De los parques de diversiones a restaurar la iglesia del centro: la historia de Pizarro, un letrista de oficio
La historia de un artista que empezó dibujando a San Martín en la escuela y llegó a restaurar la iglesia del centro.
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Es sábado por la mañana y Pizarro prepara un tarrito con pintura y toma uno de sus pinceles. La idea era –a raíz de un video que se viralizó en los últimos días-, hacer una nota sobre su trabajo de letrista, uno de esos oficios que ya casi no quedan, pero enseguida la charla derivó en el relato de una historia de vida que tiene bastante de película: la de un chico que se fue a los 15 años de su Salta natal y recorrió el país de gira con parques de diversiones hasta instalarse en Tandil, donde llegó a restaurar la iglesia del centro y hacerse un nombre como artista de las letras.
“Siempre consideré esto un arte. Porque en el arte, cuando uno se enfoca, produce una creatividad tan especial, tan profunda que se compromete. La cabeza se lo propone y dice que va a intentar algo y lo va a lograr. Y uno va sacando cosas nuevas”, contó Juan Carlos, al que todos lo llaman por su apellido, Pizarro.
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Los chicos de Fonda Belgano, un local que está próximo a abrir frente a la Plaza Independencia, hicieron una publicación en redes sociales que enseguida generó cientos de repercusiones.
Por lo menos por ahora, la Inteligencia Artificial no puede hacer tareas manuales como pintar una vidriera, y mucho menos imprimirles un “sello personal”, como dice la definición de la palabra “artesanal”. Quizás por eso, porque mostraba más artesanía que artificio, el video de Pizarro pintando los detalles del sombreado de una letra recibió tantos aplausos y comentarios positivos.
Es verdad, cada vez se ven menos los oficios como el del letrista. Pero cuando todo tiende a ser igual y automatizado, probablemente los trabajos manuales sean los que perduren, los que no puedan reemplazarse. Aquellos en los que el pulso humano siga latiendo.
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De gira hasta Tandil
Juan Carlos nació hace casi 65 años en el pueblo de San Ramón de la Nueva Orán, en Salta. “Cuna del folclore”, aseguró. Ya de chico se dedicó al dibujo: hacía retratos de Sarmiento, o de San Martín cruzando los Andes. Y siempre sin calcar.
Pero lo que mejor le salían eran las letras. Escribía los meses del año como ningún otro, o los nombres de sus compañeros, o lo que sea. Sus carpetas de escuela ya eran los cuadernos de un artista.
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A los quince comenzó con los carteles. “Verdulería lo pusiste con ‘B’ larga”, le gritaban sus amigos para gastarlo. Su hermano era changarín en la playa de camiones y lo llevó a que pinte fileteados en los acoplados, y así estuvo hasta que un día llegó al pueblo un parque de diversiones que lo tomó para trabajar. Hacía tiempo que Pizarro buscaba otros horizontes así que cuando la estadía del parque terminó, hizo un bolso y se fue de gira.
Recorrió el país, siempre pintando. En Capital conoció a un viejo letrista que lo probó y le enseñó algunas cosas más. Su mundo entonces era el de los parques y los circos: cuando no estaba de gira vivía en una pensión cerca de La Boca, e iba a los bares y confiterías donde se reunían los mecánicos de los juegos con los acróbatas, los domadores y los ilusionistas.
En 1982 un parque de diversiones lo trajo a Tandil. “Qué lindo”, pensó. La gira de la que participaba siguió unos meses más y terminó en Chascomús. Entonces decidió establecerse y eligió esta ciudad, que le había gustado entre tantas otras.
Buena letra
Desde entonces, Pizarro vive en Villa Italia. Y aunque al principio fue difícil, con el tiempo se hizo un nombre. Pintó vidrieras, comercios y fábricas. Hizo (y todavía hace) pintura de obra con terminaciones artísticas. Pintó murales (hace muy poco, uno que ocupa casi toda una esquina en Mitre y Buzón), pintó pasacalles con retratos de quinceañeras, pero también a Juan Martín Del Potro sobre una paredón de avenida Avellaneda.
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En 1996 le llegó un encargo mayor: restaurar la cúpula de la Parroquia del Santísimo, la iglesia del centro. Aunque estuvo a punto de caerse de un andamio altísimo, el trabajo se terminó a tiempo. “Se nos casa nuestro restaurador”, dijo el cura Troncoso cuando celebró el matrimonio del letrista.
En Semana Santa, el obispo lo vio trabajando y lo llevó a restaurar también la Catedral de La Plata. Las oportunidades seguían para Pizarro, pero recién entrados los 2000 pudo cumplir uno de sus sueños como artista: participar en la restauración de la Catedral de Salta, su provincia natal.
A punto de cumplir 65 años, dice que ya dentro de poco se jubila. Tuvo algunos discípulos, entre otros sus dos hijos, aunque uno eligió el camino del deporte (es instructor de kick boxing, aunque también tatúa) y otro el de la magia. A su modo, lo siguieron.
Y por el momento, Pizarro sigue. Su trabajo no es solo el de pintar, sino el de aportar a la identidad de un local. “Les digo de darle un color tenue, o a algunos les digo de darle un colorcito vivo, con la letra como realmente tiene que ser. Para que llame la atención y la gente mire. Queda muy bonito”, contó.
Aunque aclaró que “pintar en el vidrio no es para cualquiera”, también aseguró que en cuanto a tipografías, casi no tiene límites: “Puedo hacer infinidades, la letra que me pidan. Por ejemplo, vos te llamás Juan, yo te puedo inventarte una letra muy bonita”, señaló.
Pizarro da los últimos retoques al sombreado de la palabra “Fonda” y se prepara para cubrir todo con papel y dejar que la pintura seque. Ya casi termina el trabajo, pero sabe que vendrán más. Existe el plotter, el vinilo, y tantas otras técnicas. Pero hay quienes todavía no se olvidan de lo artesanal.
Redactor El Eco de Tandil