Fuera del prompt: la soberanía del error
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¡La IA puede hacerlo! Tome asiento y relájese mientras observa el fin del testimonio digital. Las fotos ya no encierran luz del pasado, los textos no necesitan manos. Ni siquiera usted, lector, puede asegurar que estas palabras sean las de una persona y no las de una máquina. Hemos invitado voces artificiales a nuestro palacio de pantallas y ya no sabemos quién nos habla. En el inmenso océano discursivo, tiramos botellas con cartas manchadas de puño y letra para reconocernos entre humanos.
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Accedé a las últimas noticias desde tu emailAntes que nada, para evitar desconfianzas enunciativas, prometo no ser una inteligencia artificial. Escribo estas oraciones con mis dedos, despeinado. Tardo un buen rato en escribir. Tecleo, lo borro, me distraigo con algo, voy, vengo y escribo otra vez. Puede confiar en mi palabra si le digo que estos párrafos están hechos al mejor modo “artesanal”. Lo inquietante, lector, es que ni usted ni yo tenemos una forma de demostrarlo. A mí ninguna gambeta sintáctica me permitiría eliminar al 100% las chances de ser un robot; y a usted ninguna gambeta le bastaría para evaporar la sospecha. Sin embargo, por este canal sigue todo igual: un enunciador, un enunciatario y un mensaje.
Hay que reconocer que el monopolio del grafismo lo mantuvimos los humanos durante varios miles de años. Incluso los neandertales ya dejaban marcas simbólicas en las cuevas. Desde aquellas precarias formas de discurso, hasta el fervor comunicativo actual, las personas encontramos medios para grabar nuestra existencia en el mundo. Hoy, la historia se inscribe diariamente a través de unidades discursivas digitales, ya sea en fotos, videos, texto, ubicación o mensaje. Estos registros tienen la ventaja de no sufrir ninguna corrosión por el paso del tiempo. De hecho, están libres de cualquier desgaste físico. De esta manera, mientras los pigmentos de los frescos se erosionan y los vinilos se rayan, nuestra historia digital es incapaz de envejecer. Los hijos de nuestros hijos podrán ver nuestros perfiles de Instagram en alta definición.
Pero al igual que Alejandro Magno pensó que era una buena idea centralizar todos los datos del mundo en una sola biblioteca, y murió antes de verla disolverse en llamas; nosotros le confiamos casi toda la memoria de nuestro siglo a servidores y cables submarinos. Descansamos en que nuestros datos flotan seguros en una nube e ignoramos los campos de data centers consumiendo agua en el ártico. Un pulso electromagnético de gran escala podría bastar para freír esos servidores. Lo que pensamos como etéreo y atemporal está en realidad hecho de metal y necesita cuidados diarios para seguir existiendo.
Como si esto fuese poco, incluimos a nuestro bullicio comunicacional el invento de inteligencias artificiales. Conocen la totalidad de los datos, pueden crear imágenes, videos y guiones, saben programar, redactar e imitar tonos persuasivos o irónicos. Podría incluso pedirle “Haceme una columna para el diario que hable sobre la inteligencia artificial y el fin del testimonio digital, que sea interesante y lúcida”, y luego pedirle que la haga otra vez pero “que parezca que la escribió Jorge Luis Borges” o bien “que sea imposible detectar que la hizo una IA” y así infinitamente. En cada caso, me daría una respuesta en segundos y, al cabo de algunos intentos, obtendría un texto completo mejor logrado que este mismo. Cualquier unidad de sentido está a sólo un prompt correcto de ser replicada artificialmente. Toda forma de discurso que esté en internet, sea de origen humano o sintético, va a parar a los mismos centros de almacenamiento por igual. La gran biblioteca digital no tiene clasificaciones. Personas y robots compartimos las mismas cajas de recuerdos. Mientras ellos buscan cómo emularnos mejor, nosotros queremos dejar marcas de dedos en las cosas que creamos.
Lamento decirle, lector, que aún no somos conscientes de cuántas de las cosas que leemos, vemos o escuchamos han sido fabricadas con este motor artificial. No caben dudas acerca de su eficiencia e inmediatez, dos virtudes primordiales para el sistema. Pero, al menos hasta el día de hoy, la mayoría de los usos de la inteligencia artificial necesitan de una persona que lo guíe, lo corrija y lo gestione. Es decir, todavía es un parásito de la cultura humana. Ese es su talón de Aquiles. Se ha alimentado durante años de nuestra información y se perfecciona constantemente para imitarnos. Pero su desarrollo anhela un propósito opuesto al de nuestro espíritu: la utilidad. En su búsqueda por servir, la inteligencia artificial fórmula respuestas exhaustivas y prolijas, imágenes nítidas y opiniones conciliadoras. No crea, sino que promedia. Todo lo que genera es lo más probable, lo más aceptable, lo que no ofende ni sorprende. Mientras tanto, algunas personas, asqueadas de la perfección aséptica, se agarran de las contradicciones, las fallas, las pasiones y la suciedad como la última prueba de humanidad. Abrazan lo roto como recordatorio de que no somos un cálculo, sino un accidente.
Personalmente, aún confío en el error como decisión estética. Últimamente, también lo considero un acto de soberanía. Los jóvenes estamos saturados de productos “artísticos” que, debido al interés comercial, se han estandarizado al punto de volverse estériles. Lo prolijo, lo armónico y lo transparente ya no conmueve a nadie. No hay ninguna magia en la pulcritud técnica y los acabados “profesionales”. Un ritmo pegadizo, una voz afinada con exactitud, un videoclip en ultra HD, un vestuario acorde y una campaña de promoción organizada. Todo esto genera cierto rechazo a las nuevas generaciones que desconfían de la autenticidad del proceso creativo. Ya han descubierto que el circuito del arte mainstream ha sido invadido y colonizado por las métricas del dinero. En cambio, buscan refugio en la cultura trash. Lo caótico, lo feo y lo deforme los representa más que lo simétrico y limpio. Después de todo, eso no puede ser producido en serie, ni recreado por una IA.
Como consecuencia de esta realidad desdibujada, surgen las nuevas vanguardias de lo roto. Artistas que exageran las manchas humanas de la obra para opacar el sentido y evitar caer en una función modélica. Buscan excluirse de las lógicas de mercado y volverse ilegibles para el algoritmo. Reivindican la producción independiente y romantizan la no masividad. Estas vanguardias se oponen a la hipercomunicación a través de la indiferencia, la resignación y la expresión abstracta. En la escena musical, por ejemplo, nuevos artistas como AgusFortnite2008 y Stiffy, ambos nacidos después del 2004, cantan lo siguiente en el onceavo track de su disco llamado Murió la música:
“El rock murió hace treinta años / Viejo rockero, estás jubilado / Ya no sos rebelde, sos un nabo / Es que el rock ya está quemado / Ya estás viejo y pelado / ¿Para qué tocar una guitarra? / Pongo un type beat y lo bajo / ¿Para qué quiero una partitura? / ¿Qué es una partitura?” (2024).
La armonía instrumental y las líricas solemnes se reemplazan por un caos de sonidos y una ensalada de frases irreverentes. La virtuosidad musical pierde importancia, pero el error humano se vuelve valioso. El mensaje es claro: si ya todo está hecho, sólo queda romper. La explosión de estas nuevas tendencias es un signo claro de la saturación y el desdén nihilista que enfrenta la Generación Z. En estas canciones los insultos, las repeticiones y el rechazo a la perfección técnica son decisiones que validan la naturaleza mortal de esa identidad digital y permite diferenciarlas de las producciones artificiales que sólo persiguen rendimiento y exactitud.
Los jóvenes suelen acercarse a estas obras fingiendo un consumo irónico, dado que no son capaces de señalar ninguna característica “bella” reconocible. Pero es justo esa carencia lo que les produce la experiencia estética. Esto puede ser moneda corriente en el ámbito de las redes sociales, pero, al observar las presentaciones en vivo de estos artistas, vemos que se encuentran repletas de gente saltando desaforada, en su mayoría menores de 18 años. El fenómeno ha superado los límites digitales. Ese chico que está saltando en el pogo no se está riendo del artista, sino que se está riendo con él. Está disfrutando de algo real en un mundo de simulacros. Aquel consumo irónico, entonces, no es más que un escudo temporal frente a las críticas del “buen gusto”. Porque si bien lo irónico atraviesa la obra de punta a punta, no hay nada de ironía en su consumo. El espectador disfruta y comparte genuinamente esa sátira.
La pregunta es: ¿Cuánto tiempo tardará el sistema en etiquetar y reproducir industrialmente las nuevas tendencias? O bien, ¿cuánto tiempo le llevará a la IA poder generarlo? El antiesteticismo y antimarketing también construyen una estética y una fórmula en sí mismos. Por lo tanto, también pueden ser replicados. A medida que estos chicos crezcan y pasen a formar parte de la población económicamente activa, los analistas de mercado encontrarán una forma de adaptarse a sus intereses. Esto siempre y cuando los servidores de los data centers no se pulvericen antes.
Finalmente, es cuestión de tiempo que la cultura trash deje de ser suficiente para identificarnos. Seguimos acumulando una historia digital que no envejecerá. Un océano infinito de información, donde la presencia humana será indistinguible de la artificial. Para ese entonces, sospecho que tendremos que volver a poner el cuerpo. Regresaremos quizás a las manos y las lapiceras, a las charlas cara a cara y a la música en vivo. Creo que la carne en movimiento será nuestra tierra firme cuando nos ahoguemos en códigos binarios. Para su tranquilidad, lector, algo que nunca podrá hacer ninguna IA es equivocarse de verdad, con el peso y la mugre que eso implica. Podrá intentar imitar los fallos, pero nunca sufrirlos. No logrará copiar estas líneas dubitativas, las palabras que borré, ni los errores que sobrevivan.
Escritor, poeta y músico tandilense. Actualmente vive en Buenos Aires, donde cursa la Licenciatura en Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Con una fuerte versatilidad literaria, ha publicado ensayos, poemas y obras teatrales, incluyendo el estreno de “Apocalipsis Siglo XXI” en el Teatro de La Confraternidad. En el ámbito musical y de la cultura urbana, es conocido por sus seudónimos Niño Neo y Neo Noir, y cuenta con dos álbumes editados y presentaciones en destacados escenarios porteños.