pero será usted el que se perderá la verdadera experiencia de la entrega.
De lo que sí puede estar seguro es de que existe una satisfacción distinta en el sacrificio que nadie ve, en el gesto que nadie aplaude. Una sensación que solo esa forma de empatía puede brindar, y que no encontrará en ninguna validación pública. A su vez, no hace falta viajar a ningún lado para encontrar gente que necesita ayuda. Estas personas suelen estar al lado de nosotros.
Algunas veces descubro las más hermosas y silenciosas acciones de generosidad, hechas en completo anonimato. Mi aprobación revolotea sin saber en quién posarse, a quién darle los créditos; y recién entonces la verdadera abnegación se muestra resplandeciente: quien lo hizo no importa, no existe, no ha dado lugar a que le demos ninguna retribución moral ni tampoco a rechazarla con pinceladas de modestia. El dador se ha borrado de la ecuación, se ha esfumado sin dejar pistas. Lo único que existe, que importa, es lo que se ha dado y, por supuesto, quien lo ha recibido.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.